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Un lente costarricense enfocando al mundo:

El kilómetro 89

Cuarta entrega de esta serie exclusica para CulturaCR.NET

Michelle J. Wong, especial para CulturaCR, 11 de agosto de 2010.

Antiguas Terrazas del Imperio Inca

(Haga clic sobre imágenes para verlas en grande)

Viniendo desde Cusco y adormecido por el viaje, me refrescan los paisajes que súbitamente me dejan sin boca, desde un bus, que como potro, refunfuñando y a duras penas, sube la montaña en el valle sagrado de los Incas, que, resplandeciente, me abre el telón a un nuevo orbe.

Así crucé las tierras de Pisco y Urubamba en camino hacia Ollantaytambo, desde donde inicié  la ruta a Machu Pichu. Al igual que Cusco, Ollantaytambo es una urbe turística e importante reservorio arqueológico. Durante el imperio Inca y en épocas posteriores funcionó como centro ceremonial y fue clave como fortaleza de resistencia indígena a la conquista española. El poblado de Ollantaytambo, también conocido como el “corazón del valle sagrado de los Incas”, es usualmente la última destinación antes de ir a Aguas Calientes para luego subir a Machu Pichu.

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Desde mi llegada a Ollantaytambo, quise salir de ahí lo antes posible, ya que, la inundación de turistas y el sobre precio de todo se convierten de inmediato en verdugos implacables para los viajeros y sus travesías,  tornando sus viajes en guerras perdidas.

Existen dos formas oficiales de llegar al Machu Pichu: a través de Perú Rail o Inca Rail—unas lucrativas compañías ferroviarias— o  cruzando algunos de los tramos del camino del inca, que también son rutas concesionadas a capitales privados que se recorren a pie y cuestan entre 385 a 470 dólares americanos, más hospedaje. Sin embargo, el camino del inca pareciera haberse convertido en un cliché del turismo aventurero, en el que se cobra


El imperio de las ferroviarias domina el paisaje

desproporcionadamente a sus caminantes. Estas compañías privadas han cerrado otros tipos de ingreso al Machu Pichu con la intención de controlar el acceso y castigar con sus tarifas excesivas.

Entre las opciones de viaje en tren, la operadora ferroviaria Perú Rail ha tenido el monopolio desde su ingreso al país, en 1999, tratando de mantenerlo fervorosamente a través del uso de estrategias legales que retrasaron la apertura a la competencia. A pesar de ser multada por su afán monopolizador y de abrir la concesión de la ruta a Machu Pichu a otras dos compañías —Inca Rail y Andean Railways — Perú Rail sigue dominando, atrayendo a la mayor cantidad de visitantes. Sin embargo, los precios


La multinacional ferroviaria Perú Rail, parte del paisaje del lugar

que ofrecen a los turistas son prácticamente inaccesibles en el contexto de la economía local, y altos para muchos turistas, variando entre los 71 y 330 dólares americanos, por un viaje menos que interesante, de aproximadamente dos horas en trenes en los que ni se pueden reclinar los asientos.

Mientras pensaba en los precios excesivos, los monopolios y otras yerbas, noté a una mujer indígena sentada en una banca de madera observando al batallón de paseantes que deambulaban al azar, más perdidos que un Inca jugando “Play Station”.


Ruta alternativa a Machu Picchu - caminando las vias del ferrocarril

Me senté a su lado y le pregunté si conocía otras formas en las que los pobladores locales llegaban al Machu Pichu, queriendo evitar las rutas controladas por las empresas dominantes que sólo intentan proveer al Perú “for export”. Ella, como corchete de botella, detonó advirtiéndome que podía irme siguiendo los rieles del tren, pero que estaba prohibido por la ley del Perú y que, sobre todo, era peligroso por ciertas leyendas locales. Según la mujer, quien cobró aun más entusiasmo al profundizar en estos temas, se cuenta que existe una sirena en el  río Watanay, quien eleva a los caminantes hasta la muerte, y que también se habla del “fantasma del riel”, quien espanta a la gente en el camino, volviendo su cabello blanco del susto.

