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Reseña literaria: Un "Verano rojo" sin tonalidades

Novela ganadora del Premio Nacional "Aquileo Echeverría" en esta reseña crítica.

Geovanny Jiménez S., COPADEH, CulturaCR.NET , 23 de abril de 2011.

       La novela “Verano rojo”, de Daniel Quirós, no solo ganó el Premio Nacional Aquileo Echeverría de 2010, sino que continúa un nuevo influjo de la literatura costarricense por explorar nuevos géneros o modalidades literarias, como la novela negra, el suspense, la novela policiaca, el relato fantástico y la ciencia ficción.

La novela negra y la policiaca han tenido intentos esporádicos en Costa Rica, podemos –por mencionar algunas- recordar “El crimen de Colima” de José León Sánchez, o mencionar “En clave de luna” de Óscar Núñez Olivas, una de las primeras de la colección Sulayom de Uruk Editores. Estos ejemplos tienen sustento precisamente en hechos reales de la historia policiaca de Costa Rica: el crimen de Colima y la historia de un supuesto psicópata que rondó los alrededores de San José en la década de los ochenta y noventa.

“Verano rojo” también se basa en un acontecimiento histórico: el famoso atentado en La Penca, donde murieron periodistas y personas ligadas a la prensa, en una conferencia de prensa del comandante Edén Pastora, ahora artífice de la invasión del ejército nicaragüense a territorio costarricense, en Isla Calero.

La novela puede haber ganado el premio que otorga el Ministerio de Cultura cada año en el género de novela, pero no es la mejor novela que se haya escrito en el país al respecto. “Verano rojo” acierta con el título, la fluidez del relato, el mantener el interés del lector en una aventura que se deja llevar por los caminos y territorios del Guanacaste que ya no está, como canta el grupo Malpaís.

No obstante, a pesar de esa lectura sencilla que hace falta en la literatura costarricense actual, cargada de subterfugios rebuscados y elevado peso psicológico, hay muchas ligerezas en el texto que hacen dudar de su calidad literaria. “Me dirigí a un bar sobre un costado de la plaza que se llamaba La Cegua. Pedí un paquete de cigarrillos y una cerveza, que me tomé frente a la calle”, dice como un rosario una parte de la novela (página 77). Esa escena se repitió hasta el hastío. Si sumáramos la cantidad de cervezas que el protagonista de la historia, Chepe, en los días que suceden los hechos, este pobre infeliz no podría haber tenido nada de raciocinio para enfrentar una supuesta investigación a raíz del asesinato de su amiga, La Argentina, en relación con el atentado en La Penca, cerca de La Cruz, Guanacaste. Pero si aún así, digamos que el personaje fuera un alcohólico fuerte y capaz, como parece serlo, no es necesario que el narrador (detrás el escritor) lo diga a cada momento. Esa es precisamente la dolencia más fuerte de esta novela: su necesidad de relleno insustancial. Las descripciones del ambiente, del entorno guanacasteco, están plagadas de lugares comunes que todos conocemos sobre “las tierras inhóspitas” de un Guanacaste veraniego y lleno de polvo. El cigarro, la cerveza y cada movimiento irrelevante del protagonista y los personajes secundarios, nos es contado en un devenir cansino, que nunca parece llegar a algo.

Entiendo que la novela negra debe manejar el suspenso, lograr mantener la atracción del interlocutor, pero llevarlo por todo Guanacaste, describiéndole calles, intersecciones, aceras, hoteles, sillas, barras de bares, poltronas, ropas, así como todo lo que hacen los personas; como bajar las tablas de un lugar a otro, poner un pie antes y otro después, sin mayor consecuencia para la historia, nos puede aburrir y parece contraproducente. Entonces nos encontramos con un dilema en apariencia contradictorio: la novela es fluida, entretenida, incluso interesante en breves pasajes, pero aburrida, llena de descripciones insustanciales y acciones irrelevantes, en otros.

No se trata solamente de economía de palabras, sino de economía de vacíos. Una novela que no nos dice algo nuevo, que no nos interesa tanto por su historia, como por su calidad literaria, es una novela que no superará la prueba del tiempo; la prueba de la calidad que se concentra en las obras inolvidables.

“Verano rojo” es una novela entretenida, “un relato fluido, escrito bajo las claves de la serie negra”, como afirma Gabriel Baltodano, directivo de la Editorial Costa Rica –quien publica el libro-; pero con exceso de detalles irrelevantes, es una novela que se puede leer con satisfacción, la recomendamos.

¿Y cómo puede ser entretenida una novela y cuya lectura sea satisfactoria con estas falencias descritas? Solo por una razón: el lado que no falla e incurre en reiteraciones innecesarias o exceso descriptivo sin relevancia, es un lado ameno y que avizoraba una buena novela. En palabras sencillas, su lado bueno, es sorpresivamente bueno, el malo, reiteradamente malo. Si el autor hubiera realizado una labor de pulido, más exhaustiva y cuidadosa, la novela lo hubiera logrado.

En todo caso, siempre es suya la última palabra.

En seguida le transcribimos una parte, donde se deja ver el exceso de descripciones irrelevantes para el relato, y que es la continuación de la cita anterior:

                                                                                                   “…frente a la calle. Alcé el ala del sombrero para limpiarme el rostro con el pañuelo ennegrecido. La cerveza estaba bien fría y casi me ayudaba a olvidar el dolor del cuerpo y el cansancio acumulado. Casi. Vacié la botella (por enésima vez) y le pregunté al cantinero dónde quedaba el Hotel La Estancia. No era muy lejos de ahí, dos cuadras al norte de la iglesia y tres hacia el oeste, dijo. Pagué y encendí un cigarrillo antes de empezar a caminar. Caminé unos quince minutos, solo encontré sombras y perros callejeros sobre las calles adoquinadas. No se me hizo difícil recorrer el lugar. Era una casona vieja que había sido convertida en un hotel de quizás unos quince cuartos. Las puertas de la entrada eran de madera gruesa, labradas con diseños de flores que parecían de principios de siglo pasado. La entrada daba a una antesala, donde estaban la recepción, un par de mecedoras, dos sillas de madera negra y un sofá del mismo material. A la izquierda de la antesala, había un pasadizo que se extendía hacia la parte de atrás del hotel. En verdad eran cuatro pasadizos, todos de tal vez unos cincuenta metros de largo…” (paréntesis nuestro).

 

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