Un refrito llamado Feria Internacional del Libro

Geovanny “Debrús” Jiménez. La Feria Internacional del Libro (FILCR) es el máximo evento literario de Costa Rica cada año. Así lo es para toda la gente que trabaja en la producción de la palabra, pero no para el Ministerio de Cultura y Juventud, que un año tras otro sigue dando muestras de evidente descuido y desinterés por este evento.

La Feria ya tiene 3 años consecutivos, durante la administración de Sylvie Durán, que no tiene país invitado. El discurso de la reelegida ministra sigue siendo el mismo, una y otra vez, desde que la estamos escuchando: hay que mejorar la feria y hasta que eso suceda es mejor no hacer cosas. El correo enviado hoy por ella al periódico La Nación así lo comprueba:

“Durante los últimos 3 años, incluyendo 2018 y a partir de la experiencia del 2015 cuando se invitó a Centroamérica, el MCJ estableció objetivos de mejora de la Feria en varios sentidos: la experiencia de los visitantes, la integración de los espacios, la mejor disposición y dignificación de los mismos, la organización de los eventos, la provisión de zonas de visitación y descanso más amigables, la contratación de edecanes para apoyar la visita de escolares y, por supuesto, la calidad de los invitados”. Yo me digo: si fuera por eso no entiendo por qué han tardado tanto para hacerlo.

Pero ya llevamos 3 años de aprendizaje y nada ha mejorado. La Feria Internacional del Libro (FILCR), lamentablemente hay que decirlo, es un refrito año tras año.

Lo mismo nos dijo a quienes protestamos por la exclusión del libro en el FIA: “hasta que no tengamos claro cómo hacerlo mejor, es mejor no hacerlo”. Lo escuché con mis propios oídos. Es decir, desde que Sylvie Durán asumió el Ministerio de Cultura y Juventud los libros han sido excluidos de Enamorate de tu ciudad, el Festival Nacional de las Artes y otros espacios de exhibición donde podrían estar (pero de eso ya hemos explicado).

El asunto es que el discurso es el mismo y los hechos decepcionantes: “no haremos nada por mejorar hasta que sepamos cómo hacerlo”, repito. O bien, “estamos aprendiendo cómo mejorar y, mientras tanto, pues mejor no hacemos lo necesario”. Y eso lleva consigo una y otra vez que la feria sea ese refrito sin innovación, sin originalidad, sin invitados internacionales de calidad, sin participación de un país invitado, sin atractivos en el campo del libro y de la literatura; pero sí muy eficientemente el MCJ invierte entre 50 y 70 millones en cada feria a presentar una producción contratada que se llena de actividades escénicas y que, según entiendo -porque no dan informes al final si no se piden-, se invierte en instalaciones para venta de comidas y espacios para eventos que terminan siendo sub-utilizados por diversas razones. Decir lo que se debe hacer, no es hacerlo.

Antecedentes

Para entender mejor el asunto debemos saber que la FILCR siempre fue organizada por la CCL (Cámara Costarricense del Libro). En el pasado la CCL pagaba al MCJ por el uso de las instalaciones de la antigua Aduana (en algún momento fue a Fercori). Fue entonces que el viceministro de Cultura de la administración de Manuel Obregón, Iván Rodríguez, quiso acercarse a la CCL y negociar una co-producción. Y así procedió.

El trato inicial entre la CCL y el MCJ incluía a grosso modo: 1) no pago por uso de instalaciones y a cambio la entrada a la FILCR seguiría siendo gratuita; 2) la Casa del Cuño pasaría a ser espacio gratuito para autores, editores y libreros pequeños (independientes o alternativos) que no podía pagar los stands vendidos por la CCL en la nave de ladrillo, y 3) El MCJ invertiría presupuesto para mejorar las condiciones de espacios y actividades.

Y así sucedió hasta la administración de Elizabeth Fonseca. Pero luego vino Sylvie Durán y la cosa se enrareció. Desde entonces las relaciones con la CCL se han notado tensas e incómodas. Aunque se lograron sacar los grandes conciertos (desafortunada ocurrencia) que Iván Rodríguez y su grupo llevaron a la FILCR, la inversión en espectáculos escénicos siguió predominando y llegó un momento en que tuvimos que soportar en la Casa del Cuño incluso un sonoro concierto de dos “pimpinelos” de música plancha, mientras intentábamos ofrecer libros a los visitantes.

Pero lo más grave que hizo Durán fue poner un arancel (un cobro) a los pequeños emprendimientos del libro que ocupan la Casa del Cuño. Es decir, el MCJ no solamente gasta millones en escenas inconexas con el libro y la literatura, sino que además cobra a los expositores por tratar de humilde y pobremente vender su exigua producción. Eso sucede desde hace 3 años, sí, desde que Sylvie Durán llegó diciendo que había que mejorar las cosas, pero nada mejoró aunque el cobro se mantuvo.

