Gracias Sagot por darnos tantas razones que defender

Geovanny Jiménez S. No recuerdo alguien que haya sido insultado y ridiculizado tanto, de tantas maneras, y en tan poco tiempo, como le ha sucedido a Jacques Sagot a raíz de su iracundo y rencoroso artículo del pasado sábado 11 de marzo en La Nación.

Usualmente cuando alguien se vuelve viral y “tema nacional”, como Sagot, siempre surgen quienes apoyan al polémico que se atreve a decir cosas que resultan ofensivas para la mayoría, pero las dice. Y sí, incluso Sagot tiene a más de uno apoyándolo. Pero en este caso, ha sido masivo el rechazo a quien se cree “pianista colosal, titánico virtuoso y mago de la palabra” (La Nación, Proa, 25 de marzo del 2007).

Así se manifiesta al dialéctica popular: cada tesis producirá su antítesis y uno podría pensar que finalmente nazca una síntesis. Pero en el caso de Sagot -en buen popular-, su texto no pudo ocultar ese tufo de rencor y desprecio que se desprende no solamente de la arrogancia y la soberbia, sino de una especie de condición extrema que nos sugiere alguna afectación psicológica.

En el fondo los intelectuales de este país somos críticos del ser costarricense, de sus repetidas expresiones de insensatez y afines. Y los mismos costarricenses terminamos por aceptar nuestros problemas en algún momento. Sin embargo, Sagot sobrepasó su verborragia usual en esta ocasión. Quiso maltratar al Presidente Luis Guillermo Solís, pero lo quiso hacer hablando mal de la Costa Rica que, curiosamente, su propio partido (PLN) construyó durante décadas. No solamente cayó en una contradicción abisal, sino que maltrató el amor propio del costarricense de manera innecesaria; en lugar de dañar al Presidente logró que la gente se pusiera de su lado. Es como aquel enemigo que trata de maltratarte hablando mal de tus amigos, lo único que hace es fortalecerte.

Sagot se ha convertido -con solo dar un vistazo en las redes sociales- en un nuevo huracán Otto: quiso dañar al Gobierno maltratando al país, pero se convirtió en su mejor publicista. Y el país en su mayoría ha levantado la voz para decirle a Sagot que no está dispuesto a tolerar exabruptos soberbios de alguien que se cree superior, aunque tal vez sí de alguien que pueda demostrar ser superior, y en el costarricense para lograr eso se requiere una buena cuota de humildad e inteligencia. Y de esas dos el pianista no ha demostrado mucho.

De repente, en esta coyuntura, el costarricense ha demostrado tener capacidad para defenderse en bloque contra quien quiere hacerle daño. Pero además ha demostrado algo que quizás es novedoso: su capacidad para saber quién hace, quien construye y quien se esfuerza, más allá de quien habla desde las bilis maltratando a quienes hacen, con el propósito de sentirse virtuoso con el desprecio a los otros. Sagot ha logrado que los costarricenses retomen virtudes escondidas que quizás llevan en sus genes.

Y el costarricense ya se dio cuenta que hablar de lo negativo, de lo que está mal, sin el balance justo, siempre será más fácil para quienes no saben construir.

La defensa de Costa Rica no es la defensa por chauvinismo o un falso nacionalismo, es la defensa por preservar y fortalecer lo bueno ante quienes solamente saben mirar lo malo. Es tener presente que a pesar de que sabemos ver nuestros problemas, nunca podemos dejar de tener presente nuestros impresionantes logros, motivos de admiración en todo el mundo.

Y esta coyuntura él quizás nos ha enseñado cómo hacer que una gran cantidad de gente reaccione en defensa de lo que le importa. Unos reaccionaron por amor patrio, otros por defender al presidente Solís, hubo quienes se sintieron ofendidos por ego propio, quienes defienden la humildad como motor de vida, quienes lograron percibir el cúmulo de errores y odios en cada frase del artículo, y algunos incluso se molestaron por todos sus escritos anteriores, es decir, por el cúmulo de palabras que han venido alimentando el rechazo popular. Entre otras cosas…

Gracias Jacques Sagot por lograrlo. Pocas veces vemos a este pueblo tan lúcido y unido por tantas razones valiosas.

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