El Frente Amplio y la necesidad de la izquierda ◘ Opinión

Hoy miro con desolación el rumbo que el FA ha tomado: se reduce cada vez más, quedándose sin lo amplio y perdiendo lo de frente.

OPINIÓN. Por Rodolfo Arias Formoso. En un mundo donde los 22 hombres más ricos del planeta tienen más dinero que todas las mujeres de África juntas, es necesaria la izquierda.

Rodolfo Arias Formoso

En un mundo hegemonizado por el mercado global y la tiranía de los capitales transnacionales, es necesaria la izquierda.

En un mundo donde se ha desbocado el imperialismo norteamericano –en primer término, pero el europeo y el asiático también cuentan–, es necesaria la izquierda.

En un mundo cuyos climas y ecosistemas están siendo destrozados por la voracidad de la sociedad de consumo, es necesaria la izquierda.

En un mundo donde, por desesperación, muchos buscan refugio en el fundamentalismo ultra conservador, es necesaria la izquierda.

En un mundo donde el quid pro quo trivializa el arte, y hasta lo vuelve superfluo, es necesaria la izquierda.

En breve: la izquierda es necesaria, urgente. Tiene una agenda amplia que se renueva sin cesar, tiene plena vigencia en todas partes.

¿Izquierda?
Acepto: es una denominación que ya tiene muchas canas.

Pero la adopto a falta de otra más clara, que señale con más vigor y precisión el objeto de estas líneas.

Dejé por fuera, a propósito, una razón crucial de la necesidad de la izquierda: sin ella la democracia no sirve.

La izquierda debe ser justamente eso: en el tradicional gráfico que se hace de los hemiciclos legislativos ha de haber a la izquierda una bancada numerosa y con importante poder político.

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La izquierda es una pieza indispensable, es un actor cuya ausencia lesiona el reparto, hace renquear la escena.

Pero si la izquierda deja de creer en el juego libre de las ideas, en la confrontación y mixtura permanentes, y decide que sólo ella tiene derecho a existir y detentar el poder –caso de Venezuela– ya no es izquierda.

Se vuelve totalitarismo, monolito, se entroniza en medio de corrupciones e ineficiencias que crecen en paralelo con el endurecimiento de los mecanismos de represión.

Es la izquierda que –también a falta de mejores calificativos– yo llamo izquierda estalinista.

Se caracteriza por tres axiomas. El primero: posee la solución a todo. Segundo: el que disienta está equivocado. Tercero: si algo sale mal es culpa del imperialismo yanqui.

En la tercera petición de principio se articula el discurso de la izquierda estalinista que aún refleja la lógica de la guerra fría.

Por ejemplo:
Ser de izquierda es BUENO porque se enfrenta al imperialismo. Estar en contra del imperialismo es BUENO porque la protesta antecede la insurrección, que antecede a la revolución. Y toda revolución es BUENA si lucha contra los privilegios de clase.

Corolarios: hay que apoyar a Chávez y a Maduro (aunque en un país con inmensos yacimientos de petróleo ya no haya gasolina) porque van CONTRA el imperio. No hay que decir nada contra el tiranuelo gordito de Corea del Norte, porque va CONTRA el imperio. NADA BUENO está haciendo Almagro, porque se pliega al imperio. Y así sucesivamente.

Y bueno: ¿qué le ocurre a la izquierda estalinista? Tiene menos credibilidad que un astrólogo. Ha ocasionado más calamidades que las veleidades de la atmósfera y de las placas tectónicas juntas. Se ha ido convirtiendo en una pieza de museo; su obsoleta esencia no le impide sin embargo hacer mucho ruido y seguir jalándose tortas.

Ahora sí: aterrizo en Costa Rica.

¿Es necesaria aquí la izquierda? ¡Por supuesto, como en todas partes!

¡Incluso en Estados Unidos, donde decirse socialista equivale a decirse gay o ateo aquí, la izquierda crece con Bernie Sanders!

Es más: en Costa Rica la presencia de una izquierda fuerte y exitosa es de obligación impostergable. Tiquicia ha virado hacia la derecha, con violencia.

Nuestro neoliberalismo, por sobre todas las cosas, exhibe una virulencia que sólo desde una resistencia popular organizada en torno a un planteo de izquierda puede contenerse. Sin despiches, claro está.

