Costarricenses: Lo cazurro y taimado que llevamos dentro

Cuando los conquistadores Juan de Cavallón y Juan Vásquez de Coronado quisieron capturar e inutilizar al cacique de caciques Garabeet (Garabito) se encontraron con algo que aún tenemos hoy los costarricenses…

ENSAYO. Cuando Garabeet (el mejor de los buenos) tuvo que enfrentarse a Juan de Cavallón lo hizo con tal astucia en batalla que el conquistador español ordenó capturarlo a como diera lugar y comisionó a sus mejores lacras para lograrlo.

Una de sus tretas consistió en convocarlo a una reunión, pero el héroe indígena no cayó en la trampa y envió un falso «Garabito» que dio su vida por el defensor de los pueblos huetares.

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Ellos creían que «Garabito» era una imitación del apellido invasor, por la visita esporádica de Andrés de Garavito décadas antes. Pero luego, atando cabos, el investigador Óscar Bakit encontró que podía significar según lo poco que se sabe del idioma huetar -hoy extinto- que era una especie de «el mejor de los buenos», un cacique de caciques, el líder máximo de todo lo que hoy conocemos como Valle Central, parte del Norte (hoy Alajuela y Heredia norte), del este hasta Turrialba y topando con Talamanca (Turrialba) y del Pacífico Central hasta Quepos.

Luego se ha pensado que «Garabito», así castellanizado, era un título nobiliario o de jerarquía máxima: el título del líder máximo de toda la Gran Nación Huetar (arrasada de estas tierras). Los huetares eran según los españoles «cazurros» y «taimados» (maliciosos, reservados, astutos, toscos y de pocas palabras), términos que luego Isaac Felipe Azofeifa utilizará para definir al costarricense de la segunda mitad del siglo pasado (en su ensayo La isla que somos).

Garabeet, el nombre más cercano al real que conocemos, era el cazurro máximo, pero con algo más: astuto, genial estratega y sorprendente líder. Ya los huetares habían librado una batalla de tiempos largos con los «Boutos», a quienes lograron reducir hacia el norte. Los huetares era guerreros, bravos y astutos.

Cavallón fracasa estrepitosamente en su misión de capturar al símbolo de esa nación y luego muere navegando en un viaje a España. Su sucesor fue a quien algunos consideran «el fundador de Costa Rica», Juan Vásquez de Coronado. Un poco más educado y con un título en sus manos de «gobernador», él retoma el propósito de capturar a Garabeet, el ícono huetar, quien daba fuerza a la resistencia huetar ante el maltrato genocida.

Vásquez de Coronado intenta de nuevo capturarlo, dos veces, invocando encuentros de paz y en ellas siempre llega un «falso Garabito». Frustrado, el conquistador le declara la guerra en lo personal a Garabeet, no al pueblo huetar. Y ordena su captura, pero nunca lo logra. Curiosamente, luego el mar también lo elimina. Y aunque nunca perdió una batalla, el gran líder huetar termina perdiendo la guerra antes el poderío militar español, como sucedería en toda la América.

Incluso Vásquez de Coronado había capturado a Biriteca, la esposa preferida del rey de reyes y este logra rescatarla. Nunca pudo Vásquez de Coronado contra Garabeet, como no pudo penetrar en el Pacífico Sur, donde una férrea resistencia también lo rechazó.

Hoy usamos el término «malicia indígena» para definir a eso que mi buen amigo Rodolfo Oreamuno prefiere llamar «bendicia indígena». El costarricense, por esa herencia indígena, sigue siendo cazurro y astuto para no permitir el avance del agresor o del peligro que se le venga encima. Todos tenemos un poco o mucho de eso, porque a pesar de ese espíritu montañés que aún tenemos de pasividad y conformismo, algo en los ticos se levanta cuando es necesario, ante la amenaza, y nos transforma en cazurros astutos, en hijos de esa nación huetar, de ese gran Garabeet.

Sergio Rojas -líder indígena recién asesinado aparentemente por sus luchas por la recuperación de tierras- y muchos indígenas como no indígenas, a quienes conozco o he conocido, han tenido mucho de cazurros. No son ángeles ni bondadosos con lindos propósitos, son LUCHADORES. Las situaciones de usurpación y de maltrato los ha llevado a convertirse en eso que llevan en su sangre, para defender lo suyo: sus tierras, su cultura, su idioma, su cosmovisión.

En mi primera novela, «Cuando la muerte no alcanza» (hoy agotada y esperando re edición), narro el resultado de una investigación de muchos años, en la que pude identificar en «Garabeet» mucho de lo que hoy tenemos como costarricenses.

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Lamentablemente, algunos costarricenses han perdido esa bendicia indígena, esa astucia, pero hay momentos en los que el pueblo se levanta, desconfiado, sí, cazurro, y defiende lo suyo. Nuestra historia reciente tiene varios ejemplos, uno de ellos ha sido definido como «la revolución de las crayolas», pero también hay otros momentos históricos que podríamos listar.

Gracias a ese espíritu de cazurros que llevamos dentro, a esa sangre originaria, en Costa Rica podemos, también, responder ante quienes quieren conquistarnos con espejos y la falsa palabra de una doctrina o un dogma. Por eso somos costarricenses, así como somos, y debemos seguir siendo. Y cómo no, lo llevamos dentro.

2 thoughts on “Costarricenses: Lo cazurro y taimado que llevamos dentro

  1. Gracias por definir eso que yo no sabía cómo llamar y que, curiosamente, salió a la luz en la revolución de las crayolas (en minúscula para que no se ofendan los egos académicos).. Sí, somos cazurros, a mucha honra. Prefiero ese término alnde taimado, perones cuestión de gustos. Gracias por este excelente artículo.

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