A ritmo de mariachi: Vistazos al México de hoy (3) ◘

Tercer artículo de esta serie que revisa detalles interesante sobre la relación entre México y Costa Rica.

Habib Succar G.

Por Habib Succar G. Hablaba en el artículo anterior de algunos personajes notables de nuestra política, que encontraron asilo político en México durante el siglo XX, y dije que la lista es muy grande. Así de grande es la gratitud del pueblo costarricense hacia la hospitalidad mexicana, que va mucho más allá del asilo político –que salva vidas–, y se abre como una enorme casa de acogida para decenas de talentos costarricenses, que han encontrado en México el escenario perfecto para su desarrollo artístico e intelectual.

La lista es muy extensa y no es el objetivo nuestro presentar caso por caso, sino mencionar algunos sobresalientes para darnos una idea de la fuerza y la riqueza de estas relaciones.

Creo que uno de los mayores costarricenses en México fue aquel, que a principios de siglo XX había tenido que huir de San José hacia Atenas a “tomar distancia”, estudiar y escribir y se auto definió como “admirador de Cristo, Cristóbal Colón, don Quijote de La Mancha y Francisco Madero” y que pronto tendría que exiliarse en España. Me refiero a Rogelio Fernández Güell, cuya memoria ha sido honrada con el nombre de nuestra Avenida Central de San José.

En su peregrinaje por toda España, en Barcelona conoció a la que sería su esposa, Rosa Serratocó Soley, con quien se casó el 15 de septiembre de 1906. Ese mismo año los recién casados se marcharon a vivir a México donde consiguió trabajo en el Observatorio Astronómico de la ciudad de México. Tiempo después fue nombrado cónsul de México en la ciudad de Baltimore (en Estados Unidos).

Rogelio Fernández Güell

El Gobierno mexicano le exigió que se nacionalizara mexicano (y perder así su nacionalidad costarricense); pero Fernández Güell se negó, por lo que tuvo que renunciar al consulado y regresar a México. El 20 de noviembre de 1910 comenzó la Revolución mexicana. Rogelio Fernández escribió una crónica sobre estos sucesos históricos. Sentía verdadera admiración por el líder Francisco Madero ―quien se convertiría presidente de ese país―. Rogelio Fernández publicó su ensayo «El moderno Juárez. Estudio sobre la personalidad de don Francisco I. Madero», que primero fue publicado en entregas en el periódico bisemanal El Amigo del Pueblo.

En México fundó un periódico y una revista y produjo mucha de su obra literaria y espiritista. El presidente Madero nombró a Rogelio Fernández Güell como jefe del Departamento de Publicaciones del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología de la ciudad de México. ​ Después fue nombrado director de la Biblioteca Nacional de México. Fue el primer y último extranjero que ha dirigido esa biblioteca. Pero el asesinato de Madero en 1913 hizo que Rogelio huyera a Costa Rica y dejara amistades, sueños y patrimonio en México.

Concluyo esta especial mención de don Rogelio, citando sus convicciones más profundas, humanistas, que le valieron agrios enfrentamientos con los militares de la época en Costa Rica, todos favorables a la pena de muerte. Decía don Rogelio:

“La pena de muerte es también un signo de atraso en una sociedad. Se dice: es necesaria, es ejemplar, debe aplicarse. ¡No: es cómoda! Porque es más fácil destruir que edificar. Se dice: es que los criminales natos son incapaces de regeneración. Yo replico: no hay nada que no sea susceptible de progreso. Nosotros mismos quizá pasamos por esos trigos. La educación corrige muchos defectos. Una gota de luz cayendo sin cesar sobre el corazón de un malvado ―aunque tenga este la dureza de una roca―, concluye por ablandarle.”

Escudo Escuela Fernández Güell

Don Rogelio tuvo muchos adversarios políticos, poderosos, a los cuales siempre se enfrentó con valentía, honestidad y con firmeza en sus convicciones, pero encontró su fin en la traición de su gran amigo “Pelico” Tinoco (Federico Tinoco) a la sazón dictador de Costa Rica, usurpador del gobierno de Alfredo González Flores y asesino confeso del grande Rogelio Fernández Güell a quien mandó matar para callar así una voz disidente y una luz que clamaba por la democracia y contra el oprobio de la dictadura de los hermanos Tinoco.

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