El 12 de enero de 2010 el Ministerio de Cultura y Juventud anunció a Virginia Pérez-Ratton como la ganadora del Premio Magón de Cultura 2009. Es la novena mujer en integrar la lista. Aunque sus logros son muchos y de gran prestigio, ella misma no se impresiona de que una mujer los haya alcanzado: “Nunca pensé que por ser mujer hubiera algo que no podía hacer. En mi casa nunca me hicieron sentir esto y siempre me inculcaron que había que ser muy responsable y no simplemente depender de otros. Yo asumí mi manera de estudiar y de hacer cosas sin pensar si era hombre o mujer, yo era Virginia”.
Virginia Pérez-Ratton es un referente en el quehacer cultural costarricense. Es una reconocida curadora, trabajo que ha desarrollado, fundamentalmente, desde el Estado, como primera directora del Museo de Arte y Diseño Contemporáneo (MADC) y desde el ámbito privado, desde Teorética, espacio que creó hace más de 10 años.
Antes de convertirse en curadora, Virginia vivió una infancia entre dibujos y libros, y una juventud que la llevó a Europa y la trajo de vuelta antes de cumplir los 20 años. Fue profesora de francés en la Universidad de Costa Rica durante una década y volvió de nuevo su mirada a la creación artística en medio de un receso laboral que tomó para criar a sus dos niñas. La suerte estaba echada, no volvió a la universidad y siguió caminando por el mundo del arte.
Hoy su currículum incluye, además de su trabajo como curadora, una abundante producción ensayística, el impulso de artistas latinoamericanos que hoy cuentan con gran reconocimiento y el ser la primera latinoamericana en integrar el jurado de la prestigiosa Bienal de Venecia. Además, recibió la Medalla Francia (2000) y el Premio Príncipe Claus (2002), que otorga el Fondo Príncipe Claus, de Holanda. A estos reconocimientos suma hoy el Magón, el cual, en sus palabras, “sinceramente no esperaba”.
Doña Vicky atendió esta entrevista en una tarde fresquita, un tanto gris. La conversación fue cálida, iluminada por el brillo que sus ojos despiden cuando habla de proyectos, los recuerdos de su papá que marcó su vida y del hecho de que muchos de los mejores análisis del arte contemporáneo provienen de niños, jóvenes y personas inexpertas en el tema.
¿Tuvo contacto con el arte desde su infancia?
Sí, pero no de manera formal. Desde pequeña dibujaba muchísimo y cuando aprendí a escribir leía mucho, todo lo que me cayera en las manos, además escribía cosas para mí, que inventaba.
¿Fue una infancia urbana, josefina?
A medias. Yo venía a la Escuela Perú y mi abuela vivía donde ahora es Teorética, así que venía mucho al Barrio Amón. Pero yo vivía en Moravia, y en esa época la mitad eran cafetales. Entonces tuve una infancia urbana y a la vez rural, porque nos íbamos a andar en bicicleta allá por Coronado, y había mucho cafetal, vivía montada en los palos. Pero sí tuve mucho más contacto con San José que otra gente.
¿Creció entre artistas?
No, porque en mi familia no había artistas declarados. Sí me acuerdo que me llevaban mucho al Teatro Nacional pequeñita, sobre todo cuando venían espectáculos internacionales. Somos cuatro hermanas y tenemos varios primos. El primo que era de mi edad, que vive ahora en Guatemala, era mi compinche de juegos. El estaba en la Escuela Buenaventura y siempre nos encontrábamos en la casa de mi abuela porque ahí hay un sotáno donde jugábamos de laboratorio. Tuve mucha familia, muchos primos, mucha gente alrededor.
¿Cómo surge en usted el deseo de estudiar francés?
Eso fue un ínterin que se convirtió en algo más permanente. Cuando terminé el colegio le dije a mi papá que quería estudiar arquitectura, planeamiento urbano. A mí me gustaba el arte, en ese tiempo se decía que si a uno le gustaba el arte y además era bueno en matemáticas, debía estudiar ingeniería o arquitectura, o algo que produjera, pero no ser artista, “porque el artista no produce nada”. Mi papá era muy estricto con nosotras y desde pequeñas nos decía que él no quería tener “viejas vagas en la casa”, y que no quería que ninguna de nosotras se casara antes de terminar su profesión, quería que fuéramos mujeres independientes y eso lo machacó desde que estábamos en la escuela. Sobre lo del francés él me dijo, “vos querés ser arquitecta, pero yo quiero que vivás un tiempo fuera, aprendás otros idiomas y vivás con otra gente, cuando vengás decidís si querés ser arquitecta o no.
