En cierta ocasión, durante una charla realizada en la Universidad de Costa Rica, Jessica Clark afirmó que no es una escritora de ciencia ficción, y que sus obras no son de ciencia ficción, ni de terror, ni de misterio, ni de ningún género específico de los que estamos acostumbrados a manejar. En sus propias palabras, “mis obras son de ¿qué pasaría si...? Ese es su género: ¿qué pasaría si...?”
Según ella misma relató, al empezar a escribir Telémaco (ECR, 2007), su punto de partida no fue escribir una novela de ciencia ficción; si no más bien la pregunta: ¿qué pasaría si un humano creado artificialmente llegara a ser tan diferente de los otros humanos, que éstos lo consideren extraterrestre?
De la misma forma, cada uno de los excelentes relatos que conforman Los salvajes (ECR, 2005), el primer libro de la autora, son la respuesta o al menos la especulación ante una pregunta semejante. ¿Qué pasaría si resulta que la música sí “es del diablo” y los compositores de diferentes épocas son parte de una conspiración histórica global? ¿Qué pasaría si uno supiera que existe la reencarnación y pudiera dejarse a sí mismo un mensaje para encontrarlo en la siguiente vida? ¿Qué pasaría si descubres que tu mejor amigo es Jack el Destripador, o que de pronto se le mete entre ceja y ceja que es un árbol y te guarda rencor porque lo “talaste”?
La originalidad de las historias y la característica prosa de Jessica, siempre tan pulida, tan cercana a la total perfección económica, son las mayores virtudes de este libro compuesto por diez relatos que yo optaría por dividir en dos tipos: unos, donde el conflicto está en la intimidad de los personajes y en las complejas relaciones entre ellos (es el caso de Mandelbrot, Los salvajes, Enroque, Veinticuatro y Ricochet); y otros, menos psicológicos, donde los personajes (y el lector) son enfrentados a situaciones realmente extrañas y oscuras (Conspiracy Theory II, La tala, Ripper, Memo personal y La femme).
Ciertamente, hay relatos mejores que otros; el primero de ellos, Conspiracy Theory II, a mi juicio se queda corto al mostrar la conspiración musical en la que participan desde Hildegarda de Bingen hasta el músico de jazz que protagoniza el cuento, pasando por Bach, Mozart, Chopin y demás, aunque se sostiene muy bien en el retrato de los personajes. Pero el libro llega a sus cumbres máximas con joyitas como La tala, Ripper, y Ricochet.
La tala, el cuento del chico que se cree árbol, es un primer anuncio del empleo tan cuidadoso, elegante y casi quirúrgico que la autora llegará a hacer del habla popular costarricense en Diagonal (su libro más reciente y del que les hablé semanas atrás). Ripper, el cuento dedicado a Jack el Destripador, es una obra exquisita y oscura como un relato de Edgar Allan Poe. Y Ricochet narra las hazañas de un poeta (cuya motivación es una mujer, no podía ser de otra forma) en una competencia de improvisación.
Por otro lado, Mandelbrot, Los salvajes y Veinticuatro exigen una lectura más detenida y minuciosa para entender el comportamiento de sus personajes y lo que ocurre en sus mentes. En Mandelbrot, el protagonista busca en la geometría fractal la respuesta a sus dudas personales y existenciales; Los salvajes se sumerge en el siempre escabroso tema de las relaciones de pareja, donde hay que tener valor para meterse, y en Veinticuatro tenemos a dos afamados actores de cine que se odian casi tanto como se admiran.
Una de las más agradables experiencias de lectura que he tenido últimamente y un libro muy recomendable de la que, insisto, es una de las mejores escritoras que posee Costa Rica.
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