La economía naranja no es la vía costarricense para la cultura

Con números concretos y explicaciones necesarias, en este artículo se desarrolla por qué la visión ideológica que se impone en la actual administración del Ministerio de Cultura y Juventud NO es la vía costarricense y produce grandes daños a sectores del arte y la cultura.

Foto: Óscar Monge. Amón cultural 2017.

¡Se puso de moda la economía naranja en la cultura! Y un entusiasmo cazurro, muy a la tica, pulula por ahí en los sectores comerciales de la cultura, y es comprensible, pero mucho cuidado.

El presidente electo, Carlos Alvarado Quesada, casi que desde el principio de su campaña habló entusiasta de la economía naranja y, en el fondo, todos sabíamos que ya tenía “compadre hablado” con la ministra Sylvie Durán para su reelección, el único ministerio que logró esa condición, por cierto. Y ese respaldo en el marco del impulso de esa consabida “economía naranja. ¿Pero eso con qué se come? Veamos.

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Economía naranja es –a grosso modo– la economía de la cultura, la preeminencia de la economía en la cultura y la necesidad, por ello, de medir (cuantificar) a la cultura en términos económicos y comerciales (para eso se inventaron las llamadas cuentas satélite). Es el predominio de lo comercial en la cultura, con la esperanza de producir mejores condiciones de vida a los cultores, pero dejando de lado aspectos cualitativos que en Costa Rica siempre hemos considerado importantes de la cultura. Por ejemplo, hay cultura que puede no ser económicamente rentable, pero sí muy valiosa para la conformación social y humana de un país. En breve explicaremos estos con datos.

Muchos definen a la economía naranja como neoliberal por el predominio de lo capitalista-comercial sobre lo cultural y social. Y es, además, un modelo importado, no costarricense (nos viene por influencia colombiana en el MCJ). En este punto podríamos decir que el otrora modelo costarricense de cultura tan valioso ha sido desplazado; hablamos del modelo que desarrollaba el teatro con obras nacionales y las impulsaba para recorrer el país, de las editoriales que llevaban sus libros de autores costarricenses hasta el último pueblo olvidado, de las exhibiciones itinerantes que se mostraban en centros educativos, del subsidio y real financiamiento de las artes y la cultura que no es comercialmente viable al estilo del show business actual y de su real proyección televisiva y presencial en las comunidades. Hoy eso se realiza de manera simbólica, para decir que se hace, y porque ya la institucionalidad está ahí creada, aunque inerte.

Hoy el Ministerio de Cultura y Juventud (MCJ) se ha reducido a la imagen que logre tener con la producción del Festival de las Artes. Pero el presupuesto del conocido “FIA” es de entre 1.000 y 1.400 millones de colones, mientras toda la capacidad instalada del MCJ con su enramado de entidades adscritas, supera los 42.000 millones de colones. Es decir, esta visión de la cultura reducida a las producciones mira solamente el uso de un 3% del presupuesto anual de ese ministerio (el segundo más pobre de los presupuestos de los últimos gobiernos, compartiendo “honores” con el MAG). Y esto que expongo se da precisamente por esa visión de que solamente es importante el espectáculo de masas, lo que es mediáticamente importante para la administración y el Gobierno del momento.

Mientras tanto, el otro 97% de la inversión del Estado en cultura funciona en estado de inercia, con el empuje que alguna vez tuvo y ahora apenas puede sostener. Entidades como el Museo Nacional, el Museo de Arte Costarricense, el Teatro Nacional, el Teatro Melico Salazar (y sus compañías y talleres de teatro y danza adscritos), los teatros del MCJ, el Sinem, las bandas, el Centro de Patrimonio, el Sistema Nacional de Bibliotecas, entre otras, trabajan con personal y presupuesto instalado -casi fijo- haciendo básicamente lo mismo año tras año. Entonces uno resiente que estas valiosas instituciones, con un eventual respaldo y apoyo real del despacho ministerial, no estén aprovechando su capacidad instalada -con valiosas muestras nacionales que podemos apreciar- para llevarlas a mayores cantidades de público, empezando por los cientos de miles de estudiantes en todos los niveles que tiene el país (y no hablamos de las visitas esporádicas que hoy se dan). Pero claro, dirán, es que no hay presupuesto: la plata es para un FIA que dura 10 días y solo dejó memorias en unos cientos o miles de personas amantes de las escenas y la música popular. Porque, además, producto de esa visión de naranja ácida que tenemos, resulta que ahora el FIA solo es un festival de artes escénicas y, como ya hemos explicado extensamente en otros artículos, se excluyen sistemáticamente manifestaciones como las artes visuales y las literarias (no volvió a darse una feria librera en el marco de este festival).

Entonces, ¿qué realmente pasa con las artes y la cultura costarricenses en la vía costarricense? No son importantes para la figuración. Tanto así que la misma medición que realiza el MCJ del valor que aporta la cultura al PIB de Costa Rica ha sido sesgada artificiosamente para dar una falsa impresión de prosperidad cultural que no existe.

Me explico: En la administración del entonces ministro Manuel Obregón se creó en el despacho del ministro un departamento de “economía cultural” o algo similar con todo y plazas. Su objetivo ha sido medir lo que la cultura aporta al PIB -además de realizar la encuesta nacional de cultura y otras labores- y según sus datos de 2012 se trata del 2,2%.

Entonces redoblaron las campanas de felicidad cuando según ellos eso supera al 1,9% del sector hotelero y del 1.6% del sector informático. Pero la cosa no es así, seamos francos. Resulta que de ese 2,2%, el 38% corresponde al sector de la publicidad y el 25% al sector audiovisual (que tiene relación estrecha con la publicidad, con el cine y otros sectores).

