Poesía: Échele miel o la agonía del monólogo

Víctor Hugo Fernández. Conscientes de que nada hay menos afortunado para aproximarse a la poesía que las palabras de la crítica, pues “de ellas se derivan siempre malentendidos más o menos desafortunados” como bien lo decía el poeta Rainer María Rilke, es preferible indicar que lo que me interesa proponer es una lectura en voz alta del poemario “Échele miel”, que pusiera en mis manos recientemente su autor, Cristopher Montero, y que he leído con enorme interés.

“Échele miel” es un poema conceptual dividido en 4 estancias sutilmente entrelazadas, donde prevalece una deliberada experimentación formal a la hora de proponer la estructura poética mientras que, a nivel subterráneo, el discurso lírico propone un viaje desde la soledad hacia el otro, en una relación de pareja que constantemente devuelve al hablante hacia su propia introspección. Será porque como dice en uno de los poemas de título extenso que caracteriza al libro, “la soledad no necesita otra silla, está con uno y bienvenida sea”.

El libro posee muchas aristas que enriquecen su lectura. Por un lado, la experimentación formal donde la voz poética es muy dinámica, de esta manera los cambios de ritmo son notorios, la versificación inestable, la forma nos atrapa y nos lleva por diferentes laberintos que incluyen tanto al poema en prosa como al soneto. El lector experimenta una sensación de cambio constante, como si diferentes voces se hubieran unido con una sola intención literaria en el poemario. Sin embargo, hay una unidad en todo ello que es la que precisamente mantiene el hilo conductor a lo largo del periplo. Esa unidad es la que podemos considerar como la presencia de una polifonía de voces a partir de un solo eco, pues “les diría con Savater que /la vida no tiene sentido únicamente en los monólogos/ ya que impiden la revelación de los demás”. Y es que si algo caracteriza a este poemario es precisamente su vocación reveladora. Su apropiación de voces y recursos formales para articular una epopeya íntima de autodescubrimiento.

Lo interesante de esta internalización de la experiencia poética es que se da en gran medida a partir de los ecos que recibe del mundo exterior. Así entonces algunos poemas nacen al calor de lecturas de otros poetas, de pensadores, teóricos, figuras emblemáticas en sus áreas de conocimiento que le permiten al poeta construir poemas con intenciones precisas que por su riqueza lírica se convierten en revelaciones, que poseen tanta lucidez que incluso le permiten al hablante volcarse sobre sí mismo y proponerse como objeto de reflexión.

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Me interesa esta poesía en tanto que se construye a partir de una reflexión constante, con intencionalidad. No es poesía gratuita, abrumadoramente dulce, quizás por eso en otra acepción más libre el título del poemario sea “Échele miel”, para suavizar en cierta manera un dejo de amargura que surge de las reflexiones que sugieren los poemas. Por eso entre otras cosas dice: “Y sí, creo que Dios es una ardilla que ríe y come nueces/mientras observa a algunos mirar al cielo. /Y otras veces es una ardilla en la noche que/devora un pájaro, se detiene y nos mira”.  Y como si no fuera suficiente para ilustrar la intención nos dice: “Nací de una abeja que aprendió/ a no alimentar a los zánganos”.

Estamos también frente a un curioso poemario sobre el amor. Y es que como bien lo dice Hugo Mujica, poeta argentino del que Cristopher Montero reconoce una fuerte presencia en su escritura, “la poesía es hablar desde el amor”, algo que el autor asume con deliberada intención en este documento donde mezcla la cotidianeidad con la intensidad reflexiva propia de la poesía que surge del pensamiento y se apoya sutilmente en las emociones. Así visto, lo amoroso se da mediante el diálogo de pareja que surge a partir de las vicisitudes de una caminata cotidiana, o bien a partir de una sesión de té, donde tanto los objetos de uso como el entorno inmediato liberan suficiente energía como para sostener en vilo el poema y llevarlo hasta su destino final en cierres audaces y propuestas abiertas que dejan al lector cavilando. Por eso nos dice, “perderle el miedo al otro es aceptar la errancia; es que nos vamos a encontrar con alguien que no nos extraña”.

“Escribir es una de las formas de esta errancia: es el niño que canta después de que fue botado con el agua sucia”. El poemario es rico en simbología, posee una constante referencia al pasado, a la infancia, a la juventud, en general a lo vivido, lo cual se trae constantemente al presente como una forma de afirmar y contribuir a entender lo que sucede, aunque lo que suceda no sea simplemente más que una especulación múltiple que, como tal, posee igualmente múltiples sentidos.

Personalmente recomiendo la adquisición y lectura de este interesante poemario publicado por “Nueva York Poetry Press” bajo la colección “Tránsito de fuego”.

Cristopher Montero es una voz fresca y joven dentro del panorama de la poesía costarricense, cuya obra ya comienza a mostrar aciertos admirables, con un oficio literario asumido de manera comprometida, donde el estudioso que encarna revela erudición, la cual aprovecha para transformarla en savia poética de rico voltaje emocional. Y ya para despedirme, solo quiero dejar vibrando en el aire este hermoso fragmento de un poema que cierra una de las secciones del libro: “Ya no somos aquella bestia mítica/que estoy seguro que nunca lo fuimos:/nuestros sexos viven bien sin el otro”.

Se trata de un libro de acercamiento, descubrimiento, apareamiento y separación. Al final, la soledad pareciera prevalecer cuando los sexos dejan de poseer una importancia significativa y cada uno a su manera se siente frente a esa silla en la que se espera, la soledad llegue a ocupar su lugar, sin monólogos, celebrando la voz plural que existe en cada uno.

 

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