Queriendo perseguir las leyendas que mantenían a los quechuas lejos de la vía férrea, intenté  entrar por los pasajes del ferrocarril para iniciar mi viaje, cuando fui detenido por el personal del tren. “Señor, disculpe, ¿a dónde cree que va?, me dijo


La vida al lado de las vías

un uniformado de Perú Rail. A lo que inmediatamente respondí: “no quiero pagarle a estos explotadores,  y quiero ir a pie a Machu Pichu siguiendo el camino del tren”. Él, que tenía un rostro geométrico y ojos de difunto, sonrió y me dijo, “andá, buena suerte”. Comprobé que en este, como en muchos casos, un uniforme es cosa de fachas.


Don Víctor Pérez, conocido como el “Che Guevara”

Y así, con hojas de coca en la mano para alivianar la altura y un camino en el pie, emprendí  mi peregrinaje. Escoltado por mí mismo, salí volcánico a disfrutar el goce espiritual del pie que marcha sin saber de rutas.

Horas después de esquivar trenes que chillaban oponiéndose a mi presencia, me senté a descansar en el pueblito de Tanjac, que, habiendo sido atravesado por el vendaval de la colonia en el pasado, hoy día no es más que un pueblo casi que fantasma. Se puede encontrar más madera en un crucifijo y más hierro en un clavo que en sus edificaciones de adobe.

Fue allí donde conocí  a Don Víctor Pérez, un hombre de ochenta y tantos, zurdo de ideas y popularmente conocido en el pueblo como “el Che Guevara”. Ya sentados conversando, y como recordando cosas aun no sucedidas, me dijo, “la solución del mundo es el comunismo”. Después de preguntarme si yo trabajaba para la CIA, Don “Che” agregó: “Todos somos iguales”.


Panorama de Machu Picchu

Él, además de comunista, es  descendiente directo de Incas y testigo de episodios históricos que marcaron al Perú. Así, le tocó vivir la ola de dictaduras militares que se impusieron en los años 70s, el regreso de la democracia en los 80s y, posteriormente, la lucha entre el gobierno del Presidente Alan García y sus sucesores contra las guerrillas armadas, terroristas y nacionalistas, Sendero Luminoso y Movimiento Revolucionario Túpac Amaru; lucha que se llevó más de 70 mil vidas, entre combatientes, campesinos y citadinos.


Quechua en los caminos de Machu Pichu

“Amigo, yo creo en Hugo Chávez” dijo reafirmando sus tendencias de izquierda. “hay que pedirle al sol, dios Inca”, dijo, despidiéndose con la sonrisa en el suelo.

Su combinación de ideas comunistas con el sistema de reciprocidad y redistribución de bienes del sistema Incaico, apelaban a un mundo más igualitario, según el inolvidable “Che” peruano. 

Y es que los sueños de América Latina parecen estar hechos de cosas reales, básicas e inherentes a la dignidad del hombre: libertad, vivienda digna, trabajo, alimento y, por supuesto, educación. Pero la pobreza es quien prospera como consecuencia de la enorme brecha en la distribución de los recursos, y el mundo no reacciona sin importar cuantos cadáveres se acuesten a mirarlo. Esta realidad sin anestesia explica, en muchos casos, que el enojo y la indignación hayan pintado la cara de tantos guerrilleros en Latinoamérica.

Continué caminando entre hojas grandes y verdes que aspiraban a iguana, mientras pensaba perduroso en las cosas que Don Víctor “Che Guevara” me dijera.


Trabajadores del kilómetro 89, quienes me brindaron refugio

Con la noche ya encima, y la interminable línea del tren, me topé con lo que parecía ser una parada clandestina. Allí había una tienda que semejaba más bien una caja de cartón, en donde me detuve a preguntar cuánto me faltaba para llegar a destino. Dos hombres con un acento quechua bien marcado me dijeron que aun faltaba muchísimo por caminar, ya que apenas me encontraba en el kilómetro 89 y debía caminar hasta el kilómetro 110 para alcanzar el poblado de Aguas Calientes.

También comentaron, con cierta preocupación, que de noche el camino se ponía mucho más peligroso. Volviéndose a ver, se hicieron una pregunta en quechua, y luego, dirigiéndose hacia mí con mirada curiosa, me dijeron: “hermano, hoy te quedas con nosotros”, “te ves muy cansado, mañana continuas tu aventura”.


Trabajadores del ferrocarril

Agotado de caminar por horas las filosas piedras y rieles del tren, acepté el ofrecimiento con gratitud y tomé la cerveza que uno de ellos me convidó  con gesto solidario.