En total un 63% que se refiere a la industria publicitaria, que aunque tiene relación con el arte y la cultura, no se liga al MCJ ni se visualiza a sí misma como parte del sector cultura. Pero claro, usted dirá que la publicidad, como la televisión, es parte de la cultura. Indudablemente, porque entonces ¿qué no es parte de la cultura? Añeja discusión que no viene al caso.

El punto es que el MCJ hace esta medición para poder justificar mayor presupuesto del Estado, pero lo cierto es que ese ministerio no administra ni impulsa ni dirige nada de la publicidad. En realidad se trata del 0.81% del PIB lo que producirían las artes y la cultura.

Pero ojo qué interesante: resulta además que el 15% de ese 2.2% se trata del subsector educación cultural y artística, es decir, de lo que producen universidades y otras instituciones educativas en carreras consideradas del sector (supongo que incluso carreras de publicidad), es decir, que perfectamente podríamos considerar este aporte al PIB de la educación, aunque comparta con cultura; como igual la educación podría compartir con sectores de turismo, administración, etc.

Así las cosas, esos aportes terminan siendo relativos, porque si además restamos ese porcentaje que le corresponde al sector educativo, quedaría finalmente en un 0,48% del PIB.

Hay sectores del MCJ, como el de patrimonio -que maneja cerca de la mitad del presupuesto de esa cartera ministerial-, que realizan una fuerte inversión en restauración arquitectónica, pero que también podrían ser cuantificados como parte de la construcción.

También mucho de los que generan nuestras comunidades indígenas en el campo de la artesanía y el turismo, que también puede cuantificarse, pero cuyo valor real va más allá de lo que aporta a la dinámica económica o comercial, valor que tiene que ver con la conservación de la historia y ser de una nación.

Pues bueno, resulta que además en muchos de los números dados del aporte artístico y cultural a la economía, se incluyen espectáculos como los conciertos y el cine (de origen foráneo), es decir, no necesariamente se mide el aporte costarricense. Por ejemplo, no se resaltan usualmente los datos -en franco descenso- del teatro costarricense “hecho en casa”, y en el sector editorial se incluyen revistas y periódicos de uso diario en el medio, donde ni el MCJ ni las editoriales costarricenses participan, entre otros ejemplos.

En conclusión, termina resultando absurdo medir el aporte del arte y la cultura al PIB del país porque la cultura no se mide o cuantifica solamente, sino que principalmente se difunde, se valora y se disfruta dentro del marco de convertirse en un movilizador social; es decir, se cualifica como generador de espacios y oportunidades de enriquecimiento para la gente de manera inclusiva, democrática y abierta.

Y la economía naranja no comprende bien esto. La economía naranja no entiende, por ejemplo, la importancia de tener un espacio de exhibición y venta de libros en el marco del Festival de las Artes, o en el finado “Enamorate de tu ciudad” -que fue liquidado por esta administración de Sylvie Durán- o en cualquier producción multidisciplinaria que se realice.

La economía naranja no entiende de la importancia de las artes “sin show business“, como la plástica, la escultura o los libros para cientos de personas en riesgo social, tampoco entiende sobre la importancia de la conservación del patrimonio para la preservación de la identidad de un país, porque eso no es comercialmente viable. La vía costarricense sí lo comprende.

¿Cuál es esa vía costarricense? Se trata de una visión de cultura que no deje de impulsar las escenas y el espectáculo como parte de diversidad cultural costarricense, pero que no pierda de vista la importancia de la inclusión, de la participación democrática en los beneficios de la cultura (asunto dudoso en los últimos años donde se perciben solo algunos grupos beneficiados de la inversión estatal) y que valore a la cultura como un movilizador social desde el aporte y apoyo a la producción nacional por encima de lo importado.

Y no se trata aquí de falsos chauvinismos o nacionalismos, se trata de entender que si no se invierte en producción, investigación y creación de lo nuestro, y no se apoya en sus difusión (aspecto relegado este para darle campo al espectáculo mediático), la cultura de un país no crecerá (ni sus artistas) y terminará por convertirse en un rejuntado de enajenaciones para beneficiar grupos de interés, como productoras privadas o la televisión de mala calidad que ya nos invade.

La vía costarricense es la Compañía Nacional de Teatro llevando puestas en escena a teatro de todo el país. Es la creación de un gran calendario interactivo de actividades por cantones (una app) donde los ticos podamos consultar al momento qué sucede en el arte y la cultura cercana, entre muchas otras propuestas que han sido planteadas en diferentes espacios por gente interesada en la cultura desde lo costarricense.

También la vía costarricense es la inclusión, la democracia cultural, la no discriminación, el acuerdo y el respecto a los derechos culturales y constitucionales de las personas creadores de arte y cultura. Y así no ha sido.

Sin embargo, la economía naranja no es la vía costarricense, porque es previsible que seguirá en esa línea de evaluar o calificar la labor de un ministro o el desempeño de una institución basándose en números manipulables, o en resultados cuantificables que sumen la cantidad de personas que un acto genere, dejando de lado las “artes no masivas” que también pueden crecer, mejorar y calar en la gran diversidad de personas que existen. Porque eso somos: un conglomerado de diversidades que nos enriquecen. Y eso, en Costa Rica, cada día lo tenemos más claro.

Y paradójicamente la agenda política del Gobierno así lo ha planteado con creces, excepto con esta propuesta cultural vestida de anaranjado. Pero también entendemos que la cultura sigue siendo vista como un asunto de imagen para los gobiernos, un tema para mantener esa imagen, y si se invierte en lo visible masivamente, pues mejor en ese propósito.

Quizás deberíamos construir una economía azul-naranja para la cultura.

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