“Entre los chorotegas la prostitución era un respetable oficio que practicaban algunas mujeres al precio de diez granos de cacao por sesión; este “dinero” estaba destinado a acumular una enjundiosa dote que atrajera a los mejores pretendientes”, da a conocer la escritora y académica costarricense, radicada en Estados Unidos, Rima de Vallbona.
Según un estudio amplio sobre el matriarcado en la América Prehispánica, Vallbona revela este interesante comportamiento de las culturas chorotegas, que contradecían en mucho la cultura del Imperio Azteca (que tenía sus garras hasta Nicaragua) en la que predominaba el hombre.
Para sorpresa de muchos, este estudio, plantea que “lo interesante es que era la joven la que escogía a su futuro marido, y no sus padres, como era costumbre entre los aztecas. Una vez casadas, en general las mujeres chorotegas no querían tener hijos para no estropear su belleza. Contrariamente a la costumbre de los aztecas, el aborto era muy corriente entre los chorotegas, siempre que lo aprobara el marido”.
El artículo de la escritora costarricense, publicado en Mediaisla.net, da a conocer además otras culturas matriarcales de la América antes de la llegada de los españoles, en lugares cercanos a Colombia, Venezuela, Quito y México, además de la Gran Nicoya.
“Vale mencionar que el prostíbulo de las comunidades chorotegas se hallaba en el mercado o tianguez, y éste era administrado y atendido sólo por las mujeres, quienes vendían “esclavos, oro, mantas, maíz, pescado, conejo e caza de muchas aves, e todo lo demás”. A ningún hombre de la comunidad se le permitía la entrada, excepto a los mancebos que no habían conocido mujer, a los hombres de otros pueblos y a forasteros aliados”, agrega la autora en su artículo.
Los nicaraos, cultura más al norte de los chorotegas, hacían alarde de ser más machos y dueños de sus mujeres que los chorotegas. “Puesto que las mujeres chorotegas se cuidaban del trueque y trato de las mercancías, los hombres debían proveer los productos de su quehacer cotidiano, a saber, labranza, caza o pesca; pero antes que el marido saliera a cumplir con esas actividades, tenía que dejar barrida la casa y encendido el fuego. Dicha obligación asignada a los varones, bien podría interpretarse como una manifestación más propia del sistema matriarcal transgresor del patriarcado que tradicionalmente asigna esas tareas a las mujeres. Por todo lo anterior, los nicaraos, haciendo alarde de que eran “muy señores de sus mujeres” a las que mandaban y tenían sujetas a su voluntad, les echaban en cara a los chorotegas, sus vecinos, feroces y valientes guerreros, recriminándoles ser “mandados e subjetos a la voluntad e querer de sus mujeres”, amplía el estudio.
El estudio amplía además sobre cacicas con mucho poder en la época prehispánica, pero cómo ellas fueron perdiendo poder con la llegada de los invasores europeos.
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