La crisis existencial de Costa Rica

Una profunda crisis existencial: no tenemos a quién creerle, no podemos trazar los valores que realmente nos sustentan y tampoco podemos creer en el futuro, porque no nos sentimos capaces de un mejor futuro…

OPINIÓN. Quizás usted pensará, de entrada, que se trata de una crisis ideológica, pero lo que sucede en Costa Rica es más profundo que un cuerpo de ideas sobre uno o varios temas.

Un ejemplo para entender

Vamos a utilizar hechos concretos para ejemplificar lo que intentamos decir en este discurso. Empecemos con lo más reciente: la aprobación en primer debate de la ley para regular las huelgas.

Durante la discusión en el plenario, el diputado Enrique Sánchez, de manera extraña decía que le preocupaba la polémica moción de Pedro Muñoz -para suspender el pago de salarios a los huelguistas-, pero aún así al final votó a favor del proyecto en su totalidad, aunque la moción de Muñoz fue aprobada.

Su compañera de bancada, Paola Vega -progresista hasta el tuétano como Sánchez-, decidió no votar el proyecto hacia el final. Dijo en su Twitter que después de revisar los estatutos de su partido, del PAC, no podía votar algo así.

Lo anterior, sin duda, nos habla de una crisis de identidad ideológica. Detrás de todo, finalmente la motivación para votar este proyecto fue la indignación ante los abusos con el uso del huelga por parte de los sindicatos de la educación, de la salud y de la ANEP.

En esa misma votación, diputados de los dos partidos evangélicos (Restauración Nacional y Nueva República) se dividieron en su intención de voto, aunque dos tercios de ellos votaron en contra. Un día después, confundidos por lo sucedido en la maratónica sesión del plenario, todos los diputados de Nueva República se unen (junto con Paola Vega y otros diputados opuestos al proyecto) hacen una consulta constitucional al respecto.

Mientras tanto, afuera, los sindicalistas de una izquierda rancia y beligerante, perdían los estribos ante la posibilidad de perder el derecho a montar huelgas abusivas. Uno de esos líderes, Gilberto Cascante, se dejó decir que siempre harán huelgas sean estas legales o ilegales. Adentro, el diputado de izquierda José María Villalta no se encontraba solo de repente en contra del proyecto: los conservadores neopentecostales de repente se convirtieron en los mejores aliados del diputado del Frente Amplio y de los sindicatos de izquierda. ¿Quién entiende eso?

En el PAC no hay definición ideológica, pero el PAC nunca ha tenido una ideología unívoca o hegemónica, así que no es algo nuevo. Pero además decir que la izquierda socialista y sindical se alía con la derecha neopentecostal, pues ahí entonces queda menos claro el panorama.

Pero eso no es todo, ni es el meollo. En las redes sociales y espacios de opinión, por otra parte, los costarricenses no saben qué comentan ni hacia dónde van. Señoras evangélicas bendiciendo y deseándole lo mejor a socialistas que desconocen son ateos y pro-aborto (de lo contrario no lo harían); progresistas pro derechos humanos de acuerdo con cercenar derechos de trabajadores; la derecha empresarial a favor de los derechos humanos o de los grupos minoritarios como la comunidad LGTBi; o incluso socialistas que se dicen defensores del pueblo y de los trabajadores defendiendo con excusas y eufemismos de todo tipo a una élite de empleados públicos que maltrata a las poblaciones más vulnerables del país, a los más pobres que necesitan los servicios esenciales que el Estado brinda a un precio elevado.

Perdimos el pasado

El costarricense no sabe qué quiere creer o qué es lo que realmente cree en este momento. Y entonces aquí es donde viene el gran problema “socio-psicológico” del pueblo costarricense.

Durante muchas décadas, el costarricense se pudo definir a sí mismo por valores que le fueron consistentes y persistentes: la solidaridad, el razonamiento y respeto por el conocimiento y la educación, la honestidad como objetivo de la comunidad, la honorabilidad y la búsqueda de la verdad y “el estar bien”.

