
Joven quechua con vestimenta típica |
Mientras que con triste tristumbre se echan al suelo a mendigar viejos quechuas que ya no pueden trabajar la tierra ni entretener a los visitantes, alzando la necesidad con los brazos, junto a una rueda de niños hambrientos que tratan de lustrarles las sandalias a los turistas, quienes los miran como un inconveniente, o como parte de un espectáculo del tercer mundo. En este sentido, Cusco se percibe como una ciudad en la que los negocios estafan a los convidados, una ciudad con un manicure bien hecho en la que los aborígenes son tan presos de su necesidad como un carnicero de su cuchillo.
Cusco está lleno de prejuicios de color de piel en el que el blanco es superior al indígena o mestizo y en el que también al blanco se le explota monetariamente sin importar su estatus social, económico o procedencia, tenga o no tenga dinero. Por ejemplo, existen precios (más o menos como en Costa Rica) para blancos y precios para las pieles amoratadas.
Pero el legado de la tragedia latinoamericana, aquel que no está en los libros sino en la memoria de la sangre y de aquellos que ven más allá de las guías turísticas y los libros de escuela que muchas veces “reescriben la historia” para que suene bonita, empapa cada uno de los rincones del Cusco. Fue en la misma plaza de armas donde hoy se juntan mendigos, artesanos y turistas, donde el mayor líder indigenista e independentista que jamás existiere en el Perú fue liquidado por el poder virreinal español. Allí mismo, donde hoy se congrega la gente para ir a McDonald’s, Túpac vio morir a sus aliados, amigos, esposa e hijos, antes de ser descuartizado por cuatro caballos que tiraron de las sogas amarradas a cada una de sus extremidades. Muchos de los ideales por los que Túpac Amaru II luchara hace varios siglos, con el fin de acabar la explotación indígena y reivindicar la cultura quechua, siguen vigentes en el Perú de hoy.

Los niños siempre presentes en las callejuelas de piedras coloniales en el centro de Cusco |
En esta ciudad llena de contrastes, cuna en el pasado de la ira indigenista, se dejan ver dos mundos, el turístico y el del pueblo Cusqueño que se extiende hacia las montañas, donde una gran cantidad de personas subsisten de la agricultura, artesanías y otros oficios que han perdurado por siglos. La pobreza es notoria y el pueblo está ya acostumbrado a pagar con lo que les falta, sumando suspiros, mientras los ricos se toman copas de infinitos cada vez que quieren.
Aquel Cusco para cusqueños, el que no pretende entretener ni complacer a nadie, es también el que me tocó conocer. Conducido muchas veces por la curiosidad y muchas otras por el hambre, terminé en una fonda de mala muerte donde una señora, de sensato catecismo, tan pequeña

Los años se traslucen en el rostro de una mujer quechua |
que parecía que sus propios pies la pisaban, servía el menú peruano a tres soles (aproximadamente $1). Se trata del alimento diario de los trabajadores, de aquellos que no saben inglés, que bajan de las montañas a buscarse la vida. Y fue allí, en esas tardes y mañanas domésticas de fonda, donde comprobé, una vez más, que la calidad de la gente del Perú sigue intacta con su humildad, solidaridad y sencillez.
Ya a varias semanas de haber iniciado mi ruta por el sur de Sudamérica, indignándome por todo y alegrándome por mucho, he comprendido que en Perú, al igual que en Costa Rica y el resto de América Latina, hay mucho que denunciar y eso se puede dar por hecho o por ocho; Da igual.
Pero ¿Como hablar de los pobres del mundo sin dar un grito?

Retratos de infancia en la Plaza de Armas
Aquí la primera parte
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Otros fotoreportajes de esta serie:
¡Utreia! Los caminos de Santiago
Los mundos de la ciudad de Lima, Perú
Túpac, Cusco, ciudad de arco iris y artefactos.