
A orillas del Lago Titicaca |
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Llegué de madrugada, vestido con ropas ligeras y acarreando conmigo ayunos.
Mientras el frío me teñía de rojo, pensaba en la grandeza taurina de Machu Picchu y en como el pan se sigue equivocando de boca en nuestra América Latina, en la que el pobre, como albañil de pirámides, construye sus propios descensos.
Puno sería la última cuidad que conocería en el Perú, antes de dejar de ser testigo itinerante de sus tierras y su gente.
Mis primeras impresiones de este pequeño pueblo, al que arribé ya enterrando la noche, me transportaron a la Provincia de Heredia hace unos 20 años, cuando aún se veía a los viejos cargar tapas de dulce al mercado desde un camión que no entendía de emisiones de gas.
Esas épocas llenas de distancia, en las que forjé mi infancia escuchando radio reloj al despertar junto al canto llano de mi mamá en las mañanas, se convirtieron en el diagrama del tiempo, que es persistente diorama de los recuerdos. Cuando en los buses habían dos trabajadores: el que conducía y el que cobraba. Cuando los frijoles no se vendían escogidos y había que apartarlos antes de cocinarlos, y cuando las tabernas eran solo para los hombres o las cualquiera.
La infausta analogía de la memoria me inundó allí, en ese pueblo que parecía, más bien, un cabo suelto de la cuidad de las flores a inicios de los años ochenta.
Al igual que en Heredia, no hay mucho que ver en la ciudad de Puno; solo un par de catedrales y el mercado. El reflejo de los rostros de la gente, sin embargo, deja ver un pueblo que ha sido azotado por el tiempo y las fechas en el drama de una tierra doblegada por la esquizofrénica fe en el mudo dios cristiano de la conquista.

Mirada perdida |
Pero quizás el sello más fuerte de Puno es el de albergar parte del lago Titicaca, símbolo de la región, compartido con Bolivia. Se trata del lago navegable más alto del mundo, ubicado a unos 3800 metros de altura, así como del segundo lago más grande de toda América del Sur. Une dos pueblos hermanos, que parecen mezclarse por lo difuso de esas aguas compartidas en la altura.
Puno ya no era como el Perú que antes avistara, tenía otra personalidad: la personalidad del altiplano con la que luego me toparía al cruzar a Bolivia. Sus calles las llenan viejos acarreando sus jorobas y las vorágines del mercado. En esta, como en muchas otras fronteras confirmé una vez más que estos límites no son más que una ilusión a la geografía que divide pueblos gemelos. Son trozos de tierra defendidos por guerras y tratados, que al fin y al cabo son peleados por gobiernos que luego no quieren ocuparse de ellos. Las fronteras en América Latina viven comúnmente con sed, en la sombra, y el destino de sus pueblos pareciera siempre ser el mismo que el de las moscas.

Colores vivos en las mujeres indígenas del altiplano |
Sin embargo, Perú al igual que Bolivia, es uno de los países con más identidad cultural de América del Sur. Una de las cosas que más llama la atención de la cultura puneña es el importante simbolismo que tiene la figura del diablo. Cada año, para los carnavales de febrero, cientos de puneños se visten de diablos y danzan con máscaras de cabezas enormes y coloridas semejando a Lucifer, en lo que se conoce como la diablada puneña.

Diabladas |
Todo comenzó durante la colonización, cuando los jesuitas, en su afán de imponer su fe a los indígenas, montaban obras teatrales alegóricas a la religión, representando los siete pecados capitales.
Sin embargo, para el pensamiento prehispánico, el antagonismo entre el bien y el mal no existía, ya que sus deidades eran duales, teniendo un componente positivo y uno negativo al mismo tiempo. Aunque los conquistadores quisieran imponer al diablo como símbolo arquetípico del mal, lo autóctono perduró y se

Diabladas II |
fusionó con lo foráneo. Así, en esta danza se ve una síntesis, una mezcla entre los símbolos religiosos católicos e indígenas, festejando al danzar a los espíritus autóctonos demonizados y que tanto se intentaron destruir.
Como anticipo de las fiestas de febrero, me encontré con celebraciones similares, fiestas que fusionan el catolicismo con lo indígena: esas costumbres que le caen mal a dios y a los colonos que lo trajeron crucificado ya, en barco hasta América.

Diabladas III |
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La Diablada puneña toma la ciudad |