“Cuando la muerte no alcanza” y la novela indígena en Costa Rica ◘ Voz propia

Este análisis literario fue escrito por el estudioso Benedicto Víquez Guzmán en su blog en noviembre de 2010 y es de gran valía para conocer un recuento de la novela de tema indígena costarricense, a partir de la obra “Cuando la muerte no alcanza” de Geovanny “Debrús” Jiménez.

Benedicto Víquez G.

Por Benedicto Víquez Guzmán (qepd). Cuando la muerte no alcanza, es la primera novela que publica el autor. Es una novela tradicional, de clásico narrador omnisciente que domina la enunciación desde el inicio hasta el final, con esporádicos diálogos entre los personajes. Su discurso es así descriptivo y valorativo.

Lo que atrae más de ella es la temática. El tratamiento indígena en la literatura costarricense es muy escaso y son cantadas las novelas que se ocupan de esta temática. Realmente una visión acerca de la vida y miseria de los indígenas nunca ha llegado desde adentro, siempre proviene de los criollos que en algunos momentos los idealizaron y cantaron sus gestas. A este movimiento del siglo XX en sus primeras décadas se le llamó “Indianismo” y en Costa Rica se escribieron algunas novelas bajo esa visión. La primera que se publicó es más bien una reseña histórica de la vida de los corubicíes y la escribió el historiador Anastasio Alfaro González 1865-1952) en 1923. La llamó El Delfín del Corobicí. La utilizó para enseñar la vida y costumbre de esos indígenas en el Colegio Señoritas. Pero antes de esa fecha ya se habían escrito dos novelas sobre los indígenas, Yontá y Zulai, la primera en 1902 y la segunda en 1907, por la escritora nacional María Fernández Le Capellain de Tinoco (1877-1961). Estas novelas son fiel reflejo del movimiento indianista. En 1928, el escritor Diego Povedano Amores (1883- 1949) de origen español escribe Arausi, la segunda novela bajo esa visión. Es hasta 1933 que aparece la cuarta novela indianista, esta vez escrita por Euclides Chacón Méndez (1898-1963) que llamó Matla  (una fantasía indígena). En 1950 publica José Ramírez Sáizar (1915- 2001) la novelita La venganza de Nandayure y William Sibaja Góndrez (1963) escribió Alma Nativa, en 1960 y hasta ahí llega el entusiasmo. Ya en tiempos cercanos algunos escritores costarricenses han tratado el tema. Así lo han hecho Tatiana Lobo Wiehoff (1939) con su novela Asalto al paraíso, en 1992, Dorellia Barahona Riera (1959), que publicó La ruta de las esferas en 2007, también el dramaturgo Miguel Rojas (1952) publicó una obra teatral que llamó Garavito, sol de la libertad. Obra excelente y muy documentada, y ésta que recién se publica de Geovanny “Debrús” Jiménez (1973).

“El denominado indianismo fue una temprana forma de manifestación de la temática indígena en la literatura y la pintura, asociada, sin embargo, a formas de representación que, desde cierto ángulo paternalista y exógeno, establecía un retrato folklórico, exótico o idílico del mundo indígena.
Estas formas de representación de la realidad eran, por un lado, deudoras de modelos estéticos occidentales, cuya sensibilidad, bien sea ésta romántica, modernista o realista tendía a imaginar o idealizar el  mundo representado, y así el habitante indígena y su cultura eran más una idea que una realidad concreta. Por otro lado, se sustentaba en una aproximación a la realidad llevada a cabo con esquemas mentales preestablecidos que involucraban una serie de prejuicios”. 
(Ediciones Lillenium, pag. Internet, Juglarmoderno’s Blog).

Así comenzó esa visión un tanto idealista, romántica y folklórica del indio latinoamericano y se escribieron muchas obras bajo ella pero poco a poco y casi sin líneas divisorias muy claras dio inicio una visión más critica que penetró en la vida social e histórica del despojo del indígena y su desarraigo en su propia tierra que en literatura inicia con José María Arguedas (1911-1969) con su célebre novela, Los ríos profundos (1958). Antes ya contábamos con novelas importantes como Hombres de maíz (1949) y  El alhajadito (1961), de Miguel Ángel Asturias (1989-1974) y otras más que abren la visión indigenista.

La novela Cuando la muerte no alcanza tiene como contexto los pueblos huetares o güetares que en ese entonces contaban con unos 11.500 indígenas y ocupaban el Valle Intermontano, más conocido por El Valle Central. En ese entonces en el Valle Central los cacicazgos eran Garabito, Pacaca, Aserrí, Curridabát, y Guarco y todos formaban dos unidades más grandes que se llamaban señoríos  denominados Garabito y Guarco (Ibarra 1990).