Los costarricenses tenían claros sus orgullos principales: el ser felices, buena gente, protectores del ambiente, pacifistas y otros asuntos. Hoy, alguna gente habla de esos orgullos como sinónimos de pendejada y denostan esos valores otrora valiosos.

Y las nuevas generaciones no saben y no entienden de qué va el asunto. No pueden comprender cuál ha sido el orgullo nacional y no pueden menos valorar lo que han recibido gratuitamente y sin ningún sacrificio de su parte. Una buena parte de los educadores de hoy han sido formados en ese contexto o dimensión de lo nacional como algo sin valor, en el que no se puede medir ni apreciar lo fundamental, porque no saben lo que ha costado. Hemos perdido el pasado.

Basta acercarse a los manifestantes en las huelgas y escucharlos furtivamente para darse cuenta que el único fin que persiguen es seguir una supuesta defensa de sus derechos, pero desconocen cuáles son esos derechos y cuál es el tema nacional al que se oponen. Están ahí por apoyar al grupo, porque han sido asustados de lo que podrían perder, e incluso porque se oponen al aborto, por decir algo que no tiene relación con la huelga en la que están.

Quizás usted dirá que en esto nada ha cambiado, pero no es así. Cuando se hacían huelgas antes, hasta los que éramos niños y jóvenes entendíamos cuáles eran realmente las luchas y el porqué de ellas.

Dejamos de pensar en el futuro

Ahora bien, hablemos del futuro. ¿Qué quiere el ciudadano costarricense del futuro de Costa Rica? ¿Lo piensa? Creo que muy pocos. Se percibe en las acciones y los discursos de los actores sociales que las motivaciones son inmediatas, se trata de vivir el momento.

Y nadie cree que Costa Rica pueda lograr el desarrollo, un tema que antes era recurrente, hoy es una palabra hueca. Los funcionarios del Estado solo quieren mantener sus beneficios y no importa nada si el Estado quiebra o si el país tiene futuro. Evidencia clara de eso es que el año pasado se opusieron a un plan fiscal que, de no aprobarse, hubiera comprometido seriamente el pago de sus salarios e incluso de sus propias plazas laborales. Es decir, finalmente el Gobierno y la Asamblea Legislativa le salvaron el trabajo a miles de trabajadores del sector público. La crisis fiscal bien pudo ser un buen pretexto para el recorte del Estado. ¿Pensaron eso los líderes sindicales o en el fondo realmente se creen esas fake news y teorías conspiracionistas que le presentan a la población?

Otra evidencia, en aras del equilibrio, es la actitud empresarial que usa la política para obtener condiciones ventajosas, como reducciones en el pago de impuestos o el grave problema de la evasión y elusión fiscal que, paradójicamente, ahora les costará muchísimo más con el nuevo plan fiscal que apoyaron. Así como los costarricenses estamos pagando más del IVA por servicios, las empresas grandes también lo harán y con la trazabilidad la evasión será muy difícil si Hacienda hace su trabajo. La factura electrónica también ha venido facilitando un cambio cultural en el tema que genera más control, pero además más ingresos.

Agregue al Poder Judicial que solamente aplica la ley para su beneficio propio tan descaradamente que las disertaciones del magistrado Fernando Cruz parecen peroratas angustiosas de un extraviado en su propio ser y en su propia identidad social. Comprensible, decidir para los demás y en beneficio de la gente era fácil desde el estrado, pero aplicar la ley en beneficio propio, “por una división de poderes” absurda como excusa, ya es otra cosa.

Estamos sin ilusión

¿Cómo podemos creerle a gente que dice que trabaja por el pueblo cuando lo único que hace es joder al pueblo, como los casos analizados?

