Inteligencia artificial, metaversos y demás barullos ◘ Voz Propia

La inteligencia artificial no vino a sustituir el empleo del hombre como muchos pensadores predijeron en los ochentas y noventas…

Comparta en


Inteligencia artificial según Rodolfo Arias Formoso.
Rodolfo Arias Formoso.

OPINIÓN. Por Rodolfo Arias F. Quiero compartir algunas anotaciones con relación a la Inteligencia Artificial, y el tan anticipado impacto que tendrá sobre la estructura de la sociedad, en particular sobre la estructura de división del trabajo. Me mueve la creciente ola de entusiastas comentarios sobre la “deslumbrante transformación” que nuestro mundo está a punto de tener, cuando la IA por fin eclosione.

Es una arribada que viene siendo anticipada por sus feligreses desde 1956, por azar el año en que yo nací y en que esa disciplina recibió su bautizo.

Ya a mediados de los años 80 del siglo pasado -grosso modo hace 40 años- el Dr. Claudio Gutiérrez publicaba una valiosísima antología de artículos llamada “Informática y Sociedad”. Fue el libro de cabecera del curso homónimo, el cual él me “heredó” cuando partió a Delaware -hacia el año 88- a dirigir el Departamento de Computación de aquella universidad.

Pues bien, uno de los artículos de la antología que más polémica e investigación nos generaba se llama “La inteligencia artificial, el empleo y el ingreso”, escrito por Nils Nilsson, AI Magazine, 1984. En este ensayo seminal, el autor ya advertía sobre la inminente necesidad de desvincular empleo e ingreso, ya que la riqueza sería “pronto” generada por las computadoras (robots, sistemas) y no por el trabajo humano. La “pifia histórica” de Nilsson es evidente: la gente sigue ganando por su trabajo, y las computadoras no. Y en ninguna parte del mundo se ha establecido mecanismo alguno para redistribuir socialmente la riqueza generada por las máquinas.

Con todo, se sigue insistiendo en que la IA tendrá “ya ahorita” un enorme impacto sobre el empleo. Mi estimado amigo Luis Diego Soto lo dice así en su muro, copio textual: “La I.A. pronto transformará nuestras vidas de una forma nunca vista, sustituyendo millones de empleos que actualmente hacemos los humanos en casi todas las áreas imaginables”.

En la mente de Nilsson, una fecha tan lejana como el 2022 correspondería a un mundo por completo automatizado, informatizado y robotizado (son tres cosas distintas), donde una inmensa mayoría de las personas se dedicaría al “dolce fare niente” tan apreciado por los italianos, o bien al arte, al deporte, o a la ciencia, por citar algunas opciones.

No sólo no pasó nada de eso, sino que el índice de desempleo sigue siendo un indicador macroeconómico crucial. Sí vemos casos donde la jornada laboral se ha reducido un tanto (la Europa del norte, rica y eficiente), pero ocurre lo opuesto en economías como la japonesa o la norteamericana, donde el total de horas dedicadas al trabajo es de extrema crueldad (al sumar las horas escritorio y las horas de traslado), y constituye una de las razones primarias de que las enfermedades mentales hoy día sean las que más costo generan en servicios de salud, superando a las cardíacas o a las oncológicas.

En resumen: no sólo no ha habido sustitución de trabajos (máquinas reemplazando personas), sino que el trabajo está -literalmente- volviendo locos a muchos millones de seres humanos.

Lo anterior conecta con otro tema de gran relevancia en la actualidad: el traslado del trabajo al hogar, en la modalidad así llamada “tele-trabajo”. Ya en 1982, William Renfro (1945-, reconocido “futurólogo”) en el artículo “Reflexiones sobre el traslado de la oficina al hogar”, publicado en “The Futurist”, e incluido también en la referida antología, razonaba en torno a los pros y contras del fenómeno. Y es interesante regresar al debate, porque la pandemia de Covid19 lo puso plenamente sobre el tapete.

La destrucción (o lesión severa) del tejido social que se genera en los ambientes laborales (muchos matrimonios o amistades importantes surgen ahí, por ejemplo), el bloqueo al crecimiento profesional que la competencia induce, y ante todo la pérdida del aprendizaje que se produce con el trabajo colaborativo PRESENCIAL (las mayúsculas van a propósito), son sólo algunas de las aristas a considerar. Otras, no menores, se refieren al impacto que tiene la pérdida de la privacidad y de los rituales internos del hogar, por ejemplo en el ejercicio de la paternidad/maternidad.

En suma: no sólo no ha ocurrido el tan cacareado reemplazo laboral que anunciaron pensadores como Nilsson (y que siguen anunciando los entusiastas de la IA), sino que, por añadidura, la modificación de los ambientes laborales (intensificación, especialización, virtualización) no los hace más confortables, retributivos, y sanos psicológicamente.