Al norte del territorio costarricense, cerca de la llanura del río San Carlos, se ubicaba el cacicazgo de los votos. La información disponible indica que las viviendas se distribuían cerca del río San Juan, a cierta distancia unas de otras, en la desembocadura del San Carlos, y que eran habitadas por los caciques y sus familias, quienes se comunicaban rápidamente entre sí por senderos o viajando por canoas sobre los ríos (Ibarra 1996: 37).  Se menciona, según varios estudios, que los votos luego fueron absorbidos por los huetares en épocas coloniales, mientras que otros quedaron dentro de los actuales maleku.

En los primeros tiempos de la conquista ocupaban los huetares una pequeña parte de la costa del Pacífico, desde el monte Herradura, hasta Tárcoles,  extendiéndose hacia el interior por la cuenca del Río Grande y del Virilla y ocupando por el norte hasta San Ramón, por el sur hasta Puriscal y por el este a San José, parte de la provincia de Heredia (Barba sobre todo) y casi toda la de Cartago, hasta Chirripó y Teotique (Cagini 1917:53).  Posteriormente, Quesada (1996) distribuye a los huetares hacia el sur por las estribaciones de la cordillera Volcánica Central.  Se extendían  los huetares en los actuales cantones de Puriscal, Acosta hasta el río Pirrís.  En Parrita, provincia de Puntarenas, donde confinaban con los quepos, se dice que los indios huetares ocupaban las sierras de Turrubares, poblaron los actuales Esterillos, Tárcoles y Jacó hasta el puerto de Caldera. Hacia el norte, en el interior del país, los huetares dominaban las secciones de las actuales provincias de Alajuela y Heredia, que se hallan en el Valle Central hasta las llanuras de San Carlos, donde comenzaba el territorio de los botos  (Quesada 1996: 29).

Este es el contexto histórico de la novela. En 1562 formaban dos cacicazgos principales, separados por el río Virilla: el de Garabito al oeste y el del Guarco al este. Al cacique Garabito estaban sujetos los indios denominados los tices, los catapas o atapas, el valle del Coyoche (hoy de Esparta), los pueblos de Turrubará, Abacará y Chucasque (hoy Chucas en Puriscal), Corobici (Curubicí), Barba, Cobux (las Ciruelas), Xoquia (el Barrial), Yurusti (probablemente Santo Domingo de Heredia), y Toyopán o Teopan (San Isidro de la Arenilla).

Esta novela de Geovanny utiliza el clásico narrador u observador omnisciente que va describiendo los acontecimientos que giran alrededor del cacique Garabeec y su mujer Biriteca, enfrentados a la conquista de los españoles, comandados sobre todo por Juan de Cavallón. Los dominios de Garabito se extendían hacia el interior y comprendían los lugares llamados valle de Coyoche, real de Pereira, Barba, Yuruste, Coboboci, Abacara y Chucasque; los principales o caciques vasallos de Garabito, se llamaban Cobobia, Abacara, Barba y Yuruste. Biriteca era el nombre que daban a las mujeres que ayudaban a los hombres en la guerra y la caza, alcanzaban las lanzas y hasta tiraban piedras. Los indígenas de Coto tuvieron cautiva en1563 a una princesa de Quepo llamada Dulcehe, hermana del Rey Corrohore. Luego la liberaron. Los españoles admiraban a estas mujeres guerreras. Así la novela retoma estos dos personajes históricos para desarrollar el canto épico de este amor y las implicaciones bélicas contra los españoles, comandados por don Juan de Cavallón.

La visión de esta novela es un tanto idealista y muy cercana al presente del autor. Se incurre en un verosímil impropio de la época que se novela. Por ejemplo Biriteca es modelo a un escultor y sus ayudantes en una playa y de un tronco de madera esculpen su belleza en todo su esplendor. Esa escena ideal solo podría ocurrir en tiempos cercanos cuando el artista dominaba las técnicas esculturales en madera y con instrumentos adecuados, no así en el siglo XVI y menos que Garabito o Garavito o Garabeec, se excite viendo a Biriteca desnuda. No es necesario citar los casos en demasía pero con este se ejemplifica lo que afirmamos:

“Se fue gestando un pueblo masoquista, producto de violaciones, que se acostumbró a ser ultrajado hasta muchos años después, pero Garabeet eso no lo podía saber” (p. 115).

No es nada fácil para el autor salirse de lo narrado y permitir que los hechos y acontecimientos que narra, la historia recreada, lo haga por sí sola. Así reflexiona, comenta, valora, hace preguntas retóricas que interfieren en el mundo narrado. Ayer, eso fue muy frecuente, hoy se hace menos y los escritores buscan en las voces de los mismos personajes u otras creadas a partir de las enunciaciones, los sujetos que narren las versiones de la misma historia. En esta Novela hay acierto al respecto cuando el autor-narrador le da la palabra y deja que narre a un soldado español, y concede a sus personajes independencia, autonomía para que cuentes sus propias historias, tal el caso de la misma Biriteca en algunos pasajes de la novela o Garabeet, pero la voz que sobresale en toda la obra es la de un narrador omnisciente que opina, comenta, reflexiona hasta el final de la novela y en ocasiones llega uno a creer que es el mismo Garabeet o la conciencia que el autor creía que él tenía.

