Tras el súper martes los ricos suspiran aliviados ◘ Opinión

Los ricos ya maniobraron, desde la cúpula del Partido Demócrata, y ya sacaron del barranco al buenón de Joe Biden.

Rodolfo Arias Formoso. Cuando Barack Obama se lanzó al ruedo político como precandidato demócrata, muchos arquearon una ceja y miraron con desconfianza. Obama y Osama sonaban muy parecido, el nombre completo del tipo era Barack Hussein, su padre había sido un musulmán keniata… en fin, todo un catálogo de “desperfectos contraculturales”, por decirlo así.

Rodolfo Arias Formoso

Pero resultó ser un orador brillante, con una intuición muy fina para interpretar al “negro bueno” (“adaptado” quedaría mejor), e incluso para incorporar los modales y el porte del estadista elegante que luce bien en la Casa Blanca. Es más, que por primera vez hace que las níveas paredes de la mansión del poder contrasten con el tono de la piel suya y de su esposa y sus lindas chiquitas.

Él dijo que cambiarían muchas cosas y pareció de izquierda –de izquierda en Estados Unidos, que no es lo mismo que en otros países-, pero una de sus primeras decisiones cruciales fue sacarles las castañas del fuego a los ricos y poderosos, que se habían metido en un atolladero descomunal con el descalabro financiero que marcó los últimos días del malhadado Bush.

Obama guió la transferencia de enormes sumas del erario público (o sea, plata de todos los contribuyentes) para salvar a los banqueros, y por ende salvar a los inversionistas, industriales, empresarios, especuladores, y demás hierbas. Los ricos suspiraron aliviados.

Con todo, los ricos se sintieron aún más tranquilos cuando un populista de derecha, el faisán Trump, salió de la nada y se lanzó al ruedo político. Digo “de la nada” porque al igual que Obama, Trump no brotaba del “establishment” del Partido Republicano. Era un multimillonario sui géneris. Rara avis, tanto en su forma de hacerse un ridículo y cotidiano “blower” en el encéfalo, como en su despachada forma de hablar, de argumentar y de ejecutar.

Trump ganó y por supuesto los ricos han estado muy felices durante estos últimos años. Han gozado ochenta con los bochinches que el Comander les arma a los chinos, con la dureza que exhibe ante la OTAN, con la repentina forma de subir aranceles, diríase que con la misma celeridad que hizo célebre a Robespierre al dejar caer la guillotina.

Más que un presidente, Trump ha sido el CEO (Oficial Ejecutivo Máximo) del aparato productivo norteamericano. Ha usado su puesto para administrar la economía del imperio como si fuera una híper mega empresa. Es lo que ha hecho toda la vida.

Ahora hay más plata. La balanza comercial mejoró. Hay menos desempleo. Se dispararon los numeritos de Wall Street. Pero simultáneamente se dispararon los índices de emisión de gases de efecto invernadero, los índices de desigualdad social y de marginalidad, de inseguridad sanitaria, de costos de la educación, de persecución de inmigrantes.

Los que no han suspirado con alivio han sido los pobres. Casi nunca pueden, estoy claro, pero ahora les ha ido peor, mucho peor. Y de nuevo sienten la acuciante necesidad de un cambio. Los mileniales que no ensamblan en el sistema, los desposeídos, los que trabajan dos tiempos completos, los que perdieron sus casas ante el descalabro crediticio.

Ahí surge Bernie Sanders por la izquierda. Es su segundo intento. Es un senador independiente, que se dice socialista, que le reconoce méritos a la revolución cubana, que participa por el Partido Demócrata “a más no haber”. No está hablando paja. Su proyecto político es consistente y sin tapujos, es una verdadera amenaza para los ricos. Y ha sido el mismo desde hace muchos años. Bien lo señaló el comediante Trevor Noah: Sanders es increíblemente consistente. Su discurso se ha mantenido inalterable durante varios decenios.

Y ojo: es una amenaza para los ricos de todo el mundo, porque las cosas ahora son globales, interconectadas. Un viraje hacia la izquierda en Estados Unidos tendría un efecto impredecible de dominó. Por eso es que nunca ha sucedido, y por eso es que ahora parece que tampoco sucederá.

Los ricos ya maniobraron, desde la cúpula del Partido Demócrata, y ya sacaron del barranco al buenón de Joe Biden. Su campaña era un compendio de tropiezos, un lienzo tan grisáceo como desteñido, un avión que no tomaba altura, mal piloteado y mal propulsado.

La orden, en los últimos días, fue concreta y tajante: todo precandidato “moderado” (es decir, que no amenace al status quo) debería deponer las armas y dar su adhesión a Biden. Klobuchar, Butigieg y hasta el folclórico Beto O´Rourke, que ni pincha ni corta, obedecieron dócilmente.

De resultas, ayer Biden triunfó en el súper martes. Ganó la mayoría de los 14 estados que participaron y emergió como el líder de la contienda. Su rostro de gringo normal (Sanders es un soliviantado judío que ya no lleva una hirsuta melena por la simple razón de que se le cayó el pelo), su cordialísima sonrisa, su disposición a ser guiado, todo suma para que hoy, una vez más, los ricos suspiren aliviados: o gana el inocuo Biden, o repite Trump. Esta misma mañana lo demostraron a su manera: los índices bursátiles subieron en Nueva York, tras estar varias jornadas de capa caída.

Pero eso no será para siempre. Ya verán.


*Rodolfo Arias Formoso. Escritor costarricense. Premio de la Academia Costarricense de la Lengua (por su obra Guirnaldas (bajo tierra), 20). Premio Nacional «Aquileo Echeverría» dos veces en categorías de Novela ( “Te llevaré en mis ojos”, 2017) y Cuento (La Madriguera, 2010). Mención Honorífica en el certamen Valle Inclán de la EDUCA (1989). Connotado ajedrecista nacional e Informático de profesión, además de profesor de la Universidad de Costa Rica.

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