Pedro Bejarano y la comunidad de La Casona: del abandono a la memoria

Redacción (Archivo). En diciembre de 2011, 10 meses antes de su muerte, el comunicador cultural y director de Culturacr.net, Geovanny Jiménez S., conoció y entrevistó a uno de los últimos caciques tradicionales indígenas que ha tenido el país: Pedro Bejarano. Recuperamos este trabajo para que usted conozca más no solamente sobre él, sino además sobre la comunidad Ngäbe de “La Casona”, abandonada durante décadas, pero últimamente con mejores servicios básicos. A continuación el reportaje:

Geovanny Jiménez S. “Yo no pide nada, yo recibe si dan, CONAI no ayuda nada”, son las palabras decanas de don Pedro Bejarano, posiblemente el más viejo cacique que se respete de los Ngäbes, con 98 años de edad, sus uñas de los pies encarnadas y prácticamente ciego.

“Yo está ciego, yo solo quiere morir en paz”, repite en un español que no domina; su lengua original es el ngäbere, la lengua de sus ancestros, la lengua de su pueblo; que se distribuye desde Chiriquí en Panamá hasta Coto Brus, Corredores y Osa en Costa Rica.

En la comunidad conocida como Villa Palacios, donde habita Bejarano, rondan los Ngäbes entre el trabajo de campo (cosechan cacao y hortalizas) y la desesperanza. También sirven de recolectores de café, principalmente los clanes que viajan juntos desde Panamá y se embriagan en los pueblos del cantón.

Un poco antes, cerca del río, empieza la mal llamada reserva guaymí, también denominada “La Casona”, donde un poco arriba -en Villa Palacios- se encuentra don Pedro Bejarano.

La primera entrada es un puente de hamaca en pésimo estado, en el que habrá que bailar al ritmo del zigzag mientras se cruza (ver fotografía). Luego varios senderos y bifurcaciones nos llevan a casas sin cerca, a terrenos de todos.

La escuela de Ngöbere de “Unchi” Rodríguez

A la derecha está la escuela de Alexis “Unchi” Rodríguez, a la izquierda la casa del maestro, un evangelista de nombre Luciano Jiménez, ngöbe venido de Panamá con la misión de enseñar la lengua. La relación es complicada en el tema religioso, Jiménez nos cuenta que los Ngöbes siguen a cerca de siete religiones, una de ellas de influencia católica pero muy particular de ellos llamada “Mamatata”. “Yo soy evangélico y vengo a ayudar en la escuela para enseñar el idioma que se está perdiendo”, nos cuenta Jiménez.

“Las cogidas de café están buenas, pero yo no puedo ayudar, tengo mucho trabajo y debo dar a conocer la palabra de Dios y enseñar nuestro idioma ancestral”, nos dice Luciano Jiménez. Fascinado, nos agrega: “Ya hemos traducido al ngöbere todo el Nuevo Testamento y los libros del Viejo más importantes, como todo el Génesis”. Es noviembre y el agua aparece por todos lados.

Ya en casa de “Unchi” Rodríguez, un hombre entregado a la causa de la preservación del legado Ngöbe, la realidad se nos empieza a asomar con ironía. Rodríguez es el cantante de Jirondai, proyecto que se ha dado a la tarea de recuperar sonidos, voces e historias ancestrales. En su voz y en la música del también comunicador Luis Porras, los cantos de su etnia son sentidos y conocidos por cientos de personas en nuestro país y fuera de él.

“Esto es para concientizar a todos los jóvenes, a toda la sociedad, la música es un idioma universal, pero resulta que mucha gente piensa que el dinero es todo, pero la música sirve para dar a conocer lo que es uno, la cotidianidad del individuo”, afirma sobre su trabajo en Jirondai. Nos cuenta que él vende sus discos de Jirondai para apoyar el proyecto de la escuelita, mientras observamos el río.

Rodríguez también nos explica sobre su proyecto: “Hemos creado este proyecto de la escuelita y ahí estamos trabajando, ya llevamos 4 años de trabajar, con dificultades, pero tratando en lo posible de mantenerlo, a como nosotros queremos porque el proyecto está acorde a nuestra necesidad y no de las instituciones de afuera, somos nosotros los que queremos diseñar, moldear, nuestro proyecto y no que vengan a decirnos los de afuera lo que nos sirve”.

