Adrián Cubero y su mapa del tesoro ◘ Poesía

Dice Yadira Calvo sobre el poemario Alguien de Adrián Cubero: “Nos induce a una pregunta que nos lleva a un qué y a un quién: ¿qué pozo de significados encierra ese pronombre indefinido que da título al poemario?, ¿quién es ese alguien?, ¿a quién o a quiénes busca ocultar?”

  • Este ensayo de Yadira Calvo Fajardo, Premio Magón de Cultura, presenta el poemario “Alguien” de Adrián Cubero Jiménez, publicado por Editorial CulturaCR. El texto es también prólogo de la obra del joven poeta.

Yadira Calvo Fajardo*. Leer el poemario Alguien es como entrar en una vieja biblioteca con “olor a papel viejo”, en la que un hombre joven, introspectivo y solitario, escribe en clave poética sus propias reflexiones sobre la escritura, el lenguaje, la inspiración, la memoria, el olvido, el sonido y el silencio. Y a la vez, nos induce a una pregunta que nos lleva a un qué y a un quién: ¿qué pozo de significados encierra ese pronombre indefinido que da título al poemario?, ¿quién es ese alguien?, ¿a quién o a quiénes busca ocultar? Asumiendo que el título de una obra condiciona su percepción, ilumina su sentido, anticipa su asunto, y a lo mejor genera interrogantes y misterios, ¿ante qué interrogante o qué misterio nos quiere enfrentar? Como la respuesta hay que hallarla en la obra misma, debemos asumir que este título es una especie de mapa del tesoro con el que, si queremos respuestas, tenemos que iniciar una búsqueda a través de varias pistas significativas.

La primera pista se relaciona con el hecho de que la obra entera es fundamentalmente una reflexión poética sobre el lenguaje, la escritura y el acto literario, en la que abundan los verbos como hablar, nombrar, escribir, significar, contar. Y en la que sustantivos como grafito, lápiz, pluma, hojas, papel, letras, líneas, voz, voces, rima, frases, borrones, vocales, consonantes, palabras, discurso e inspiración, en símiles y metáforas, atraviesan de punta a punta el poemario. “Un borrón que se vuelve a escribir / renuncia a ser descubierto. /Lo escriben manos/ gastadas en grafito / con ganas de comenzar, / se le olvida cómo volver/ del olor a papel viejo; / con su tacto recorre las líneas que se juntan”… Ese ir y venir y girar sobre la escritura constituye el leitmotiv del poemario. Y aún más, en él la voz que se expresa se percibe a sí misma como escritura, al identificarse con una “rima de desasosiego”.

En paralelo al acto de escribir y en íntima conexión con él, se mueven esos pares que van siempre del brazo, aunque son, o tal vez porque son, opuestos y no se pueden percibir el uno sin el otro. El sonido y el silencio no se pueden ni ver. “Libérame / de ese que mastica fuego en abierto discurso, / se vuelve espejos de sonido entre el frío de la lluvia de gritos oscuros”. Pero aunque escribir es un acto silencioso, a la larga y con suerte resulta ser muy vocinglero: a poco de que la tinta o el grafito dejen su marca en el papel, las páginas empiezan a volar por donde no sabemos, llenas de voces, de palabras, de mensajes, de interpretaciones y malinterpretaciones. Ahí ya nada detendrá su vocerío.

Y resulta que ese vocerío le hace señas y gestos a la memoria y el olvido, otro par que también rehúye la mutua convivencia. Y es que la escritura pretende constituirse en un arma contra ese que es, según consenso cultural, hijo predilecto de la muerte. “Escribo para perder el miedo a morir”. Eso ha dicho la española Rosa Montero. Pero ese truco ya lo había descubierto el mundo griego desde los tiempos de la Ilíada. Era el aedo, nos advierte Sandra Jubelly, el encomendado para la misión de dar eternidad, de hacer perdurar en la memoria, de procurar “el antídoto contra el olvido”. A lo mejor, por muchos pretextos que pongamos, al proponernos llenar de letras una cuartilla, en el fondo no buscamos trasmitir nada muy diferente a lo que buscaban los trovadores griegos y buscan las lápidas de los cementerios.