Estuve dos años fuera y al regresar manejaba el francés perfectamente, el italiano y un poco de alemán. Estuve en Francia, Suiza, Austria e Inglaterra. Cuando volví quise dar clases, siempre pensando en poder mantenerme. Entonces se abrió una plaza en Lenguas Modernas de la UCR pero como no tenía diploma no podían nombrarme, así que me ubicaron como asistente de profesor. Entonces me metí a la carrera de francés para tener un diploma y poder trabajar, saqué la carrera muy rápido porque hice por suficiencia muchos cursos. En esa época iba a cumplir 20 años. Luego me gustó la docencia y me quedé en la U y saqué la licenciatura y casi todos los cursos de la maestría, creo que me falta solo uno, pero nunca la terminé porque no volví a la U. Me encantaba la docencia, pero me aburrí de la burocracia de la Universidad. Después nacieron mis hijas y yo decidí dejar la U y quedarme un tiempito con ellas en la casa mientras entraban al kinder. Son dos y nacieron muy seguidas.
Mi esposo me dijo que yo en la casa me iba a volver loca, porque había trabajado toda una vida, “¿por qué no te ponés a pintar, que siempre has pintado?”. Entonces conseguí los materiales y me metí a talleres. Después simple y sencillamente me di cuenta de que esa era mi vida y nunca volví a la U.
Fue una entrada tangencial al arte, eso estaba latente y yo no me arrepiento de los años que pasé en la U, porque aprendí mucho y para mi trabajo de curadora todo lo que he hecho suma y uno aprende a conocer cosas de diferentes ámbitos, no solo del arte, los idiomas o la literatura. Es algo mucho más amplio y yo siento que en este momento la cultura del ser contemporáneo tiene que ser muy polifacética, muy amplia.
¿Cómo podemos definir lo que es el arte contemporáneo?
Es difícil, ya es de por sí difícil definir lo que es el arte. No es solo el arte que se hace en este momento, porque hay arte que se hace en este momento que no tiene la dinámica del mundo contemporáneo, sino que busca anclarse en otro momento histórico. El arte contemporáneo es el arte que se inscribe en el momento histórico que estamos viviendo, se caracteriza por tener un montón de líneas transversales y por eso se puede ser muchas cosas: figurativo o abstracto, por ejemplo. Porque hay como una especie de permiso o apertura, en consonancia con lo que es el mundo contemporáneo, tan lleno de facetas. Lo importante es tener un discurso.
Hoy hay una cierta necesidad de mediación entre el arte y el público, que eso puede ser bueno o puede ser malo. A veces la gente quiere depender demasiado de esa mediación, y no utilizarse a sí mismo como su propio mediador. El arte contemporáneo requiere de cierta inducción o mediación, pero eso es algo que la gente misma puede hacer. Basta con pensar “por qué alguien utilizó vidrio y no plástico, por qué usó seda, o el color rojo”. Al hacer las preguntas más básicas se descubre lo más profundo de la obra.
¿Está lista la sociedad costarricense, o ha ido creciendo en esa relación con el arte contemporáneo?
Sí, y la sociedad más lista es la menos sofisticada. Dentro del público un poco “naíf”, si se quiere llamarlo así, hay una sensibilidad muy grande. Estuve yendo a La Reforma en los años 90 a un taller que había ahí, y a mí me impresionaba mucho la comprensión tan profunda que tenían los privados de libertad de obras complejas como las de Priscilla Monge. Hay ideas preconcebidas de que hay que ser muy teórico, muy inteligente o haber leído mucho para poder entenderlo. Pero no, lo que uno tiene que ser es franco y sincero, y preguntarse las cosas básicas.
¿Y cómo fue cuando se creó el MADC? ¿cómo lo recibió la gente?
Hubo grandes reacciones. Fue una experiencia interesante y muy hermosa. Había gente que venía a colaborar porque le interesaba el arte de una manera general y me decían “qué lindo el trabajo que estás haciendo, pero eso que tenés en las paredes es horroroso”. A otra gente le interesaba mucho porque tenían otra sensibilidad. Fue muy generacional, creo que el museo fue preparando a una nueva generación, pero contó con el apoyo de gente de muy diversas edades. Creo que se abrió una ventana y el museo cambió un estado de cosas aquí.
Por una lado, se abrió la escena centroamericana hacia el mundo, y por otro lado se abrió una ventana para que el mundo viniera aquí. Porque invitamos a muchísima gente de fuera y los poníamos a trabajar al mismo nivel que los artistas costarricenses. Lo que me propuse y se lo dije a don Arnoldo Mora desde que él me nombró, era que Costa Rica estuviera en el mapa del mundo. Después me dí cuenta de que no podía trabajar solo con Costa Rica, en ese momento el fenómeno de la globalización estaba tomando mucha fuerza y yo dije “nosotros tenemos que entrar en los procesos globales pero en nuestros términos. Yo lo que quería era jugar en las grandes ligas.