Pero “Unchi” no descansa en su afán por hacer que su sangre y su voz no se extinga, para eso fundó usta escuelita unidocente y de una sola aula, construida con madera y en las mejores condiciones posibles, en la que Jiménez y él enseñan el idioma ngöbere a los niños de su comunidad. La escuela no pertenece al MEP ni recibe su apoyo, por ahora. “Estoy esperando el resultado del Instituto Tecnológico para ver si vienen a poner computadoras”, dice con incertidumbre, pero esperanzado hasta los ojos, “Unchi” Rodríguez. Tiempo después nos dimos cuenta que esta universidad estatal le donó y entregó las máquinas.

Al este lado del río la escuelita de “Unchi”, al otro lado la del MEP (ver fotografía). Las diferencias son evidentes en los recursos y espacios.

La escuela no tiene muchos materiales, pero lo que tiene están hecho con rotundo amor hacia su lengua. En las paredes de malla de la escuela, los afiches con frases ngöberes nos ofrecen la riqueza de sus sonidos, el acervo de su lengua. Entorno él tiene todo limpio y bien cuidado, pasto bien recortado, estanques con algunas tilapias para generarse algún ingreso y plantas de diversas especies, bien cuidadas. Aquello parece un diminuto jardín botánico. A la par el río suena furibundo, es invierno y las corrientes no claudican en su danza de agua y gravedad.

Pedro Bejarano denuncia a CONAI, él quiere fincas para su pueblo

Más arriba, en lo que ellos conocen como Villa Palacios, está el jefe, don Pedro Bejarano (ver fotografía del cacique), quien al principio se muestra receloso y molesto, pero luego empieza a acceder a la conversación, está cansado de la gente que llega a preguntarle y usufructuan con su conocimiento, sin dejarle nada para ayudarlo (nosotros le dejamos algo para su café y azúcar).

Y nos cuenta muchas historias, de los primeros sulias que vio hace muchas décadas, cuando ni siquiera habían llegado los italianos, cuando ya habían algunos ticos en esas tierras.

Al principio ordena que se ponga su proclama (ver fotografías abajo), una tela amplia donde alguien escribió el pensamiento de don Pedro sobre la condición indígena- y se retira. Al rato vuelve y “empieza lo bueno”, como nos dice “Unchi” Rodríguez.

“Antes había machaca (pez de agua dulce), había danta, había venado para comer, también estaba el tigre (jaguar) y nosotros caminábamos días para ir al mar, allá por el Térraba”, narra con voz aguda, aún penetrante y decidida. Tiene 98 años, los pies extremamente sucios y uñas encarnadas, está ciego, con dos o tres dientes en pésimo estado, le cuesta caminar, pero se pone de pie y habla, mastica el tabaco y lo escupe, y habla, se entrega al pasado y le cuesta el español, pero habla, en subjuntivo; tampoco escucha mucho, pero en su voz pareciera que un torrente de tiempo se detiene a asustarnos. Nos sentimos asustados.

“Yo no voy a hablare mucho porque yo tengo cantidad venido estar aquí, tiempo estar aquí, meses estar aquí, semana estar aquí, años estar aquí, enredo mucho palabras, por eso es que voy a enseñar solamente arriba puede entender…” nos dice literalmente, agotado de repetir lo mismo, y nos deja.

En la tela (ver fotografía, hacer clic para ver en grande), Bejarano el cacique nos deja ver lo mal que se sienten: “los sulia se burlan de nosotros y dicen que nosotros somos vagos, eso afecta nuestra dignidad como personas”. Tres horas atrás escuché decir al dueño del hotel donde nos hospedamos precisamente eso.

Pero don Pedro regresa y nos dice: “Yo se enreda mucho porque yo no tengo escuela, yo no conocere suliá, suliá yo conocere cuando estaba chiquito…” Y entonces nos cuenta sus historias, una de cómo un hijo suyo lo metió en problema en CONAI cuando anduvo en San José. Le preguntamos: ¿CONAI no ayuda? “Nunca, ni peseta”, nos responde.