Entonces, debemos preguntarnos: ¿queremos ser desarrollados cuando somos tan egoístas y solamente estamos por defender nuestros intereses, sin ninguna conciencia social y humana? Difícilmente. El éxito de países avanzados pasa necesariamente por el éxito personal de cada uno de sus ciudadanos, si no hay cambios humanos y existenciales, así como culturales, en la población, este país no tiene oportunidad. Ningún gobierno, NINGUNO, de ningún partido, logrará trazar un rumbo hacia el desarrollo.

“Costa Rica ha perdido el rumbo”, escucho por ahí. ¿Pero cuál rumbo, acaso traía uno claro? Lo primero que este país debe hacer es trazar ese rumbo que quiere, pero en este momento a nadie le interesa, porque cada uno está por lo suyo. Como en esos pueblos donde no importa cómo esté el parque (encharralado y criadero de adictos y delincuentes), mientras cada uno dentro de su casa tenga lo que quiere y puede comprar. Costa Rica necesita más de esos pueblos donde el parque está bonito, bien cuidado y limpio, donde los vecinos llegan a hacer mejoras y vigilan entre todos, para el bienestar de todos y de sus niños que son el futuro. Pero hoy no, hoy somos el primer pueblo: el egoísta, el tercermundista y que reúne los peores valores que tenemos.

Y eso deprime, nos tiene en una profunda crisis existencial. No tenemos a quién creerle, no podemos trazar los valores que realmente nos sustentan y tampoco podemos creer en el futuro, porque no nos sentimos capaces de un mejor futuro, y posiblemente no somos capaces si nos comportamos -individual y grupalmente- de esa manera.

¿Qué es hoy Costa Rica? ¿Usted cómo definiría a esta patria extraviada y enredada en sus propios mecates? ¿Cómo lograr que el ánimo se recupere y la credibilidad y legitimidad regresen a quienes trabajan y se empeñan en hacerlo mejor para el futuro, así como poner en cintura a quienes no lo hacen?

Porque no, señores, esto no es culpa del Gobierno, ni de los sindicatos o empresarios, ni de unos y otros partidos políticos, ni de una ideología u otra (derecha o izquierda, comunistas o neoliberales, conservadores o progresistas). Tampoco es culpa de las religiones (católicos o evangélicos) o de los ateos, mucho menos de los extranjeros, gais o feministas o machistas.

La resaca depresiva, existencial, que vivimos, es culpa de cada uno de nosotros, porque perdimos los valores esenciales de la convivencia humana: la honestidad, el respeto al derecho ajeno, la paz como principio de vida, la honorabilidad como satisfacción personal, la solidaridad que nos hace grandes, aquella ilusión de hacerlo bien, entre otros que hemos perdido.

Es nuestra culpa porque vivimos echándole la culpa a los demás sin aportar lo nuestro, porque queremos seguir disfrutando las borracheras sin ganarlas, porque nos hacemos los majes (en buen tico) cuando sabemos que NO nos pertenece la verdad ni la razón. Nos maneja el cinismo y la mediocridad, el pánico a ser corregidos y poder aceptarlo, se nos impone el egoísmo como estilo de vida. Y así solamente podemos recoger los frutos que corresponden a esa actitud, y uno de ellos es esta realidad triste que nos aqueja.

¿Podemos cambiar? Por supuesto. Decía don Ricardo Jiménez que somos como los burros, podemos oler el guindo cuando está más oscuro. O podemos pensar también en los versos de Isaac Felipe Azofeifa: “Nunca se pone tan oscuro como cuando va a amanecer”.

Pero el cambio nos exige, sin más excusas, un cambio cultural profundo, decidido y perseverante, que llevará su tiempo, quizás una nueva generación de ticos, un cambio que sea impulsado a nivel nacional por todas las fuerzas políticas y ciudadanas. Necesitamos la reforma cultural y educativa del pueblo costarricense. Lo demás seguirán siendo parches para sobrevivir.

Foto: Obra Caminante, Fernando Carballo, Museo de Arte Costarricense.

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