Se podría afirmar que en un país como el nuestro, con un alto nivel educativo –según los estándares de la región–, con una democracia estable y con un espíritu civilista consolidado, la izquierda ya debería ser un jugador importante en la escena política.

¡Y no! ¡Nada que ver!

De los partidos de izquierda nacionales, el único que de algún modo ha ido resistiendo el paso del tiempo es el FA, Frente Amplio.

Hace seis años, sorprendió al pasar de mirrusca a movimiento de masas. Una excelente candidatura de José María Villalta se tradujo en casi 400.000 votos para presidente, rondando el 18%.

A la par, una cosecha de casi un 14% para diputados dio pie a una bancada de 9 parlamentarios.

Yo creí que nuestra democracia había por fin dado ese paso clave: contar con una izquierda que articulara el contrapeso al discurso neoliberal imperante.

Y hoy miro con desolación el rumbo que el FA ha tomado: se reduce cada vez más, quedándose sin lo amplio y perdiendo lo de frente.

De esos 17% y 13% del 2014 pasó a un 4% en las elecciones municipales del 2016 (sólo dos años bastaron para que el mal desempeño de sus diputados y munícipes lo erosionara con tanta drasticidad), y de ahí pasó a un 1% y un 3% en las elecciones del 2018, para tocar el fondo del precipicio con el resultado de ayer: un 2% de los votos emitidos en todo el país, y la pérdida de la única alcaldía que poseía el FA, en Barva.

Se sabe que en las elecciones municipales vota poca gente. Esto debería favorecer a un partido cuya base es militante, cuyos adeptos están ahí por convicciones más firmes, claras y decisivas.

¡Y no! ¡No queda casi nadie!

La catástrofe tiene que tener explicaciones; yo apunto, de momento, dos:

Primero: el año pasado el FA apoyó acríticamente los movimientos gremiales contra el plan fiscal. Fueron huelgas de pésima planificación, pésima ejecución, pésimos resultados.

Le hicieron un gran daño al pueblo, a la gente que en principio debería ser la preocupación primordial de la izquierda. Miles de niños sin comedor escolar, de enfermos sin atender en la Caja, de personas que no pudieron ir al trabajo, de gentes de campo, ahora dedicados a recibir turistas, sin clientes.

Esas huelgas, que degeneraron en crueles bloqueos de carreteras, terminaron siendo odiadas por la gran mayoría de los costarricenses, mientras el FA seguía incólume, apoyándolas.

Segundo: se ha venido debilitando el buen momento de que gozó la izquierda en tiempos recientes, con acceso al poder en Ecuador, Venezuela, El Salvador, Uruguay, Bolivia, Nicaragua, Brasil y Argentina. Cuba no cuenta, con sus sesenta años de soledad.

El pulso lo está ganando “el imperio”. Ya no hay gobierno de izquierda en Uruguay, ni en Ecuador, ni en Bolivia, ni en El Salvador, ni en Brasil. Argentina vuelve temblorosamente al “kirchnerismo”, sea lo que esto sea. Nicaragua sigue dando lástima, con la camarilla de Chayo y Daniel. Venezuela es algo indescriptible. Crueldad sobre injusticia sobre obcecación sobre violencia sobre imposibilidad.

Un contador público autorizado, que tenía su buena oficina allá en Caracas, me cortó el cabello en “Planet Hair” en la Calle de la Amargura hace pocos días. Me dijo que había aprendido a marchas forzadas a peluquear, y cualquier otra cosa que le representara algún ingreso.

“Lo único bueno”, agregó con sorna, “es que de tanto sufrimiento me estoy terminando de quedar calvo y no tengo que cortarme el cabello a mí mismo”. Yo pensé en la paradoja de Russell, pero no se la expliqué.

¿Y qué? Nada, que el FA no lee adecuadamente el panorama regional.

Siguen sus dirigentes sosteniendo que Venezuela requiere apoyo en su lucha contra el bloqueo norteamericano, que pobrecito Evo, víctima de un golpe fascista, que Daniel le ayuda a los más pobres.

Ahí están sus escombros. Un 2% ayer. Y una desolación que me entristece, a la izquierda de todo este festín de desigualdad, exclusión, conservadurismo, patriarcado, fanatismo religioso, que parece eternizarse en mi país.

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