
La Paz: "Lo nuevo" y lo autóctono colapsan en una ciudad llena de pobreza |
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En estas crónicas del sur, el relato se agranda enfáticamente en la desigualdad al usurpar en las entrañas de América Latina. El viaje, que empecé con el propósito de reconocerme en otros, se ha convertido en un eco del cual ya no quiero ser parte. Un eco que repite el intolerable reflejo de los espejos de la segregación étnica y la desigualdad económica angostando los derechos del pueblo de América Latina.

Laberínticos mercados ofuscantes
de La Paz |
Inicialmente, al llegar a La Paz, sede no capital boliviana pero coronada por el poder ejecutivo y legislativo del país, me aprontaron sus laberínticos mercados ofuscantes; donde la plenitud cultural indígena se conjuga con una necesidad evidente, y los cantos y colores de la calle desbordan en la venta de artesanías y cultivos, que son, al parecer, los que mantienen el poco acceso económico de la mayoría de su gente.
La cuidad esta de llena de casas que andan sueltas por montañas rocosas. Tiene zonas bohemias, zonas turísticas y rurales. En las mañanas se ve algún carajillo corriendo a comprar pan para el abuelo y se avistan los rostros de indígenas que hormiguean sin ton ni son dando pasos staccatos al caminar por la cuidad, mientras juntan sus pobrezas para luego ir a venderlas.
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Sin embargo, no hay vastedad para que la gente pueda mantener a sus familias con lo que se gana vendiendo hojas de coca en un mercado o mendigando en la calle, lo cual lleva a los sueños de sus hijos a hacer fila en estos micromercados de menor importancia, que compiten de forma tímida mientras la suerte de alguno se come el alma de su vecino.
En un país en el que la explotación es evidente de buenas a primeras, es fácil como visitante querer evadir sus realidades y dejarse llevar por el marketing de las aéreas turísticas, que como el pie al lodo, esconde (pero no) una ferviente injusticia social. Como cuando entrando a un bar junto a un grupo de gente se aseguraban de que no fuéramos bolivianos, ya que aparentemente el dinero del indígena no tiene valor monetario, tirando así prejuicios de piedra y fortaleciendo el abismo entre el indígena y el blanco o extranjero. Ver a un boliviano disfrutar de las pocas atracciones de su país es tan común como ver un pájaro orejón.

Panorámica de ciudad de La Paz, Bolivia |
En las calles de La Paz, al igual que en muchas de las ciudades importantes y no tan importantes de América Latina, se observan niños del tamaño de un meñique canjeando sus cantos y bailes indígenas por una moneda. Obligados, desplazados por el simple hecho de que sus familias viven en el estiércol, para no decir mierda.
Al llegar a mi hotel, en la zona turística de La Paz, me instalaron muy amablemente y hasta entablé cierta amistad con la dueña del lugar, quien no me cobró un centavo por mi estadía. Ella es, más bien, una influyente boliviana de clase alta refinada, cabellera monocorde y ojos vidriosos, a quien la presidencia de un indígena en el país la hace miserable y, según ella, llena al país con
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Callejones paceños |
Después de unos días de hospedarme en sus instalaciones, mientras estaba sentado en el lobby, entró una familia de turistas bolivianos, el padre de familia, a quien la barba le erizaba la cara, preguntó las tarifas del hotel para alojarse. Sus atuendos los delataban sin importar que tan erguidas y dignas fueran sus posturas. El espectáculo era más bien manso de su parte. Pero a los portadores de estos rostros aborígenes, inmediatamente se les escoltó con notorio rechinamiento de dientes afuera del hotel, advirtiéndoles que “este antro”—que se encontraba cerca de desértico—estaba “completamente lleno”. Luego, la propietaria se refirió a sus recepcionistas (indígenas por supuesto) instruyéndoles casi con indignación que en ese hotel de categoría “dos estrellas” no se recibían indígenas. Respiró hondo y terminó su discurso aleccionador alegando que los indígenas son sucios y desprestigiaban esa clase de lugares. Mientras, sus empleados, dóciles y reverenciales, bajaron la cabeza como si les hirieran la vida.

Bolivia, el país más indígena del mundo |
Les habían herido la vida.
Hablando a quema ropa, se podría decir que en Bolivia, la dignidad humana es un juego de trapecio que amenaza a terminar como un tango.
No solo es uno de los pocos países del mundo que tiene una población casi en su totalidad indígena, sino también el país más pobre de América del Sur. Azotado por una brutal desigualdad en la distribución de la tierra y enorme miseria, Bolivia dio un giro político importante desde que Juan Evo Morales Ayma fue electo presidente en diciembre del 2005, y reelecto en el año 2009. “Evo” es el primer presidente indígena del país más indígena del mundo. Hijo de agricultores y criadores de llamas del poblado de Isayavi en el Departamento de Oruro, Evo creció hablando aymara, lengua de la etnia indígena homónima, que es además una de las más numerosas de Bolivia junto con el pueblo quechua.
Desde su primera elección, Evo despertó la atención del mundo, así como lo hicieran la nicaragüense Violeta Barrios de Chamorro, primera presidente mujer elegida en las urnas en América Latina, y Barack Obama, primer presidente de origen afro-americano en los Estados Unidos.

Mercados de colores y necesidad |
De formación sindicalista y parte del grupo fundador del Movimiento al Socialismo en Bolivia, Evo se ha propuesto hacer cambios radicales en la distribución de la propiedad de la tierra y la estatización de los recursos naturales, especialmente los hidrocarburos--nuevo oro de estos tiempos. Sin embargo, el modelo socialista propuesto por Evo no ha sido fácil de implementar, ya que los terratenientes bolivianos se aferran de manera intransigente a sus propiedades, tierras que han sido, en la mayoría de los casos, otorgadas en forma ilegítima en el pasado y han pertenecido a unas pocas familias hace ya muchas generaciones. Además de los terratenientes, los conflictos con diversas tribus indígenas por el reclamo de tierras también azotan al gobierno, así como el aislamiento, producto del anacrónico discurso antiimperialista sostenido a rajatabla por Evo.
La ciudad de La Paz suele ser el epicentro de todos estos conflictos. Allí es donde culminan las manifestaciones y los reclamos, allí es donde se toman las grandes decisiones. Allí es adonde llega el pueblo boliviano, armado de polvo y esfuerzo a exigir cambiar el carácter cíclico de las cosas y la circularidad del tiempo que incita a que la historia se siga repitiendo.
Otros fotoreportajes de esta serie:
¡Utreia! Los caminos de Santiago
Los mundos de la ciudad de Lima, Perú
Túpac, Cusco, ciudad de arco iris y artefactos.