La pregunta de fondo queda, sin embargo, flotando: ¿por qué somos insustituibles las personas?

La respuesta es muy larga, pero puede empezarse con afirmaciones breves: las máquinas no nos han reemplazado porque no saben hacer lo que a nosotros nos resulta natural. Una máquina jamás entenderá el concepto “pizca de sal”, o “pimienta al gusto”. Es más, un robot todavía es incapaz de partir un huevo. A ver: podría partir uno, calibrándolo para un huevo de una cierta dureza de cáscara, pero a las bandidas gallinas les da por poner huevos que a veces son más duros y a veces más frágiles.

A nosotros nos basta con “sentir” el huevo entre los dedos, y “calculamos” qué tan duro golpearlo contra el borde del comal para abrirlo y echarlo sin que se le reviente la yema. Un robot no puede. Y sería peor la catástrofe si uno le dijera “a mí me gustan los huevos fritos con la yema suave, pero con el borde de la clara doradito”.

Cada cocinero de huevos fritos va aprendiendo por sí solo a graduar la cocina para que el huevo se tueste a gusto del cliente (otros lo pedirán que quede “bien blanquito”, pero con la yema “bastante cocinada aunque sin que se endurezca”), para darle vuelta en el momento justo (manipulando la espátula con una habilidad que los robots sólo tendrían para un tipo muy específico de espátula… uno les pone en el garfio otra espátula y todo se jode), y así sucesivamente.

O sea, si somos insustituibles como criaturas capaces de hacer huevos fritos, ¡qué infinitud de cosas seguirán siendo resorte exclusivo de nuestra mente!

Ello, claro está, sin incorporar el ángulo ya meramente emocional, afectivo, que nutre la inmensa mayoría de nuestras acciones. Una y otra vez querríamos ver a una persona querida (el esposo, la abuelita, la hija menor) luciéndose en la cocina con un buen par de huevos fritos y unas rodajitas de tocineta (“que quede crujiente pero sin que se te queme, mi amor”), servidas con gracia y buen humor en nuestro plato preferido.

Una y otra vez, el reemplazo de ese momento familiar por la presencia de un chunche de brazos que crujen -y que no deja igual de bien la comida- nos generará desde frustración hasta nostalgia.

El problema, gracias al cielo, no es sólo interhumano. El problema duro y puro es que un robot aún no es capaz de entender “una pizca”, “bien tostadito” (¿por qué con diminutivo?), o “bastante maduro”, ni podrá hacerlo nunca. No, porque carece de la sustancia primaria para ello: conciencia. Del mismo modo en que no puede hacerse chocolate sin cacao, no pueden llevarse a cabo la inmensa mayoría de las cosas que hacemos sin tener conciencia.

Es decir, sin ese flujo mágico, inexplicable, continuo, integrado, irrenunciable, que se enseñorea con nuestra vida, desde el momento en que despertamos hasta el momento en que nos volvemos a dormir.

Al respecto, y para concluir con esta reflexión, el conocido autor inglés Adrian Berry (cuarto Vizconde de Camrose, por cosas de la vida) señaló, con flema y fisga, que “inteligencia artificial” es un concepto mal formulado, porque no tiene artificio. Y estaba en lo cierto: la así llamada IA lo que tiene es capacidad algorítmica.

No quiero con esto demeritar a los procesadores de algoritmos, desde mi licuadora hasta mi celular, pasando por supuesto por los servidores, routers y demás aparatos que harán posible que algunas personas lean estas palabras. Todo eso es asombroso en grado superlativo.

Pero un “artificio” (doy la definición de diccionario: “arte, primor, ingenio o habilidad con que está hecho algo. Predominio de la elaboración artística sobre la naturalidad. Disimulo, cautela, doblez”. Tomado de la RAE) es una manifestación única y exclusiva de la mente humana.

Ergo, la única inteligencia artificial (o artificiosa, convengamos) es la que NOSOTROS tenemos. Y es por eso que los CHUNCHES están ahí, “ayudándonos”. Corrijo: no sólo nos ayudan. En buena medida están torturándonos, volviéndonos locos, haciendo que el mundo real (el de los árboles que en este instante asoman a mi ventana, el de los pájaros que cantan en ellos) termine por ser un estorbo para muchos “zombis celuláricos” que entre tanto deambulan por aceras y pasillos. Ellos, por cierto, también tendrán que ganarse la vida trabajando. ¡Ellos, trabajando ellos!


*Rodolfo Arias Formoso. Reconocido escritor, ajedrecista e informático que ha ganado varios premios nacionales en literatura y tiene reconocimientos como consultor en su profesión. Profesor universitario pensionado. Su obra literaria es extensa y de gran calidad.

Comparta en


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.