En un café del barrio de Talplan en la ciudad de México, intentaba evadir la ansiedad de su sobrepoblada nube de citadinos y emisiones que humean y hormiguean la vista. Mientras esperaba por un tinto, dos señores mostachudos como Nietzsche hablaban con gesticulaciones italianas al lado de un librero. Conversaban con sonora satisfacción, como lo hacen esos poetas que se la pasan limándole cabos a algún verso o pidiéndole un apostrofe a un poema francés. A pesar de las piruetas que hacían al hablar, me llamó más la atención un pequeño librito azul que esperaba cómodamente en el librero. Lo tomé para que me acompañara y así dejar de vinear lo que hacían aquellos viejillos en el café.
El libro estaba lleno de historias que sonaban a verdad. Tenía referencias históricas acompañadas de realismos mágicos de esos que se leen con tinta oscura y nos recuerdan que la existencia se rodea del sufrir. El libro había sido escrito artesanalmente por Eduardo Galeano, maestro de la literatura latinoamericana, a quien aparentemente yo era el único en el mundo que no lo había leído.
Abrí la página con el título “Crónica de la cuidad de México”, como esperando reconocer algo familiar en el mapa de su historia. Sin embargo, encontré este relato de tira cómica:
Medio siglo después del nacimiento de Superman en Nueva York, Superbarrio anda por las calles y las azoteas de la ciudad de México. El prestigioso norteamericano de acero, símbolo universal del poder, vive en una ciudad llamada Metrópoli. Superbarrio, cualunque mexicano de carne y hueso, héroe del pobrerío, vive en un suburbio llamado Nezahualcóyotl.
Superbarrio tiene barriga y piernas chuecas. Usa máscara roja y capa amarilla. No lucha contra momias, fantasmas ni vampiros. En una punta de la ciudad enfrenta a la policía y salva del desalojo a unos muertos de hambre; en la otra punta, al mismo tiempo, encabeza una manifestación por los derechos de la mujer o contra el envenenamiento del aire; y en el centro, mientras tanto, invade el Congreso Nacional y lanza una arenga denunciando las cochinadas del gobierno.
Pensando que Superbarrio era tan solo parte del folklor urbano chilango, pregunté por ahí por este revolucionario panzón con capota del cual hablaba ese uruguayo en su crónica. Mis preguntas me llevaron al restaurante de un ex-guerrillero de Chihuahua, miembro fundador del PRD (Partido de la Revolución Democrática) y ex-diputado federal, quien dicen por ahí se presentó usando una máscara de cerdo en un salón de sesiones para denunciar uno de los fraudes electorales más escandalosos de la historia de México.
Así fue como llegué ya entrada la noche al restaurante Peces en la colonia Roma del Distrito Federal. Desde mi entrada al elegante antro, mezcla de restaurante gourmet y fonda, espiaba buscando algún antifaz, una capa, o alguna panza inmensa que delatara la identidad secreta de ese superhéroe.
De la ventana de la cocina, con graciosa torpeza, se asomaba y escondía una cabeza barbuda que entre cacerolas y ollas humeantes salía a servir platos llenos de chapulines y mariscos mientras tenía conversaciones llenas de caos y cacofonías con los comensales.
Políticos, ejecutivos y artistas llenaban las mesas, que parecían siempre reservar una silla vacía para las esporádicas visitas del chef y anfitrión, quien iluminaba la conversa con anécdotas e historias de su pasado y presente. Discusiones existenciales, vinos y paladares se entreveraban en cenas eternas que violaban en todo sentido el concepto de comida rápida. En mi rincón, mesa para uno, varias copas de vino hacían las veces de acompañante y excusa perfecta para no abandonar el lugar.
Ya cerca de cerrar, mientras esperaba la cuenta, saltó una vez más aquella cabeza, pero ahora del bar del restaurante. “Oye, ¿gustas probar un trago de Jäger...? (y yo, que nunca me he negado a un trago, estaba sentado en la barra antes de que la sonriente cabeza pudiera terminar de decir “¿meister?”).
“¡Mae, me encanta el Jägermeister!” dije sentándome en la barra como quien se monta en la arepa voladora. “¿Y tú de dónde eres?” me preguntó.
Debí haberle contestado.
Me contó de sus mil estrategias de guerra y emboscadas políticas, con rostro nostálgico, como quien padece de la obsesión de alguna balada. Así, conversamos acerca de los tres años que pasó en la penitenciaría de Chihuahua por comandar una agrupación guerrillera urbana, que, entre otras actividades asaltaba bancos a mano armada para conseguir municiones que mantuvieran sus ideales políticos y de justicia social.
Relatos de como sobrevivió la guerra sucia de los años 70 y de su intromisión en el periodismo político, así como de la lucha por la libertad de expresión y la legitimación de las radios libres y comunitarias encajonaban la conversa.
Salir en defensa de desalojados en la Ciudad de México, fundar la Asamblea de Barrios, ayudar a reparar los estragos del terremoto de setiembre del 85 o ser diputado federal de la legislatura parecieron haber sido eventos de igual importancia para este personaje de suave energía y aspecto exterior digno y solemne. Pareciera haber vivido muchas vidas empopeyadas, llenas de pesares y aventuras, que ahora cuenta con el bálsamo de la risa al hablar.
Enseguida me di cuenta de que este quejoso denunciante crónico y chef panzón era en realidad un verdadero superhéroe como lo hacía sospechar esa “tira cómica” que leí; y como todo borracho que defiende sus delirios, le entregué en un tono serio la pregunta: “¿Y qué me dice del cualunque encapuchado Superbarrio?”
“Marco Antonio Rascón Córdova, su servidor,” me dijo.
“¿Y qué me dice Marco Antonio Rascón Córdova?”, pregunté.
“Que el gobierno más difícil es el de uno mismo. ¡Ese esta cabrón!”