Sin embargo, el tren llegó, y consideré comprar uno de sus caros boletos para llegar esa misma noche a Aguas Calientes. Al intentar entrar, me detuvieron y dijeron que ellos no transportaban turistas, sin importar que tan graves puedan estar, y que ese tren era para peruanos solamente. Luego supe que este conocido “tren local” ofrece  transporte en sus pseudo destartalados vagones a un cupo máximo de 70 peruanos diariamente, como para cumplir con la dosis mínima de justicia social y de alguna forma pretender que Machu Picchu “es para todos”. Es un tren subsidiado por Perú Rail, que cuesta alrededor de 10 soles de ida (3.5 dólares americanos), cuenta con cinco coches para pasajeros y varios coches de carga, al que solo se puede acceder con el DNI (documento nacional de identidad) del Perú, y en el que suelen viajar pasajeros y carga en los pasadizos, como si fueran una misma cosa.


Ruinas de Machu Pichu

En el camino de regreso a lo de mis nuevos amigos quechuas, pensaba con indignación y furia en el modelo de segregación económica y racial que propone Perú Rail, donde se piensa que el hecho de subsidiar un tren de condiciones “mínimas” para 70 peruanos a un precio supuestamente “razonable” es suficiente para expiar sus culpas mercantilistas. Sólo para poner las cosas en contexto y llamarlas por su nombre, Machu Pichu es visitado por alrededor de unas 2000 personas por día, de modo que, los 70 peruanos a los que Perú Rail otorga su “caridad” representarían un 0.35% del total de visitantes diarios. Como siempre, los números cierran para los de arriba pero nunca alcanzan para los de abajo. En un país de más de 28 millones de habitantes, me pregunto cuántos habrán pisado alguna vez el Machu Picchu.

Pero la realidad era otra en lo de los trabajadores de las vías, quienes me recibieron con enorme atención.  La noche era ya oscura y podía apenas verme las manos, cuando uno de ellos se quedó en la tienda y el otro me dijo, “ven conmigo, vamos a ir a casa”. Andando por las vías, saltaron dos hombres más de la oscuridad y mi acompañante dijo, “vengan, vamos”.  (Los nombres de estas personas se mantendrán anónimos para su protección).


Machu Pichu se impone en las alturas

Ellos me escoltaban, uno por detrás y uno de cada lado. Yo, que he estado en más de un asalto, me imaginé lo peor y apronté disimuladamente un cuchillo que tenía conmigo. Nos metimos por un matorral y llegamos a una casa de adobe y piso de tierra, en la que nos recibió una mujer indígena y anciana, que no parecía hablar castellano. Guardé mi cuchillo.

“Pase, adelante”, me dijo mi anfitrión. “Él es un hermano de Costa Rica y se queda con nosotros”, anunció. La señora no me dio mayor importancia y continuó barriendo el suelo de tierra con una escobilla de paja.

Los otros dos hombres me dieron la mano saludando mientras miraban al suelo. Ya dentro de la casa, noté que había aproximadamente siete hombres más, quienes dormían en el suelo de tierra y tenían una estufa de gas en el mismo cuarto compartido por todos.

Uno de ellos, mientras cocinaba, me dijo, “hola amigo, ¿tienes hambre?”  Yo, que quería devorarme toda la olla que hervía en el fuego, afirmé tímidamente. Mientras él cocinaba, todos los que hablaban castellano me invadían a preguntas, muy interesados en la lejana tierra de la pampa Tica. “¿Cómo es Costa Rica?”, preguntaban. ¿Y ustedes entienden inglés?


Ruinas sagradas

La curiosidad, que también me visitaba, provocó una lluvia de preguntas de mi parte.  Les pregunté si todos ellos vivían en ese pequeño cuarto de barro. Ellos me dijeron que sí, que tenían familia en otras partes del Perú pero que trabajaban fortaleciendo las vías del tren en la ruta hacia Aguas Calientes.

La forma en la que viven es como una comuna. De hecho me confesaron sus tendencias socialistas, y su filosofía de compartir y distribuir equitativamente, casi compartiéndolo todo unos con otros, incluyendo, en este caso, a mi persona. Todos se negaron un poco de su propia ración para alimentarme esa noche, a pesar de mi insistencia en que ya no tenía hambre. También me dieron sus frazadas y uno de los únicos polvorientos colchones que tenían.