Las mujeres y los niños están atrás, ellas pasivos, ellos juegan. En la pared un papel también expresa parte de su pensamiento (ver fotografía, clic para ver en grande).

“Aquí para el pueblo yo estoy deseando que compra tierra, que compra finca, aquí mismo para pueblo, para trabajar, para sembrar cosas, para tener algo: frijoles, de palo, semillas para tener que sembrar, todos queremos comer, todos queremos vivir, pero no hay fincas, no hay nada, CONAI quedó en comprar fincas y nada”, afirma Bejarano. “Quedó de comprar, millones para eso,, ¿dónde está eso? Hace ya muchos años ni arrima aquí, ni tan siquiera”, denuncia el Cacique.

Nos vamos confundidos, ensimismados e indignados. Atrás La Casona se queda fantasmal, abandonada por CONAI, abandonada por nuestra sociedad, nuestro modo de vida y un irrespeto increíble por su cultura ancestral.

Coto Brus y el panorama disímil

El resto del cantón de Coto Brus (ver fotografía de centro de San Vito) crece y progresa con los buenos precios del café, las partidas de Estados Unidos y otros apoyos , pero para ellos esta comunidad es solamente folclor, un quiste en medio del panorama de la maravillosa biodiversidad que se ve por todos lados.

Coto Brus es un territorio que ubica en las faldas del Parque Internacional La Amistad, que fuera poblado al principio por los Ngöbes, luego por costarricenses provenientes de Ciudad Neilly, así como de otras zonas, incluyendo Golfito y Pérez Zeledón. Al principio, los pioneros ticos poblaron territorios ahora conocidos como Agua Buena y Sabalito, sin apoyo del Estado, y “a puro machete”, abriendo selva. Luego llegaron los italianos con el apoyo de la SICA (Sociedad Italiana de Colonización Agrícola) y del gobierno costarricense, en la figura del ex-presidente José Figuerres Ferrer, y titularon grandes extensiones de tierras, que abrieron principalmente en San Vito, donde además hicieron una pista de aterrizaje.

Los Ngöbes habitaban la región, hoy están reducidos a “La Casona”, un territorio muy pequeño, donde viven en comunidad y en estado de abandono estatal. Luego nos dimos cuenta por un agricultor que iba en el bus que las tierras del territorio son alquiladas a ellos para producir diversos productos. “Me las alguilan los indios”, dijo. ¿Quién o quiénes lo hacen? Ya no era posible averigüarlo. Cerca de La Casona, los poblados de San Gerardo primero y luego Las Vegas están habitados por sulias que se dedican a la agricultura.

Es octubre, llueve y nos mojamos, el barro nos inunda y, de regreso al hotel en San Vito, no podemos dejar de sentir un mal sabor de boca. Duele ver aquel poblado lleno de incertidumbre, a un padre de los Ngöbes en estado lamentable, una escuelita manejada solamente por el interés de una persona y algunos pocos amigos (nos recuerda a CulturaCR.NET de repente), una comunidad limitada a las ayudas que nunca llegan, donde algunos quieren hacer algo por preservar lo suyo, pero viven en el abandono y la indiferencia, de su cantón y de su país.

Los Ngöbes de Costa Rica se encuentran en la Vertiente Pacífica en cuatro reservas, tres de ellas en la cuenca del río Grande de Térraba, en la subcuenca Coto Brus: Reserva Conte Burica, Reserva de Coto Brus, y Reserva Abrojo-Montezuma. La Reserva de Osa se encuentra en la cuenca de Río Riyito, Río Pavón, y La Quebrada. En la Reserva de Coto Brus están Villa Palacios, Limoncito, Paraíso (Brus Malís), Caño Bravo, y Quebrada Pita. Según los estudios, los Ngöbes llegan a Coto Brus a principios de los años cincuenta y se asientan definitivamente después del año 1964. No obstante, los testimonios y estudios recientes encontrados hablan de que estos territorios son parte de un flujo migratorio permanente -de Panamá a Costa Rica- de los Ngöbes desde tiempos precolombinos y mucho antes de la década del cincuenta. Sus lenguas son la Ngöbere y la Buglé.

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