La cultura de la desobediencia vial que mata en las carreteras

Geovanny Jiménez S. Puede ser que ellos se llamen Kurnikova y Brayan, y que su hijo tenga un nombre aún más rimbombante, de nada valdrá tampoco que tengan hermosas fotografías en parajes increíbles o en su tercer cumpleaños, si hoy, ahí, en un momento inesperado él pierde el control o tal vez un niño o un perro se atraviesa en la vía. Porque ni su hijo, ni ellos, llevan casco en aquella moto “Katana” diseñada para 2 personas, pero que lleva tres entre Cuatro esquinas y Cariari de Guápiles (ver fotos).

Poco antes una pareja transportaba, también sin casco, a sus dos hijos menores en su moto: uno en el tanque, otro en medio de ellos dos, y los 4 sin casco. Y ni se hable de la gran cantidad de jóvenes corriendo a mucha velocidad por aquellas pistas, también sin casco (ver imágenes).

Era domingo, día de fiesta, y parece que en aquellas comunidades aquello es algo común. “En los pueblos es una práctica normal, desde Coto Brus, hasta todos los pueblos del Caribe, nadie respeta la ley, a nadie le importa la vida”, expresa Ronulfo en el abastecedor.

“Aquí la vida no vale nada”, retumba en la memoria literaria. En aquellos pueblos, quizás para algunos irresponsables la vida no vale mucho. La gente no usa el casco, tampoco usan el cinturón de seguridad en los carros.

Aquí hay accidentes todas las semanas, pero los medios no pueden dar cuenta de ellos. Es la cultura de la desobediencia. Y aunque los más resonantes son muertes por ebriedad, la verdad es que las mutilaciones y los accidentes son cosa de todos los días.

El decir es simple: “lo que no está para uno, pues no está”. También “Dios sabrá cuando le toca a uno irse”. Y no falta el “aquí nunca hay accidentes, la gente que pone esas cosas no sabe nada, es más peligroso matarse por ese casco tan incómodo”.

A la vuelta de la plaza ya Kendall Ramón ensaya con una moto prestada, puede tener unos 14 años y, claro, tampoco usa el casco. “Ni qué mujercita poniéndose el casco”, le dicen los demás.

“El tema de la desobediencia civil es de siempre, normalmente se asocia a la carencia de valores forjados en la educación -de las aulas y sobre todo en las casas- o incluso al reforzamiento de antivalores sociales, como el machismo, el irrespeto y la intolerancia”, expresa el psicólogo Román Rivas.

“Hacen mucha bulla, es normal que la gente busque lo más cómodo”. Por supuesto, cuando una familia llora al niño que fue atropellado, esas frases cambian.

Lo más cómodo, lo más rápido es pasar la línea del tren antes y adelantar unos segundos. Es lo mismo con rayar en doble línea amarilla o en curva. Y por eso han chocado al tren infinidad de veces y una aguja electrónica puesta recientemente no duró ni un día, cuando un camión repartidor se atravesó en su lugar, a pesar de la clara señalización. Y por eso decenas, quizás cientos de personas, han muerto en aparatosos choques frente a frente por adelantar contra vía.

Y cuando esa gente que siempre tiene frases para excusar ese comportamiento se queda sin ellas, siempre queda la evasiva desvergonzada: “pura paja, tonterías, allá cada quien si se mata”.

Pero de nuevo: el problema quizás no es que se mate el agresor, el súper macho o el irresponsable que lleva al niño en su moto, sino que además pone en riesgo a otros inocentes. Y de estos casos, abundancia en la historia vial de Costa Rica.

“Como sea, eso nadie podrá cambiarlo”, quizás podrá decir el idiota aquel que contradice a favor de romper las reglas, a pesar de la evidencia. Porque eso es finalmente: una acción sin razones. Es una estupidez humana.

¿Por qué el costarricense prefiere desobedecer las normas? ¿Por qué la persona en las zonas rurales percibe esto como algo común? Quizás volvemos al problema de la educación y los valores.

Si desobedecer es cool, es in, es tuanis o es carga, entonces por qué tiene consecuencias tan terribles. Si se trata de inmadurez, ¿será que se debe aumentar la edad para poder conducir o que las normas deberán estar sujetas a ser probadas con los hechos?

Ya van dos décadas de propuestas, desde las que exigen leyes y penas más fuertes como cárcel y multas elevadas, hasta las que plantean más tiempo de educación vial en los centros educativos y mayores esfuerzos publicitarios para crear consciencia en la población.

Las últimas reformas a la Ley de Tránsito apostaron por el miedo de las penas altas, pero en comunidades como las de Kurnikova y Brayan no hay personal de Tránsito para hacer velar las normas, o la escasez de oficiales personaliza el trato en cada zona, de manera que las ofensas pasan desapercibidas o son omitidas por amistad. Eso sin contar el problema de las mordidas que, aunque ha mermado por las denuncias de video, sigue vigente en escenarios de mayor confianza como las zonas rurales.

Es difícil el debate, pero la mayoría tiene queda claro lo que se requiere: se trata de un cambio cultural, un cambio en la mentalidad de los pueblos -tanto rurales como urbanos- que se dé desde las aulas, pero también en las casas, en las comunidades, en las instituciones. El machismo, por ejemplo, sigue haciendo estragos no solamente contra las mujeres, sino contra la sociedad misma, contra los inocentes de todos los sexos.

Y los cambios culturales empiezan por cada uno, son difíciles y necesitan tiempo…

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