
El salar de Uyuni (Bolivia) es el desierto de sal más grande del mundo. |
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En Bolivia, se dice que cuando Neil Armstrong descendía de la Luna lo primero que vio fue el Salar de Uyuni. Dirigiéndome hacia Chile y dejando atrás las tragedias que gritan en Potosí, me encontré con este impresionante desierto de sal. Había ya cruzado 25 kilómetros desérticos antes de llegar a la planicie blanca que se extendía como una página vacía.
Solo unos pocos cruces oficiales separan a Bolivia de Chile, y el más cercano a mi destino marcaba al salar de Uyuni en el mapa. Desde allí buses y trenes de escasísima frecuencia llegan a la ciudad chilena fronteriza de Calama.
El salar de Uyuni es un mar de sal. Un desierto blanco de sal tan espesa, que pareciera congelar al mar haciéndolo sólido y creando su suelo de escaso espesor transitable. De hecho, se trata del mayor desierto de sal del mundo, y habita a más de 3600 metros de altura en la Cordillera de los Andes. Hace 40 mil años fue el lago Ballivian, pero las dimensiones del salar lo asemejan más a un enorme mar congelado por los años y los cristales de sal.
La impaciencia y el pasar del tiempo que esfumaba mi viaje me obligaron a tomar mis cosas y emprender el cruce a pie. Al cruzar, los minerales y la sal de este mar muerto parecían juntarse con el sol en mi contra, deshidratándome y marchitando mis pasos. Estar en el medio del salar es como imaginar estar en la nada, un sinfín blanco, una expansión interminable que se interrumpe por unas cuantas islas y tumbas de otros salados quienes no sobrevivieron este peregrinaje.
Así es como un sinnúmero de islas interrumpen la monotonía de sal, entre las cuales están la isla del Pescado e isla Incahuasi, bautizadas por grupos aymaras aledaños y pobladas casi exclusivamente por cactus gigantes de más de 10 metros de altura.
Una vez en el límite fronterizo con Chile, la única manera de llegar al otro lado es tomando un bus. Una vez en el (por supuesto) destartalado y frío casillero con ruedas, pasamos por el puesto migratorio de interpol Chileno antes de entrar a la tierra de Neruda.

Un rostro más, un rostro menos. Así son vistos los bolivianos ante los ojos de la policía chilena de frontera |
En Chile, al igual que en muchos países de América Latina, ser blanco garantiza un trato diferente y privilegiado. Y es aquí donde me quito las vendas y los guantes de los puños.
De la constelación de razas que había en el bus, solo los blancos parecíamos brillar. Los de piel más oscura fueron segregados y separados a otra fila, sin siquiera preguntar su nacionalidad. Se trataba de la fila de “sospechosos del interpol”. Porque ser oscuro es sospechoso para el retrograda e ignorante interpol de Chile.
El complejo que tienen los trigueños del país los ciega, los hace pensar que son tan europeos que se olvidan que en Europa ellos son los oscuros, los limpia botas, los lava carros, los cuida niños, los marginados.
El oficial de interpol, hechizado por sus prejuicios, me atendió primero aunque yo no era el primero de la fila (pero soy blanco). Me sonrió, selló mi pasaporte y me dio la bienvenida al país. Por esa fila pasaron unos cuantos gringos después de mí. A todos los blancos nos obligaron a regresar al bus para que no viéramos los abusos y las interrogaciones a los amoratados. Uno a uno salían llorando, hombre o mujer. Sin poder ayudarse entre ellos y sin tener como regresar a su país desde esa frontera desértica, muerta y tan polvorienta como el libro de ética del interpol chileno.

Ismael Marca, compañero de viaje y víctima de la discriminación. |
Uno de los muchachos bolivianos que venía en el bus fue escoltado al desierto, fuera de las oficinas, después de ser requisado. Al ver su espíritu quebrado decidí seguirlo para ver como estaba. “Qué pasó mae?” Le dije. “Pues soy boliviano y me dicen que los bolivianos somos una plaga”, dijo con los ojos llenos de odio, dolor y lágrimas, mientras lo fotografiaba. “Dicen que un boliviano no tiene suficiente dinero para visitar Chile”.

Frontera que separa a Bolivia de Chile, donde el impune Interpol chileno segrega y devuelve un sinnúmero de bolivianos cada día. |
Luego me dijo su nombre - Ismael Marca.
¿“Cuánto dinero le pidieron?” le pregunté. “Quieren veinte dólares americanos”, me dijo. “Un soborno”.
Fui con él de regreso a conversar con el oficial de interpol, quien lo trataba como un perro, a gritos, abusando de su posición.
¿“Cuánto dinero necesita mi amigo para cruzar? Nosotros venimos juntos” le dije. “No, él no califica como visitante en este país”, dijo de forma despreciativa.
Tirándole cien dólares en la cara, le dije, “ es plata lo que querés?” Tenés tanta hambre que le querés quitar a él lo poco que trae, hijueputa?”
Nuestros egos, sin piedra que los ayude a tropezar, se gritaron en esa oficina de mierda, que en medio de la nada es escoltada por obispos del prejuicio.
La intervención de otros oficiales, buitres alterados por la procesión de madres que yo estaba convocando, rojo de rabia, nos retiraron a Ismael y a mí. “Este no es su asunto,” me decían, “déjelo ir”.
A Ismael lo enviaron a Bolivia y a mí derecho al bus.
Me empañan los recuerdos de Costa Rica cuando veo cómo se trata al nicaragüense allá. Igual que como se trata al boliviano en Chile. Y es que hay que ver lo que sufre el latino que emigra, el que se va abrigado solamente por su propio alma, profesando sollozos con su triste sombra como para regresarlo como una bestia de batallas, cojeando de regreso a su opresor. Lo peor de todo, es que el opresor tiende a ser otra nación también oprimida.
Se dice por ahí que América Latina se debe unir, pero lo que se dice por ahí solo retumba en el vacío.
Nos seguimos vaciando unos de otros.
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