Reseña crítica del libro "La gran novela perdida" de Carlos Cortés.
Geovanny Jiménez S., CulturaCR,
23 de abril de 2011.
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“La gran novela perdida: historia personal de la narrativa costarisible” sale a las librerías (que son cada vez menos y menos interesadas en los libros ticos) en su segunda edición con Uruk Editores.
Esta segunda edición corregida y ampliada, con una presentación y un “cuadro cronológico” hasta el 2009 de los sucesos históricos y literarios más relevantes para el autor, no deja de recordarnos su ensayo “La invención de Costa Rica (Editorial Costa Rica, 2003), un intento por aproximarse a recorridos por la historia de la literatura costarricense.
Este ensayo es, a mi gusto, la forma que tiene Carlos Cortés de reírse irónicamente de la literatura de nuestro patio, incluida la suya propia, y no se le puede culpar. Este ensayo novelado es una reiteración, o la visión original, que tiene el autor del desarrollo literario del país en las últimas décadas, a través de autores reconocidos, y que ya fue expuesta con claridad en su libro previo “La invención de Costa Rica”. La diferencia: el segundo será un trabajo que mezcla el ensayo con la ficción, de tal manera que lo hace más entretenido y quizás simbólico.
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La lectura de este libro es desencantadora, todo el libro es una burla de la literatura costarricense, pero una burla que no deja de ser tristemente cierta. Cada episodio que vive Méndez Lihn (en alusión jocosa al escritor Méndez Limbrick, amigo del autor y quien ganara de manera compartida este año el Premio Nacional de Novela con “El laberinto del verdugo”), es un recorrido por la soez realidad del desempeño literario de los y las escritores costarricenses de las últimas décadas. La ironía y la sátira, fina y a la vez aguda, también le sirve para criticar con sorna a un escritor –personaje de las letras nacionales cuyo nombre no menciona, pero que quizás el lector quiera reconozca, y que no deja de ser un fantasma de sí mismo y de todos los escritores ticos-, sin ningún miramiento ni concesión:
“Lo tenía todo para ser un gran escritor, pero aunque uno de sus libros se llamó La tentativa de lo posible, no se pudo. Ni siquiera llegó a ser ministro de Cultura porque su candidato tampoco pudo, a diferencia del expresidente Miguel Ángel Rodríguez, inveterado creador del eslogan, que sí pudo (pág. 39)”.
El autor sostiene que este escritor y la literatura costarisible son quizás un fantasma: “…me decidí a contar la historia no de un hallazgo sino de una búsqueda: mi persecución de un fantasma”.
El particularmente sarcástico y acertado el decálogo que Méndez Lihn nunca leyó en el Palacio de Bellas Artes de México, una pieza que describe –poco más, poco menos- el quehacer y realidad del escritor costarisible, como él lo define:
“1. El buen escritor costarricense es el buen escritor muerto en cualquier de sus dos estadios: olvidable (olvidado) y canonizable (otra forma de olvido). En una literatura con una frágil noción de la tradición literaria el olvido es más permanente que la letra escrita (pág. 54)”, afirma el primer enunciado de ese decálogo.
Carlos Cortés trata en este ensayo experimental de abstraerse de la literatura misma, como una forma incluso que le permite poder hablar de sí mismo, incluirse en la narración como un escritor más del gremio:
“…y años después irrumpieron Rafael Ángel Herra y Rodrigo Soto, el novelista metafísico de La estrategia de la araña(1985) y el cuentista realista de Mitomanías (1983), y el primer Carlos Cortés, el infumable de Encendiendo un cigarrillo con la punta del otro (1986), y todos conformamos un pequeño limbo de experimentación y de confusión ideológica (pág. 83)”.
Y es quizás en un país donde la literatura es lo último importante, el mismo escritor debe incluirse en el análisis, desde subterfugios inimaginables: ser escritor, narrador, crítico, periodista, promotor y difusor de su obra, y hasta el vendedor.
El choteo, el serrucha pisos y todas las artimañas posibles se encuentran en la historia de la narrativa tica, tan tica como la idiosincrasia que la reúne y la justifica. Esta obra de Cortés incursiona en ese “mundezuelo” de los escritores, pero además es un libro con un alto valor didáctico para quienes deseen conocer más a fondo, desde la primera fila, la historia reciente de la narrativa y literatura costarricenses.
Este libro ha generado algunas resistencias entre grupos de escritores, es polémica, claro, no podía ser de otra manera; más aún cuando encontramos en él reiteradas alusiones halagüeñas a los amigos de Cortés: Rodrigo Soto o el mismo Méndez Limbrick: “Jorge Méndez Limbrick, a los 52 años de su edad, no ocupa el lugar que le corresponde en la literatura costarricense…” Tanto en esta obra, como en La invención de Costa Rica, Cortés hace alusión a Rodrigo Soto como un escritor paradigma de la que él denomina “Generación de Chelles”, en la que incluye a Méndez Limbrick también, entre otros escritores que él considera importantes en los años ochenta o en su generación, como Gerardo César Hurtado o José Ricardo Chaves. Es notable, por ejemplo, en su análisis, las ausencias de novelas significativas como “Los ojos del antifaz” o “Balalaika en clave de son” de Adriano Corrales, propias de la época en estudio, y que se inscriben en la temática y entorno literarios que él describe.
Pero más allá de las críticas o carencias, el trabajo de Cortés es honesto, y valiente si se quiere, sobre todo si consideramos que en Costa Rica nadie tira una pedrada por temor a que rebote en la cabeza de alguien y le dé a sí mismo, como un bumerán.
En última instancia es “La gran novela perdida” quien debe convencerlo a usted, de una u otra cosa, por eso su lectura es bienvenida, entretenida y polémica. Si a usted le gustan esos elementos, entonces tiene un libro que le gustará. A mí me gustó mucho, por honesta y valiente, por acertada en la mayoría de sus pasajes, y porque nos permite reírnos de nosotros mismos incluso.