¿Tiene ya Centroamérica un nombre en el panorama internacional?
Creo que sí. Internacionalmente se conoce Teorética, el MADC, se ha trabajado con artistas de toda la región, hay gente que ha ganado premios internacionales. Trajimos aquí por primera vez en la historia al curador de la Bienal de Venecia, él invitó a artistas costarricenses y guatemaltecos y de esos dos ganaron premios ese mismo año. Yo fui la primera latinoamericana en estar en el jurado de la Bienal de Venecia (en el 2001) que existe desde 1895. Creo que el trabajo ha valido la pena. Ahora uno puede dialogar de tú a tú con una serie de instituciones.
Ya nos conocen y los conocemos, ¿qué paso seguiría?
Volver a ver para adentro y trabajar más, fortalecer la parte crítica. Se hace un trabajo intenso desde la parte curatorial, pero no hay contraparte crítica. En costa Rica no hay ni un solo crítico. . En Teorética hacemos y hacemos: llevamos más de 40 publicaciones, traducidas al inglés todas, y no hay ninguna reacción, tampoco a las exposiciones. Es muy frustrante.
¿Cómo visualiza el papel que cumple Teorética dentro del quehacer cultural en Costa Rica?
Se ha convertido en un centro de debate e intercambio. Tenemos una biblioteca abierta toda la semana, gratuita, de acceso libre; un centro de documentación que la gente puede acceder. La gente que viene a Costa Rica para hacer investigación pasa por Teorética.
¿Cómo es el perfil de los usuarios de Teorética?
Yo personalmente no tengo un público meta. Mi público meta son todos, de todas las ramas y de todas las clases sociales. Lo hemos logrado un poco como el museo. Como está abierto los domingos, la gente que visita el Parque Bolívar entra y de pronto tienen unos comentarios increíbles.
Otra cosa es que el equipo de Teorética se ha constituido en uno muy fuerte. Este año no he podido estar por problemas de mi enfermedad, pero ellos se han ocupado increíblemente. Para mí es importante en el sentido de que yo estoy ahí presente, pero le he pasado la bandera a ellos y hay un cambio generacional. Eso es bueno para el proyecto porque quiere decir que tiene sostenibilidad a largo plazo, que no solo es el proyecto de Vicky Pérez, sino que es Teorética.
¿Qué cualidades debe tener un buen curador?
Depende mucho del uso que uno quiera darle a la curaduría. La curaduría puede verse como un ejercicio del poder, porque uno selecciona obras y las lleva a un espacio. Lo que mucha gente no entiende todavía es que las exposiciones no son simplemente un rejunte de gente para montar cosas. En este momento las exposiciones son articulaciones de discurso. Así como cada artista tiene un discurso en su obra, el curador tiene un discurso que puede ir armando a partir de las obras. Pero hay curadores que quieren sostener un discurso y entonces buscan las obras que les sirven para sostenerlo.
Mi manera de trabajar es dejar que las obras mismas se vayan relacionando y se arme un discurso a partir de ellas mismas. Y no inventarme yo un cuento y luego ver qué me sirve para ilustrarlo. A lo mí lo que me interesa es descubrir qué es lo quería decir el artista. El curador tiene que ser una persona muy abierta al mundo y tener capacidades organizativas, porque un curador hace de todo: seleccionar la obra, montar la exposición, lidiar con la prensa, escribir el texto del catálogo, lidiar con los patrocinadores, con los artistas, que tampoco es cosa fácil. El curador es un poco de todo: mediador, traductor, organizador, crítico, fund raiser.
¿Qué significado tiene para usted el Premio Magón?
Lo más importante es que da más visibilidad al arte contemporáneo. Me gustaría pensar que más gente se atreva a visitarnos en Teorética, que sirva de apertura para reconocer el arte contemporáneo. También es un premio en Costa Rica, desde adentro, y para mí eso es importante porque mi papá siempre me decía que uno tiene que devolver algo a la sociedad y yo siempre he trabajado mis proyectos pensando en mi país.
De cerca
- Herramientas de las cuales ha echado mano en el acto creativo de su vida: “obstinación , obsesión. Creo que lo aprendí de mi papá, Humberto Pérez, que siempre peleó por lo que creyó”.
- El Magón: “sinceramente no me lo esperaba. Ninguno de los premios que he recibido”.
- Tiempo libre: “el mar me energiza, sobre todo el Pacífico. Amo la lectura, así que me encanta la combinación de ir a la playa y leer”.