Sobre “Los cerdos comen bellotas”, nueva narrativa costarricense

  • Este libro ganó el Premio Nacional “Aquileo Echeverría” 2018 en la rama de cuento.

RESEÑA LITERARIA. “Los cerdos comen bellotas”, de Cristopher Montero Corrales (EUNED, 2018) es un libro difícil de clasificar. El texto se puede leer como brevísimos ensayos literarios, en ocasiones, o como narrativa experimental que hace del ensayo su método.

Las historias parecen testimonios casuales sobre los despropósitos de la vida, como aquellos testimonios muy personales donde se evidencian las crueldades que se asumen como tales. De cierta forma se expone, con alguna falsa ingenuidad, lo que ha dejado mella y cinismo. Por ejemplo, las alusiones al padre son escalofriantes: “Mi padre nunca me defendió. Yo no sé defenderme. Cuando abiertamente me insultan, miro al suelo y al día siguiente me escarbo con el índice el dedo pulgar de la mano derecha. Lo hago hasta que sangra”.

El maltratado, dice el mismo autor, es el motivador de la escritura en este texto y es contra él que se escribe. Incluso, los golpes recibidos tienden a convertirse en vulnerabilidades que el autor reseña con total franqueza. Los relatos esconden la confesión de un fracaso existencial que se puede enmascarar con sospechoso intelectualismo, el cual solo aumenta la idea de que el narrador solo recurre a él para disfrazarse.

Los cerdos parece que están en los escondrijos de la vida y no solo comen bellotas, según derivamos de este compendio de historias secretas, también nos buscan en la oscuridad.

A continuación un relato del libro:

“Ya no siento lo mismo”

Siempre sentí que ella se avergonzaba de mí. Esa sensación era un zancudo molestando en una habitación limpia. Yo trataba de nunca topármelo y mucho menos que se fijara a mi piel. No sé si fue por la cena con sus padres, que no pude pagar, o por mi profesión mal remunerada. Lo cierto es que ella terminó abandonando la relación cuando aún estábamos juntos. Me sentí como el niño que hace un pase a su mejor amigo y este lo deja pasar y ese niño hace el esfuerzo por recuperar el balón porque cree que fue un error, hace el pase nuevamente, pero su compañero lo deja pasar otra vez, y me detuve para no llegar hasta el infinito. Ese niño me mira y dice: ¿qué pasó, si estábamos jugando?
Lo tomé de la mano, nos marchamos y, para ser sincero, nunca pude contestarle con certeza. (p. 53)

Guillermo Fernández

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