Reverie, prosa poética de Rafaela Contreras, primera escritora costarricense

Rafaela Contreras en su juventud.

Redacción. Le ofrecemos este texto poético que publicara la que es considerada primera escritora costarricense: Rafaela Contreras, entonces con el seudónimo de “Stella”.

Reverie  

Una tarde del mes de mayo, de aquellas tardes que sonríen, que ostentan un cielo azul, sereno y despejado, cuando los rayos postreros del sol lanzaban sobre la tierra su reflejo trémulo, hallábame yo triste, sin saber por qué, contemplando tan bello panorama. Mi solitario jardín, cubierto de perfumadas flores, de palmeras gallardas y de lánguidos sauces y cipreses; poblado por bandadas de aterciopeladas mariposas, que en loco torbellino volaban en torno a las rosas; viendo de cuando en cuando los pájaros, que columpiándose en las ramas de los árboles, mecidas por la brisa, daban al viento su canto, -triste unas veces como un lamento, alegre otras, como la risa perlada de un ángel, que cruzara volando el espacio- parecía llamarme a su recinto a meditar junto al perfumado rosal o a confundir mis lágrimas con las perlas que arrojaba el surtidor en la fuente, que murmuraba tiernas canciones en el centro del jardín.  

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Entré en él y fui a sentarme al pie de un sauce, al que rodeaban multitud de violetas y adormideras. Corté algunas de aquellas, símbolo de la modestia, cuyo perfume suave y dulce al mismo tiempo, penetraba en mi corazón, llenándole de melancólico placer, y las coloqué sobre mi pecho. Allí, sentada, respirando en la soledad, empecé a meditar en la paz y dulce tranquilidad de las tumbas, que posan eternamente, escuchando tan sólo el lúgubre son del cierzo en las ramas del ciprés y el sauce, sus únicos amigos. Pensando en esto, fuime quedando dormida. Pero rato después, soñé que un ángel agitaba sus alas, volaba cerca de mí y su aliento, al rozar mi faz, la helaba, y también mi corazón. Después, posó sus manos en mi frente y cubrióme con sus alas… Depositó luego un beso en mis labios; y su aliento, -esencia de una violeta-, bañó mi rostro. Aquel beso perfumado, dulce, sublime, me hizo lanzar un suspiro, y como que se desprendió mi espíritu de mi cuerpo, se lanzó hacia las regiones del infinito. Y volando y volando con mis blancas alas, que azotaban el viento, veía la tierra, aquella tierra donde tanto soñé, como un punto negro, atómico y medio oculto en una vaga penumbra, en medio de la grandeza infinita que contemplaba. Parecíame, al acercarme a los cielos, escuchar dulces canciones, que en coro cantaban los ángeles en torno de Dios. Llegó por fin la noche y al acercarme al solio de la Majestad, vi que aquellos seres moradores de las altas regiones, cuyas canciones escuchaba, llevaban en la frente un lucero, que despidiendo su suave luz, bañaba la tierra, donde tantas veces contemplé el temblor luminoso, en las mansas aguas de un lago, o en las ondas plateadas del mar. Al verme entrar, agrupáronse millares de espíritus que me llevaron como en una onda celeste, a los pies del Altísimo, que colocó su diestra poderosa sobre mi frente, haciendo brotar en ella un lucero. ¡También yo!… Embriagada con mi felicidad, parecíame escuchar como un leve murmullo, las voces de la tierra, cuando en ella percibieron mi aparición en el profundo azul. Los amantes decían: -“Es el lucero que protege nuestro amor”. Los que sufrían: -“Su luz nos trae la esperanza”. Los felices: -“Nuestra alegría”. Los poetas: -“¡Nuestra inspiración!”. Acercóseme entonces un espíritu -el de un ser que mucho amé y veneré en la tierra-, y me dijo con amoroso anhelo: -Has querido tener alas, has querido que de tu frente emanase luz, me lo has pedido, y Dios, escuchando mis ruegos, te lo ha concedido. Ya lo tienes todo; has llegado hasta donde tu deseo te puede llevar. ¿Eres feliz, hija mía? Yo no pude contestar, agité mis alas, tembló la estrella de mi frente, lancé un suspiro de placer …y desperté.  

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Mi sueño había concluido y me encontraba bajo el peso de la realidad. La noche había ya desplegado su manto; la brisa helaba mis sienes y me traía en sus alas ruido cadencioso, del agua al caer en la ancha taza y los perfumes de las flores, entre los que sobresalía el de las violetas. Las estrellas brillaban en el firmamento y con su luz tranquila hacían más fúnebre aquel recinto, que en mi sueño creí la morada dulce y serena de la dicha y de la paz de mi corazón. Levantéme, y tomando de mi pecho las violetas que me había puesto al sentarme -único recuerdo de mi soñada felicidad- las guardé en un relicario, donde aún las conservo.  

Stella 

 

*Publicado el 10 de marzo de 1890 en LA UNION, San Salvador. Reproducción obsequiada a Pedro Rafael Gutiérrez por la doctora Evelyn Uhrhan Irving, Catedrática Emérita de la Universidad de Minnesota. El 17 de mayo de 1890 fue reproducido por Ricardo Palma, en el semanario EL PERU ILUSTRADO. 

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