Para más claridad: quienes hacen los eventos de literatura en la FILCR deben pagar su stand de venta, pero además todos los gastos de producción de su evento si quiere hacer uno. Sin embargo, el MCJ contrata espectáculos escénicos sin relación alguna con el libro a quienes paga por sus servicios. El arte debe pagarse, pero el arte son todas las manifestaciones, no eso de que unas sí lo son, pero otras no alcanzan ese estatus.

Finalmente, hemos visto emprendimientos que se van, desahuciados, otros están ahí por terquedad a pesar de las pérdidas, otros cubren sus costos, otros no tienen interés en hacer eventos, otros funcionan gracias a la participación cooperativa de varios autores y sí, uno que otro, después de recuperar los gastos, algo se gana. Y uno siente tristeza al ver cómo muchos llegan ilusionados, pero luego se van amargados el domingo de cierre.

A la Casa del Cuño asisten varios tipos de emprendimientos:
1) Editoriales: todas ellas pequeñas, con ediciones de auto-publicación, es decir, en la que los autores financian sus propias obras para darlas a conocer. Muchos buscan recuperar al menos una parte de su inversión en sus libros.
2) Autores independientes: escritores que autofinancian sus obras y las ofrecen al público con la ilusión de darse a conocer, no tanto como de recuperar la inversión.
3) Librerías pequeñas: de libros nuevos y usados. Tienen ventaja al ofrecer obras de grandes y reconocidos autores, por eso normalmente son ubicadas en la segunda planta de la Casa del Cuño.
4) Mixturas de las anteriores.

Las editoriales y autores independientes deben enfrentar el ser autores desconocidos y en busca de hacerse un nombre. Algunos autores ticos ya tiene nombre y rondan en varias editoriales, incluyendo las públicas y privadas que también están en la nave de ladrillo.

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Por eso la Casa del Cuño es tan importante: porque es un espacio para la democratización de las voces y para la inclusión de nuevos creadores de la palabra. Con el cobro del arancel o pago definitivamente la actividad ha sido desestimulada mediante un golpe injusto. No obstante, la terquedad y la pasión por la palabra y por el libro hacen que estos emprendimientos, a pesar de las pérdidas en muchos casos, continúen intentándolo. Y tanto la FILCR, como otros espacios cerrados por la ministra Durán (como el FIA, Enamorate de tu ciudad y otros), sirven como escaparate para dar a conocer nuevas voces, más que para buscar ganancias por esa importante labor.

Durán Salvatierra dirá posiblemente que no debe ser así, que debemos buscar alguna fórmula mágica de la economía naranja para que la producción y comercialización de los libros dé ganancias y amplíe sus universos de mercado. Pero eso es muy lindo así dicho, el problema es que 3 o 4 años después nada se ha logrado, nada se ha propuesto y todo ha terminado siendo, en buen tico, un plata de babas.

Es que los hechos hablan. La FILCR inicia el próximo 24 de agosto, a menos de dos meses, y es hasta ahora que se ha realizado la convocatoria para actividades y para expositores en la Casa del Cuño. Y en la primera reunión quedó claro que harán lo mismo, lo mismo. No hay más, lo visto es que están improvisando con la distribución de los espacios y que la nuevas encargadas están en esa curva de aprendizaje que al parecer le gusta tanto al MCJ cada año.

Hoy la FILCR no tiene país invitado, no tiene innovaciones a la vista y se sigue haciendo un cobro abusivo e injusto a quienes más cuesta producir diversidad literaria en el país. Una vez, Sylvie Durán dijo en una de esas reuniones que no se podía seguir con ese paternalismo, que no más proteccionismo en la cultura. Pero el Gobierno actual, así como el anterior, han realizado esfuerzo para proteger al agricultor nacional, para protegerlo. Claro, tenemos un ministro de Agricultura que sí tiene claro cuáles son sus intereses, para quién llegó a trabajar como líder del ramo: llegó para trabajar y defender al productor nacional. No puedo decir lo mismo de la ministra de Cultura, embelesada por una ideología importada para la cultura, conocida como “economía naranja” o de “industrias culturales”, un bodrio que asume a la cultura desde una perspectiva neoliberal, es decir, que piensa que la cultura es solamente un producto de mercado.

“Nos planteamos también avanzar en la gestión y el marco de colaboración que tenemos con la Cámara y que, a nuestra llegada en 2015, no incorporaba todas las pautas de coproducción que el MCJ ha ido reglamentando. Nuestro énfasis ha sido mejorar paulatinamente todo el formato lo que ha supuesto destinar recursos para esta que ha sido nuestra prioridad”, agrega el ministerio en su comunicado a La Nación.

¿Podemos creer que algo de eso tiene sentido con lo que ya conocemos y hemos explicado aquí?

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