Las “piedras apiladas” que resultaron ser un tesoro prehistórico de 5.000 años en Granada

Los trabajos no han cesado, los arqueólogos han contado además con el apoyo de numerosos voluntarios. El muro no es una pared simple, es el vestigio de una fortaleza.

Gonzalo Wancha, Sputnik. En Granada un equipo de arqueólogos ha descubierto una muralla de la Edad del Cobre en excepcional estado de conservación. El hallazgo destaca por su extensión y altura, lo que revela unas posibilidades técnicas insospechadas para la época. Supone además una oportunidad económica y cultural para una región afectada por la despoblación.

Desde hace años, un miniejército ha reconquistado la meseta de Villavieja, un páramo dominado solo por extensos olivares. Pero ahora, un nuevo paisaje emerge de la tierra gracias al trabajo de un equipo de arqueólogos de la Universidad de Granada (UGR). Se trata de una muralla que se extiende unos 300 metros y que en algunos puntos alcanza los 3 metros de altura. Más allá de sus dimensiones, importa su edad: está datada en unos 5.000 años de antigüedad.

La localidad de Fuentes de Cesna (pedanía de Algarinejo, Granada) ve como monte arriba, unas piedras apiladas visibles, han ido descubriéndose con el trabajo de los 15 arqueólogos de la UGR y de voluntarios, como la muralla de una fortificación. “Estamos ante un hallazgo extremadamente singular”, cuenta a Sputnik Antonio Morgado.

El destape de este tesoro prehistórico enterrado por milenios arrancó en 2012. Morgado, investigador del Departamento de Prehistoria y Arqueología de la UGR, analizó las muestras de restos de un muro dañado. Experto en recursos líticos, desestimó la creencia de que aquellas piedras fueran restos de un muro medieval e hizo un primer análisis con una pequeña excavación. Estaban ante una ventana abierta a la Edad del Cobre.

“Una joya de la prehistoria en el siglo XXI”

Una vez desvelada la antigüedad y preparando el viaje para un tránsito hacia 5.000 años de antigüedad –el Ayuntamiento compró los terrenos y la Junta de Andalucía inició el expediente de Bien de Interés Cultural– comenzó la fase actual, “la de conocer la extensión de este espacio singular. No deja de sorprendernos la extensión y conservación”, detalla Morgado.

Los trabajos no han cesado, los arqueólogos han contado además con el apoyo de numerosos voluntarios. El muro no es una pared simple, es el vestigio de una fortaleza cuyas murallas “pudieron alcanzar los 4,5 metros de altura, teniendo en cuenta la estructura que hubo, el análisis de los resortes y mampuestas de la muralla, podemos concluir que la fortaleza acogía a una población extensa”.

La excavación saca a la luz una insospechada capacidad técnica para la época, con la presencia de contrafuertes que estabilizan el muro y permiten una mayor altura, además de la existencia de grandes torres semicirculares adosadas al muro principal. Existía además un muro menor adelantado que creaba un pasillo a modo de barbacana, una estructura que normalmente visualizamos milenios más tarde.

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“Sin duda vamos a tener una visión más compleja y profunda de la Edad del Cobre de lo que sabíamos hasta ahora. Estamos por primera vez analizando vestigios en una zona montañosa y con indicios de una sociedad mucho más compleja en el sur de Europa de lo que hay estudiado hasta ahora”, explica el investigador.

Si hubo una muralla, debía haber algo que proteger en su interior. Las investigaciones del equipo de la UGR han cercado unas 2,2 hectáreas de zona de poblado interior en la que ya han datado la presencia de unidades domésticas con viviendas circulares, “aunque aún es pronto para saber si existía un ordenamiento o urbanismo interno”.Los arqueólogos sí ofrecen algunos detalles del modo de vida de esta población, tras el análisis de vestigios y utensilios y de las basuras que dejaron. Eran ganaderos y agricultores y, además del ya sabido cultivo de cereales de esa época, en este caso también cultivaban leguminosas”, detalla el investigador, tras datar restos orgánicos de habas y guisantes. También revelan que comían carne, aunque la caza no era una actividad predominante, sí consumían cerdos de corta edad.

El próximo paso de la investigación es dar con los dólmenes, los panteones funerarios que acumulan utensilios y herramientas familiares y que suelen dar detalles sobre el orden social. “De todos modos, está claro que se trata de un centro, una especie de ‘capital’ de una gran entidad social prehistórica”, el entorno es la clave para esta conclusión.

Los restos de la fortaleza están en lo alto de una meseta, la de Villavieja, que permitía a la población “un dominio visual del paisaje kilométrico”. La fortaleza fue un enclave estratégico y punto de transición entre diversos entornos. Hoy está en la frontera provincial de Granada, Córdoba y Málaga, “y ya hace 5.000 años era la transición entre paisajes muy diferentes, entre las campiñas y la depresión Bética y Subbética”.

Villavieja existió a la vez que otros conocidos conjuntos monumentales como Los Millares de Almería y Los Dólmenes de Antequera. Pero la conservación de la altura de la muralla y su monumentalidad no dejan de sorprender a los expertos. En la Edad del Cobre los agricultores y ganaderos prehistóricos comenzaron a construir sus primeras murallas. Este hallazgo abre un nuevo horizonte temporal.

Un futuro más esperanzador que conecta con el pasado

“A partir de ahora, Fuentes de Cesna sí será un lugar conocido”, cuenta una de las vecinas que ha participado como voluntaria en la excavación. La localidad es una pedanía sureña de Algarinejo que vive, básicamente, del olivar. Ahora, la herencia de los habitantes de hace 5.000 años ofrece a la pedanía un nuevo argumento.

“Había algunas piedras apiladas, pero ¿cómo íbamos a pensar que tenían tanto valor, que teníamos un tesoro?”, comparte orgullosa Casimira Comino, presidenta de la Asociación de Mujeres Fuentes de Cesna.

Las 75 mujeres de la Asociación han participado como voluntarias en la excavación y en la difusión de los hallazgos y del nuevo valor arqueológico de la localidad. “Depender solo del aceite hace que hayamos ido perdiendo población con los años. Este hallazgo es una oportunidad para que la gente joven deje de irse del pueblo y para que Fuentes de Cesna no desaparezca”, añade Casimira.

Las vecinas se confiesan “alucinadas” a medida que los vestigios de la fortaleza salen a la luz. Muchas colaboran como guías, “soy educadora infantil, ¿quién me iba a decir a mí que iba a hacer de guía arqueológica?”.

“Esa es la magia de la arqueología”, reflexiona Antonio Morgado, que desde el primer momento quiso integrar a la población local en la investigación. Más allá del conocimiento científico que abre, está el enriquecimiento patrimonial y cultural. “Esto crea marca, crea unos valores históricos y de tradición asociados que antes no existían”. Para las poblaciones herederas, los hallazgos arqueológicos suponen un motor cultural pero también, un nuevo argumento como seña de identidad que conecta con su pasado remoto.

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