Presidente Chaves es el segundo más popular de Latinoamérica: ¿qué factores inciden?

¿Cómo entender por qué un presidente es el más popular de Latinoamérica o todo lo contrario?

ANÁLISIS. Según un sondeo regional realizado en mayo por la empresa Cid-Gallup y que incluye a 12 países de Latinoamérica el presidente Chaves es el segundo más popular de Latinoamérica, solamente superado por Nayid Bukele de El Salvador.

Aunque no están todos los países de Latinoamericana, esta encuesta regional nos permite analizar por qué unos presidentes logran alcanzar altos niveles de aceptación y otros no tanto.

Contrario a los que muchos piensan el presidente más popular de Latinoamérica no subyace a si es de derecha o de izquierda, socialista o capitalista, amigo o contrario de Estados Unidos, entre otros factores ideológicos. En definitiva la ideología poco tiene que ver con este asunto.

El presidente más popular de Latinoamérica

El presidente más popular de Latinoamérica.

En la imagen comparativa de las encuestas de Cid-Gallup se pueden apreciar varios factores que inciden en el fenómeno de la popularidad y sus excepciones.

En primer lugar, es de notar que de los 5 presidentes con más respaldo, hay 2 de ellos que apenas empiezan: Costa Rica y Honduras. Rodrigo Chaves de Costa Rica es el más reciente con apenas dos meses y medio de gestión, mientras Xiomara Castro de Honduras tiene medio año (empezó a finales de enero de este año).

Se sabe en la Ciencia Política que naturalmente, en la mayoría de casos, los presidentes que son escoba nueva tienden a tener una popularidad alta o muy alta entre las personas, porque así las masas justifican el voto empeñado. En Costa Rica, particularmente, los ciclos de apoyo son muy particulares y responden a dinámicas que se dan en diferentes épocas del año y en cada año de la gestión, aunque en algunos casos haya rupturas.

Luis Abinader de Dominicana ostenta ya dos años cerca de la mitad de su mandato, pero mantiene una buena aceptación popular, mientras Bukele empezó en junio de 2019 y ya suma tres años de gobierno con un apoyo histórico nunca antes visto. Un fenómeno similar se da con Manuel Andrés López Obrador (AMLO), gobernante de México, quien ejerce desde diciembre de 2018, medio año antes que Bukele y mantiene una base de apoyo fuerte.

Bukele, López y Abinader son fenómenos de un público que les ha sido fiel en su discurso, en algunos casos extremadamente populista como sucede con Bukele y sus constantes arrebatos -con apoyo militar- contra la división de poderes (los cimientos de la democracia) y la violación de los derechos individuales y humanos en su pretendido combate a la delincuencia.

Muy parecido a Bukele parece suceder en Costa Rica con el presidente Chaves, aunque todavía es temprano para medir, primero, la preservación de ese apoyo y, segundo, su limitada capacidad para interferir o actuar contra la institucionalidad democrática y la división de poderes en un país con un consolidado estado de derecho y sin fuerzas castrenses. Es más posible que Chaves tope con muros infranqueables y pueda perder lo ganado cuando no pueda cumplir promesas imposibles que hizo.

AMLO es posiblemente el único caso de un apoyo muy sostenido por razones ideológicas, aunque también maneja un discurso populista, pero mucho más comedido y dentro de la institucionalidad y el marco democrático y legal de su país.

El nicaragüense Daniel Ortega mantiene un apoyo más sostenido por la represión y el miedo, en el marco de una clara dictadura que se mantiene por el poder militar y de un grupo que aprovecha las ventajas del poder en beneficio propio dentro de un falso socialismo del siglo XXI.

En segundo lugar, el populismo siempre logrará elevar los niveles de aceptación, sobre todo entre poblaciones con niveles educativos bajos que terminan por aceptar como reales situaciones más cosméticas o aparenciales. El populismo tiene sus estrategias muy claras y se repiten de un líder a otro con meridiana similitud (eso requeriría otro artículo).

El populismo, eso sí es preciso anotarlo aquí, encuentra mejor caldo de cultivo en países con bajos niveles educativos y socio-económicos, además de que en coyunturas muy particulares puede crecer como espuma, por ejemplo cuando la población se encuentra en total desencanto con el sistema y los actores políticos han perdido mucha credibilidad y legitimidad.

En tercer lugar, algunos gobiernos han entendido que la comunicación es fundamental para dar a conocer su trabajo y lograr la aceptación de los ciudadanos.

El estilo de Bukele y López Obrador, por ejemplo, es muy peculiar y efectivo: usan tanto las redes sociales como una conferencia semanal que se transmite de manera abierta por las mismas redes, son histriónicos y explican las cosas de manera argumentativa. Ese es el mismo recurso que está usando Chaves Robles en Costa Rica para evitar el intermediario conocido como prensa, de manera que el mensaje llega directo y sin edición de cada medio.

El triste caso de la administración de Carlos Alvarado, injustamente valorado por la mayoría del pueblo, encuentra una fuerte explicación en una pobre labor de comunicación tanto del presidente como de su equipo. Se escondieron detrás de comunicados y mucha información que los medios manipularon a su antojo para pervertir lo realizado en su contra. Chaves Robles, quien fuera ministro de Alvarado, detectó eso y lo corrigió en contra de esa misma “prensa canalla” que antes destruyó a Alvarado y que lo haría con él si no cambiaba las reglas del juego.

El presidente Cortizo en Panamá sufre un fenómeno similar, empeorado por una situación de inflación angustiante para la mayoría de la gente. La misma situación que presidente como Bukele, Chaves o López en El Salvador, Costa Rica y México mantienen invisibilizada con éxito. Bukele, además, con un país quebrado por su fallido negocio con el Bitcoin.

El mandatario más popular de Latinoamérica no es necesariamente el que mejores cosas haga, si no quien las comunica efectivamente a la población o al menos sabe venderlas adecuadamente, incluso cuando no son suyas del todo o son apenas medidas superficiales. Eso la gente en su mayoría no lo sabe observar.

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