Para comprender lo que pasa con Bukele y El Salvador ◘ Análisis

En El Salvador el presidente es, además, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, así que puede disponer de ellas según se lo permite la legalidad.

Si usted pensaba que el sistema político de Costa Rica es complicado, es porque no conoce cómo funciona El Salvador y por qué la situación de su presidente Nayib Bukele es tan particular.

Empecemos con entender que Bukele tiene cerca de un 80% de aprobación popular, un gobernante con el más alto apoyo de la gente en América.

Seguido, que el parlamento salvadoreño tiene 75 diputados, no 58 como sucede aquí, a pesar de ser un país pequeño y con una gran cantidad de su población migrante en Estados Unidos, en el Estado de California particularmente (se calcula en un 24%, cerca de 1.6 millones de personas).

En una Asamblea Legislativa tan amplia normalmente sucede que ningún partido logra la mayoría simple, de 38 diputados en este caso. Aunado a eso, las elecciones legislativas se realizaron un año antes de las elecciones presidenciales, entonces se viene un fenómeno particular: los representantes afines a Bukele en el Parlamento son una minoría, aunque él ganó con un aplastante 53% de lo votos emitidos. Veamos por qué.

En este país los comicios legislativos se realizan cada 3 años y los presidenciales cada 5 años. En esta oportunidad los congresistas fueron elegidos en 2018 y el presidente en el 2019.

Un repaso hacia atrás para entender el presente

En El Salvador, después de los procesos de pacificación en Centroamérica, la democracia volvió en 1992 después de muchos años de lucha fratricida entre la guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) y el Gobierno del momento. El FMLN se incorporó luego a la vida democrática y desde entonces, junto con el Partido Arena (derecha oligárquica), han dominado las elecciones y han gobernado el país. En total, 3 presidentes de Arena, 2 del FMLN y uno independiente.

La corrupción y el desencanto democrático han invadido al pueblo salvadoreño (en las últimas elecciones solamente el 52% de la población votó). Un ex presidente condenado a 10 años de cárcel (Antonio Saca), uno que huyó a Nicaragua (Mauricio Funes) y otro que fue enjuiciado pero murió (Francisco Flores), así como una participación electoral cada vez menor, abrió las puertas a un cambio.

Un año antes de las elecciones, el hijo de un exitoso comerciante de origen palestino de El Salvador no tenía aún ni la popularidad ni el poder suficiente para formar un cuadro de diputados e impulsarlos con un proyecto nacional. No, lo de la elección de Bukele vendría a ser un fenómeno.

El hoy gobernante fue comerciante de publicidad y luego alcalde por el FMLN del pequeño municipio de Nuevo Cuscatlán, desde donde brincó a serlo de San Salvador, la capital del país, de 2015 a 2018. Para 2019 quiso ser presidente, pero diferencias internas con el partido de izquierda lo llevaron a buscar una casa aparte.

Así las cosas, intentó aliarse con otros partidos. Fracasó en su intento con el partido Cambio democrático de centro-izquierda y luego se registró con la agrupación de centro-derecha Gran Alianza por la Unidad Nacional (GANA) -partido fundado por el ex presidente condenado Antonio Saca-, y así ganó la convención interna llegó a las elecciones con una campaña centrada fuertemente en su figura personalísima, aparte de una creciente pérdida de credibilidad de los partidos políticos, un fenómeno que también se ha dado en Costa Rica.

Su gran proyección en redes sociales y la novedad de su imagen decidida a resolver problemas, le logró triunfar con amplio margen y no necesitó una segunda vuelta.

Sin embargo, llegó al poder con un Congreso dominado por partidos tradicionales (FMLN y Arena) y con muy poca representación propia. Casi podríamos decir que el Legislativo es otro gobierno muy distante de Bukele.

Cuando Bukele busca la aprobación de ese Congreso para un financiamiento que busca comprar equipos de apoyo para la Policía Nacional, con el propósito de combatir la delincuencia, enfrentó la oposición de la mayoría en la «Casa Azul». El mandatario pidió una sesión extraordinaria para impulsar el proyecto y tocó con muro: el Parlamento se negó a la exigencia «por improcedente». Y entonces se vino el conflicto.

Por eso se explican los acontecimientos de las últimas semanas y el enfrentamiento entre los dos poderes de la República, aunque eso no justifica de ninguna manera la conducta militarizante y anti democrática del Bukele al invadir el Parlamento.

Un dato importante es que en El Salvador el presidente es, además, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, así que puede disponer de ellas según se lo permite la legalidad.

Preocupan a la comunidad internacional aparte de los actos insólitos y arbitrarios, que fueron rechazados por la Sala Constitucional de su país, que además el mandatario salvadoreño ahora acuda a expresiones religiosas para buscar apoyo, mientras insulta y amenaza al otro poder de la República en importancia, una clara violación a la división de poderes que implica una afrenta a la estabilidad y la democracia de un sistema político.

Nayib Bukele cumple apenas su primer año de gobierno y le queda uno más con el Congreso conformado en contra. Su realidad política podría cambiar al llegar su segundo año de mandato en 2021 y propugnar por un cambio en el Parlamento, si aún conserva su popularidad. Podría así lograr por primera vez en mucho tiempo una mayoría simple en ese parlamento.

Lo demás, está por verse…

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