Las ventanas no tenían vidrios y el frió de la altura se paseaba por el cuarto. Como a las ocho de la noche se pusieron sus cascos y buscaron linternas, alistándose para salir. Yo les pregunté hacia dónde se dirigían, ya que habían terminado su horario de trabajo a las seis de la tarde.

“A trabajar vamos” me respondieron a coro. Sin entender demasiado la situación, pregunté, “¿cuántas horas trabajan ustedes por día?”. Me explicaron que trabajan ocho horas durante el día y ocho horas durante la noche, tomando descansos breves entre las dos jornadas. Desde mi primer encuentro con ellos ese día, los vi salir de sus primeras ocho horas de trabajo, donde  acarrean piedras pesadas por los rieles del ferrocarril para mantener el estado de las vías. Luego, también me tocó compartir su descanso, de sólo unas pocas horas, para verlos salir una vez más a trabajar  toda la noche, regresar a casa a las cuatro de la mañana y continuar el círculo voraz de actividad en las vías a las seis de la mañana.

Pregunté cuanto les pagan por jornada. “Treinta soles”, me respondieron - el equivalente a más o menos nueve mil colones en Costa Rica. Ellos, quienes no llenaron sus platos para que un extranjero comiera esa noche, mantienen a sus familias lejanas con un trabajo extenuante que les paga menos que una puerca miseria.

En la mañana, reunieron dinero para comprarme dos pedazos de pan y unas semillas de haba para mi camino. Nunca importó cuanto les pedí que no gastaran en mí, ellos se solidarizaron e insistieron en que me llevara el pan para cuando azotara el hambre.

Caminé lento ese día, sorprendido y dolido, como si me hubieran clavado un relámpago en el pecho. Nunca me supo un pedazo de pan más amargo.

Después de atestiguar la insalubridad laboral y la solidaridad genuina de estas personas en el trascurso de un día y una noche en el kilómetro 89, me pregunté en qué eslabón de la máquina capitalista nacía semejante injusticia. Averigüé así, que a la empresa a cargo del mantenimiento y administración de las vías férreas en el sur y sur oriente del Perú, llamada Ferrocarril Trasandino (Fetransa), se le otorgó una concesión por un periodo de 30 años. Una concesión de tal envergadura no podía venir de manos limpias, por supuesto. Fue el ex presidente del Perú Alberto Fujimori quien privatizara, en 1999, los ferrocarriles del sur del Perú y otorgara la tan valuada concesión. Fue el mismo Fujimori quien escapara del Perú a poco de terminar su propia presidencia tras desatarse un escándalo político que lo tuvo en primera plana. Personaje pintoresco, peruano hijo de japoneses, Fujimori gobernó por dos periodos consecutivos, desde 1990 hasta el 2000 y, luego de escapar a Japón por casi  5 años, fue detenido y extraditado al pisar suelo Chileno, en el 2005. Aunque algunos defienden su gestión económica – como muchos hacen en Chile con Pinochet – Fujimori ha sido encontrado culpable y condenado por corrupción (incluyendo la apropiación de fondos del Estado) y violación de los derechos humanos (como autor intelectual de asesinatos y secuestros) y se encuentra cumpliendo sentencia en una cárcel peruana.

Pero la historia sigue. Uno de las principales accionistas de Fetransa es la corporación inglesa Orient-Express Hotels, quien también es dueña de Perú Rail. De esta forma, el operador principal de las vías y la compañía a cargo de mantenerlas están hermanados por una corporación a la que poco parece importarle los trabajadores indígenas de las vías a Machu Picchu. Según Mariela Cabrillo, parte del área de Relaciones Publicas de Orient Express en el Perú, “el encargado de contratar al personal para el mantenimiento de las vías férreas es Fetransa, socio de Orient Express, con el que comparte oficinas y personal”. Esta asociación intima, tuvo su revés a principios de este año, cuando ambas empresas fueron sancionadas por atentar contra el ingreso de otras operadoras ferroviarias en la zona. Pero nadie habla de la gente.

Una historia con tantos vericuetos y laberintos pudiera parecer un relato de García Márquez inundado de su realismo mágico, con presidentes escapistas y corporaciones fantasmas. Sin embargo, la verdad del kilómetro 89 sigue en pie, y se hace carne cada día en la vida de la gente “que no se ve”, aquellos que ayudan a mantener el imperio del turismo y la fantasía de Machu Picchu.

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¡Utreia! Los caminos de Santiago

Los mundos de la ciudad de Lima, Perú

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