Tras la segunda pista intentamos localizar el lugar exacto que podría estar señalando el mapa y para eso hay que ir tras las expresiones que podrían ofrecer claves: el poema “Óleos” nos habla de “alguien a quien no recuerdo y espero”. Más adelante, en el mismo poema, se nos aclara: “Es alguien /que me mira escribir / el rostro oculto de las palabras”, a quien hay que ocultar secretos para saber “cómo es que comienza un sueño que no pareciera”; y podría estar detrás de cierta “impaciencia” de la que la que tal vez “no se pudiera huir”. En “Mi rock ajeno”, se nos dice que las palabras “no significan algo significan alguien”, y aun de seguido se añade: “Soy mi muletilla soy mi deseo infinito”. En “Infiernos”: “Los pasos de alguienque se mira de lejos / mientras recorre la última hora, / son la tormenta que le robó su nombre”. Y en “Qué no haría sin mi miedo”, “la compañía de alguien que no se ve, / toca las puertas y ventanas, sin respirar, / entierra las manos contra la piel que desfallece, / es sabor en la boca a destiempo”.

Sin duda la elección de un pronombre indefinido para titular el libro, obedece al deseo de no desvelar la identidad del personaje o la personificación que representa, y cuyo enigma nos asalta en la totalidad del poemario: ¿el otro yo del poeta?, ¿la inspiración que le anima?, ¿la persona probable que leerá el libro? ¿o todo eso más el deseo de vencer a la mujer de la guadaña, siempre a la espera? A este último significado nos lleva de la mano la cita de Epicuro en el poema “A destiempo”: “La muerte no es real ni para los vivos ni para los muertos, ya que está lejos de los primeros y, cuando se acerca a los segundos, estos han desaparecido ya”. Puesto que un epígrafe constituye una clave de interpretación, entonces quizás, en el fondo de todo adonde nos lleva el mapa del tesoro que constituye el título, es a esa suerte de, más bien azarosa y precaria inmortalidad que, en el más oscuro rincón del inconsciente, reconociéndolo o no, cada quien a su modo, confía en que le acune la literatura.

Una muestra del poemario:

Tráeme la luna en canvas
con dedos manchados y aliento a carbón,
la estación 86 espera
con las manos en las bolsas.

Un borrón que se vuelve a escribir
renuncia a ser descubierto.
Lo escriben manos gastadas en grafito
con ganas de comenzar,
se le olvida cómo volver
del olor a papel viejo;
con su tacto recorre las líneas que se juntan.

Recuerdo dejar ir la pintura de un beso,
la devoción de la piel indecisa.
Si el aire es un espejo del tiempo,
si leerte en el parque
es leerme más adelante conmigo solo…


*Yadira Calvo Fajardo. Escritora, catedrática, feminista y Premio Magón de Cultura de Costa Rica 2012. Se la conoce por su obra “La mujer víctima y cómplice” (ECR, 1982), entre otros ensayos producto de su extensa investigación sobre el papel de la mujer en la sociedad costarricense, como “A la mujer por la palabra” (Premio Nacional Aquileo Echeverría de Ensayo 1990), “Literatura, mujer y sexismo”, entre otras. Profesora emérita de la Universidad de Costa Rica y de la Universidad Nacional. De formación filóloga.


*Adrián Cubero Jiménez. Poeta costarricense, autor del poemario “Alguien” (Editorial CulturaCR, 2019). Sus poemas habitan lugares muy personales desde Nueva York hasta Heredia, pasando por alguna empresa de tecnología. Escribe su primera novela “Dios trabaja en un call center”. Pertenece al Taller de Escritura que dirige Debrús Jiménez.

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