Cuento: “Arriba en la lomita”, Roy Peytrequín

—¡Auxilio, ayúdenme!, dos hombres se están llevando a Javier. Aquel intenso y lastimero grito, inevitablemente me obligó a despertar. Atarantado, en un inicio no supe cómo reaccionar, ni en dónde me encontraba. Pronto me acordé que era Semana Santa y estaba paseando en río Cuarto de Grecia, en casa de los padrinos de mi esposa. Por lo tanto ese chillido probablemente sería de madrina Flora.

Al instante salí a ver qué sucedía. Flora permanecía de pie frente a su casa, su respiración se escuchaba muy agitada; apenas llegué puso una mano en mi hombro y con la otra señaló al frente, mientras con dificultad reveló:

—¡Ay Luis!, mire allá. Javier encontró a esos muchachos metidos en la bodega, entre los dos lo golpearon y se lo llevaron inconsciente a la lechería.

Efectivamente reconocí a Javier, quien alzado en hombros estaba siendo involuntariamente introducido en aquel viejo galerón, ubicado arriba de una pequeña loma, que se encontraba a unos doscientos metros de la calle principal.

De inmediato recordé que unas cuantas horas atrás había llamado mi atención el hecho de que, mientras desaparecía la luz natural, aquel lugar que de día se mostraba tan hermoso, con esa callecita de tierra al centro y verdes pastizales a ambos lados, en la noche se transformara completamente en un sitio lúgubre; principalmente por culpa de la tenue luz externa reflejada por una lámpara de mercurio, que junto a los grises en las paredes y oscuro del interior del galerón, irremediablemente evocaban en mi mente las imágenes de las películas al estilo Alfred Hitchcock.

Hasta quise inventar una historia de miedo, pero mi esposa me detuvo de sopetón, alegando que eso no la dejaría dormir con tranquilidad.

Con todo el miedo del mundo subí la calle. Sigilosamente me fui introduciendo en el oscuro cobertizo, al final divisé un cuartucho de donde salía una débil claridad. Llegado al umbral, escuché el molesto ruido provocado por alguna máquina que no reconocí, cuando traté de observar lo que ocurría adentro sentí un recio golpe en mi nuca; no me desmayé, pero tampoco pude intentar defenderme. Un tipo alto y robusto me introdujo al interior, arrojándome violentamente encima de una camucha hecha de tablones. Junto a mí, en las mismas condiciones estaba tirado sobre otro camastro, padrino Javier.

Con horror, comprobé entonces el origen del ruido: los dos sujetos habían quitado los chupones de las mangueras a las máquinas de ordeño, introduciéndolas sádicamente en los orificios de la nariz de Javier. Por esas mangueras transparentes se veía pasar constantemente un líquido color rojizo, transformándose a veces en matices amarillentos y grisáceos. En el rostro de padrino, con pesar distinguí el característico tono pálido de la muerte.

Mi desesperación llegó al límite, pues advertí a uno de los individuos a punto de hacer lo mismo conmigo. Sin miramiento introdujo en mi nariz la primera manguera y justo en ese instante distinguí asomándose en la entrada el espantado rostro de mi esposa, quien sin ningún cuidado y con desesperación empezó a clamar:

—¡Luis, Luis, Luis! –primero la escuché como a la distancia, luego más claramente; de inmediato logré sentir que alguien se esmeraba moviendo enérgicamente mis hombros.

Me desperté sobresaltado, sudando frío y con el corazón palpitante.

—Luis, despabílese, desde hace rato está hablando y quejándose dormido. Fijo, tuvo una pesadilla –dijo un tanto preocupada.

—¡Uy negra! Viera que feo lo que soñé. Por suerte usted me salvó –contesté con ahogo, entrecortadamente.

—Ve lo que le pasa, por estar molestando con esas tonterías de las historias de miedo –me regañó.

—¡Ah! Eso fue pura casualidad –respondí como excusa, aunque sin creérmelo del todo.

—¡Pura casualidad! “Aténgase al santo y no le rece”.

—¡Auxilio, ayúdenme! –escuchamos sorpresivamente.

Perfectamente distinguí la voz de madrina Flora. “Hijo’e la santa –pensé–, se hizo realidad la pesadilla”.

Muy turbado salté de la cama, mientras corría iba dibujando en mi mente la repetida escena que me encontraría, con Madrina frente a su casa chillando por la suerte de padrino Javier. Sin embargo mi carrera finalizó en la cocina, ahí estaba Flora subida sobre el desayunador voceando:

—Chuchú… chuchú… chuchú –mientras miraba al suelo.

—¿Chuchú qué? –le pregunté confundido, viendo en la misma dirección.

—¡Un ratón!, ¡un ratón! Qué asco, me pasó por encima del pie –pronunció con cara de repulsión.

—Tanto alboroto por un simple ratoncillo –traté de tranquilizarla.

—Usted no sabe el odio que les tengo. Si no lo encuentran y lo matan, no me bajo de aquí –sentenció.

—¡Que belleza!, no hay que ser muy inteligente para intuir que ese: “lo encuentran y lo matan”, me va a tocar a mí –le respondí con una mueca de indignación.

Irremediablemente así fue. Mi esposa apenas apareció y se enteró de lo que sucedía, se devolvió y encerró en el cuarto. A Javier por su lado, nada lo despertó; ni los fuertes escobazos que mandé por todas partes, incluido a ese feo y viejo jarrón de yeso que quebré, y de por sí, ya estaba fuera de moda. Cuarenta minutos después, y de pura chiripa, logré por fin darle a aquel escurridizo animal. Me tuve que hacer el valiente cuando lo cogí de la cola para arrojarlo al montazal.

Cuando regresé al cuarto me recosté y mientras esperaba el reconocimiento y la admiración de mi esposa, lo que recibí fue un inmerecido regaño:

—Debería tener más consideración. Con ese escándalo no lo deja a uno dormir.

—Y a esta loca, mal agradecida ¿qué la picó? Debería más bien gratificarme y aprovechar la desvelada con un buen rato de romance –le sugerí con tono pícaro.

—¡Que raro! Ustedes los hombres pensando siempre en lo mismo. Respete que estamos en Semana Santa –dictaminó con convicción.

Enterado de que insistir resultaría en vano, mejor me callé y nos volvimos pegando trasero con trasero. No sé si ya me hallaba dormido o estaba quedándome cuando por enésima vez escuché:

—¡Auxilio, ayúdenme! Me quieren asesinar.

¡Sorpresa!, era mi esposa que estaba teniendo su propia pesadilla. Con tranquilidad me senté, la dejé que sufriera por un buen rato, esperando el momento adecuado en que la despertaría, para luego dejarla que me contara su versión.

***

*Este cuento pertenece al libro “Permítame contarle“, publicado por Editorial CulturaCR, 2017.
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