
Foto: Olga Bolaños, Embajada de Francia. |
Desde mi época de estudiante de secundaria visito la feria que organiza la Cámara Costarricense del Libro (CCL), y desde entonces sigo viviendo una experiencia cada día menos gratificante.
El esfuerzo tan enorme que significa la organización de un encuentro como éste, en el que no dudo la CCL invierte muchos recursos humanos y financieros, dan al traste porque sus organizadores siguen creyendo que estamos ante el mismo público lector de hace 20 o 30 años, cuando ante la ausencia de la Internet y sus redes sociales, el libro impreso era la fuente de consulta obligatoria para estudiantes, docentes e investigadores.
Poner libros en estantes no convierte a una actividad en una feria del libro, se requiere motivación por atraer al público infantil y juvenil para que el libro tenga asegurado un lugar de privilegio en las próximas décadas, pensamiento que me compartió el autor e ilustrador Héctor Gamboa durante mi visita este año al puesto de la Editorial La Jirafa y Yo. Y no me refiero al libro impreso en papel, nada más fuera de la realidad que vivimos. Hablo de cualquier obra literaria, científica o de entretenimiento, sin importar el soporte mediante el cual se difunda; como leemos es lo menos importante. Lo realmente vital es que la niñez y juventud costarricenses descubran que los libros les aportan conocimiento, les revelan facetas científicas que generan cambios, u otra opción para pasar el tiempo. Incluso, a aquellos como yo que aún no consideramos como literatura los libros de Harry Potter o Crepúsculo, tenemos que abrir espacios para estas audiencias, y ofrecer junto a esas propuestas otras de mayor contenido.
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Esto nos revela que en cultura, así como sucede en el campo educativo, aún no aplicamos los conceptos que durante muchos años le han depardo a la empresa comercial éxito en sus estrategias de mercadeo. No se trata de buscar el lucro con la feria, más bien de usar esas técnicas para engancharnos con las nuevas generaciones. El trabajo posterior es lo que hará la diferencia entre tener una sociedad más culta donde conviva la diversidad editorial o una totalmente banalizada con los personajes de fantasía que copan los estantes de las librerías.
Sigo visitando la feria, y con la experiencia que dan los años como espectador y periodista cultural, puedo decir que todos tenemos claro el objetivo de la Feria del Libro, pero en lo que no coincidimos es con la receta para hacerla. Hasta las cocineras más experimentadas saben que para mantener viva la tradición gastronómica de un pueblo es necesario adaptarla para que otras generaciones la asuman como propia.
La receta de la CCL para hacer ferias editoriales da muestras de que no cumple la meta, es hora del cambio a una propuesta desgastada.
¿Y la prensa?
La muerte de un lagarto limonense o una mejenga internacional son más importantes en los medios nacionales. A eso debemos sumar la cantidad de tiempo dedicado a los sucesos que cubren asesinatos, operativos antidrogas y el muy popular tema de la ley de tránsito y sus cámaras al estilo “big brother”. Con este atractivo panorama noticioso es que la CCL debe competir para conquistar algunos espacios en los espacios de los medios masivos. ¡Hasta la adopción de perros organizado por una fundación fue la actividad de cobertura en las tres ediciones de Telenoticias!
A diferencia de otros sectores, el cultural no ha logrado convertirse en la noticia del día, aunque una actividad como la Feria del Libro tiene todos los componentes para una cobertura diaria. ¿Cómo ganarse esos espacios? Ese es el reto de una estrategia de comunicación del mercadeo apropiada, que se logra con el trabajo interdisciplinarios de productores, comunicadores, gestores, mercadólogos culturales y mucha planificación. Algo que al final redundará en beneficios para todos los agremiados a la CCL y la sociedad costarricense. Los resultados no son inmediatos, pero a mediano plazo se verán los frutos de dicho esfuerzo.
La deficiente gestión de prensa de este año, que algunos han apuntado con insistencia, no es cosa nueva, pero esta ocasión se hizo más clara que en ferias anteriores. Como diría mi madre, para muestra un botón, y les relato: el martes 15 de noviembre fui como periodista a visitar la feria y de paso a entrevistar a dos autores que presentaron novedades. Al llegar, el personal de seguridad no tenía la menor idea quien era la persona responsable de atender las inquietudes de la prensa, y tras un paseo acompañado de una agente de seguridad, nadie resolvió. Y con insistencia la vigilante me insistía que tenía que hacer la entrevista planeada y “abandonar la feria porque yo no había pagado y no podía andar por ahí solo”. Esto mientras hablaba con una de las representantes del puesto de la Embajada de Francia. Mi reacción evidente fue de enojo, y con tono fuerte le dije que ya no me faltara el respeto (ella asumía que como yo era casi el único visitante ese día haría gala de mis supuestos dotes de caco editorial). Finalmente, fue una colega de la embajada francesa quien me indicó vía telefónica a quien dirigirme, cuya oficina estaba a mano derecha de la puerta resguardada por la seguridad privada contratada este año.
No cuento esto como una denuncia del maltrato y de la persecución por parte del personal de vigilancia de la feria, sino para demostrar la ausencia de planificación en algo tan elemental como la recepción de periodistas y sus equipos para la cobertura. Este es un síntoma, y no el mal. La solución es mayor a la mera decisión el próximo año de contratar a un colega que nos reciba; la cirugía tendrá que ser a corazón abierto.
Por cierto, de una vez anticipo que el próximo año iré otra vez a la feria, no sabría decir que día, pero de seguro esta vez a lo mejor si lleve una enorme bolsa espía bajo mi camisa, por aquello que resulte cierto que sea un ladrón editorial, así que de una vez advierto que es mejor que vayan comprando un detector de libros para colocar en las puertas.
Correo: periodista.eduardomunoz@gmail.com