La mitad de los electores no ha decidido (y algo más) ◘ Voz propia

Este análisis busca demostrar cómo aún queda un océano de electores por conquistar para los partidos políticos.

Puede parecer a algo que ya sabemos, pero este asunto requiere más análisis y más profundidad, y eso trataré de hacer aquí en este artículo de opinión. Vamos primero a revisar los datos puros y duros de la encuestas, pero no será lo único. Vamos poco a poco.

El estudio de opinión más confiable para mí es el CIEP de la UCR. Según esa encuesta en octubre había un 48% de indecisos, luego pasó a un 53% en noviembre y en diciembre quedó en un 40,5% de indecisos.

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Pero aquí hay dos cosas: Primero, que el CIEP calcula la indecisión de una forma muy particular (y las más acertada). Esta encuestadora excluye primero a quienes dicen que no votarán (cerca de un 35%) y del resto (65%) saca la intención de voto de quienes tienen candidato y quienes dicen estar indecisos.

Es decir, el 40% de indecisos es del 65%, entonces en realidad ese 40% termina siendo como un 26% de la muestra total entrevistada. Si al 35% de abstencionistas le sumamos el 26% de indecisos eso da un cuerpo de 61% de personas que indican no votar y no tener candidato decidido.

En cambio, otras encuestas no hacen esa partitura, sino que toman a los indecisos de la muestra total y, en algunos casos, de la respuesta “no sabe/no responde”. Así es mucho más difícil determinar realmente cuántos indecisos hay, pero peor aun: saber si realmente los que indicaron intención de voto lo harán por su candidato. Además, muchos abstencionistas terminan por indicarse indecisos o inclinados hacia un candidato.

Pero eso no es todo, el CIEP hizo -en segundo lugar- un estudio de seguimiento por panel muy interesante en el que obtuvo datos curiosos, como la evolución de voto de octubre a noviembre.

Por ejemplo, de un 48% de indecisos en octubre, hay un 33% que siguen con esa indecisión y un 15% que ahora van con una candidatura y dejaron de ser indecisos. Sin embargo, del 52% que estaban decididos, ahora un 9% pasaron a engrosar los indecisos. Y también un 9% de swingers (“pancistas”), es decir, quienes cambiaron de un candidato a otro. Solamente un 34% son los que siguen decididos por el mismo candidato.

En claro: la intención de voto es volátil y puede cambiar de un momento a otro. Incluso los abstencionistas podrían verse motivados, en algún momento, a votar, ya sea porque les atrajo un candidato o porque tuvieron una circunstancia favorable para hacerlo.

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Estaríamos hablando de un 34% del 65% que están completamente decididos. Si extrapolamos eso, sería como un 22% de la muestra total. Entonces haga usted números: podemos estar hablando de un 78% de personas que forman un océano de electores que podrían no votar, cambiar su elección de voto o estar todavía indecisos (y tomar la decisión hasta los últimos días).

Por supuesto, es bastante realista considerar que de ese 78% de personas, un 30% no va a votar, porque esa es la constante en las elecciones anteriores. Entonces, podríamos decir que hay un 48% (la mitad) de votantes que pueden ser conquistados por las diferentes tendencias políticas.

A mediados de enero, en los próximos días, llegarán las encuestas serias (esperemos una del CIEP) para ver qué tanto se ha movido esa intención de voto. Intuitivamente percibo que no mucho, pero es posible que Figueres se haya desinflado un poco, que Saborío haya crecido otro poco y que algunos emergentes estén creciendo con un poco más de fuerza.

Sin embargo, de todas formas esas encuestas que vienen pronto tampoco definirán nada, porque esta vez -como en las dos elecciones anteriores- la elección será de nuevo en los últimos días.

Siempre es muy interesante que los candidatos y candidatas, así como los partidos, se ciñen en una lucha de votantes como si fuera ver quién agarra más pero en piñata; rara vez vemos a los aspirantes tratando de convencer abstencionistas o públicos indecisos.

Pero Costa Rica ha venido desarrollando una masa de votantes críticos, cautos, silenciosos e incluso desinteresados que votan hacia el final del proceso electoral, el día de las elecciones. Convencer gente convencida es insulso y absurdo, se trata en realidad de cautivar públicos con propuestas y con el cómo hacerlas realidad, en lugar de jugar a los “compromisos” (que son promesas disfrazadas).

Recuerden la máximo de don Ricardo Jiménez Oreamuno sobre el costarricense: sabe oler el precipicio y esquivarlo en el último momento, como los burros.

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