Y es que la empresa que emprende el joven novelista es de gran envergadura. Penetrar en la vida privada de ese enorme pedazo de historia, oculta, desfigurada, manipulada y casi olvidada, no es tarea fácil. La conquista de América en general y de los huetares en Costa Rica, sobre todo, está mancillada no solo por los invasores sino por la historia oficial y el ocultamiento de ella. Todos más o menos conocemos los héroes de los conquistadores y sus hazañas. Para nadie es sorprendente conocer la vida de Juan de Cavallón, Vasco Núñez de Balboa, Almagro, Herán Cortés o Juan Vázquez de Coronado. De este último sabemos hasta su dinastía en Costa Rica y cuáles y cuántos diputados han surgido de él y su esposa Isabel Arias Dávila, sin excluir a un expresidentes y un aspirante, presentes. Pero desconocemos la descendencia de los hijos e hijas de este señor, derivados de las violaciones a tantas indias. Ellos aparecen en los libros de historia que aprenden nuestros hijos pero que ignoran a héroes como Garavito o Garabito, Pablo Presbere, Montezuma, Huascar y tantos otros que con costo conocemos los nombres.

Ese basto y complejo mundo sirve de escenario a la novela y a fe que el autor lo enfrenta con fortaleza y decisión. Crea una visión crítica de ese período histórico y delata. El lector conocerá ese mundo oculto, intencionalmente escondido y, sin duda alguna sacará una clara visión de la realidad de la conquista.

Otro aspecto que conviene señalar es que no solo el autor- narrador, muestra una conciencia clara de esa conquista cruenta y vil sino que los personajes, sobre todo Biriteca y Garabeet aparecen como héroes degradados en un mundo que les arrebata su libertad, su vida y su felicidad y el lector intuye, se percata de que con la muerte del héroe, su pueblo también muere y con ellos toda una cultura, una estirpe y que hasta nuestro presente sigue en agonía lenta pero segura. La muerte no alcanza a la redención, a la victoria final, se queda en un ideal, en una esperanza pero incierta y terriblemente fatal. Aún el oro reencontrado en la vieja Ceiba, no deja de ser una esperanza y una maldición para estos pueblos masacrados, extinguidos por la codicia, el engaño y la sed de poder, gloria y riquezas materiales.

Esta novelase convierte en un eslabón más de nuestra literatura en esa lucha por evidenciar la verdad de nuestros orígenes como sociedad y recobrar la memoria de nuestros gestores. Es la verdad del embuste, de la mentira recreados por otro embuste, como es la literatura, solo que con el propósito de crear una verdad no solo real sino bellamente creada.

Versión original aquí.

Nota al margen del autor de la novela

Siempre es valioso encontrarse, años después, con estos esfuerzos de análisis literario de una obra que te sacó sudor, angustia, ansiedad y que fue producto de una investigación de muchos años.

En la gratísima memoria de don Benedicto Víquez (qepd), un estudioso comprometido con la narrativa polifónica y la literatura costarricense en general, me encuentro hoy releyendo este importante estudio sobre la novela de tema indígena en Costa Rica, a partir de la que escribí, y disfruto retomar tanto conocimiento que había olvidado.

Mi novela en realidad no pretendió tener un narrador omnisciente, como parecen interpretar los lectores, pero la culpa es mía. No sirva esto de excusa a partir del valioso estudio del señor Víquez, sino de aclaración y aprendizaje para indicar que en realidad mi pretensión fue siempre construir un narrador protagonista que cuenta una trama histórica pero, dentro del relato fantástico, la trae a su presente y lo que está viviendo. Evidentemente no lo logré, pero no desisto de la idea y quedará para una edición posterior reintentar esa idea original.

Es preciso reiterar que una novela es ficción, aún cuando se base en hechos reales. La historiografía que desarrolla el maestro Benedicto Víquez no se ajusta mucho a la empleada en la investigación para construir “Cuando la muerte no alcanza”, pero le aporta un sin duda alguna una valiosa visión ampliada.

Unos años después también publiqué “Una sola huella“, mi segunda novela que también desarrolla la temática indígena pero en el presente, ya no como una novela histórica, sino dentro de un realismo crítico.

Gracias don Benedicto -donde usted se encuentre- por este valioso trabajo que hoy rescato para el enriquecimiento del tema.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *