Tener
conciencia de que un cambio histórico está ocurriendo
resulta un raro privilegio. La mayoría de nosotros vivimos el
momento con sus contradicciones, y no es sino hasta cuando nos detenemos
a mirar atrás que nos enteramos de la magnitud de los cambios
y de nuestra participación en ellos.
Si nuestro punto de partida son los años ochenta,
creo que a mi generación —aquellos escritores nacidos entre finales
de los cincuentas y finales de los sesentas— le ha tocado una época
especialmente intensa, pero aún muy próxima en términos
históricos. Por ello mismo falta mucha elaboración respecto
a lo que pasó en esa década y sobre todo hay muchas cosas
por contar. Habría que considerar, por ejemplo, el triunfo y
crisis de la revolución sandinista, incluyendo sus conexiones
con Costa Rica; la infame administración Reagan o la misión
verdad y la neutralidad perpetua del presidente Luis Alberto Monge.
Los ochentas traen a la memoria los aeropuertos clandestinos en el norte
del país, el atentado de La Penca –en el que varios periodistas
murieron y que jamás ha sido resuelto–, la represión contra
los homosexuales orquestados desde el gobierno. En esa época
explotaron bombas en el centro de San José, se habló de
una conspiración Libia, se organizó el grupo terrorista
"La Familia", mataron a su líder Viviana Gallardo cuando
supuestamente estaba segura en una cárcel, vino el Papa y Oscar
Arias se coronó Premio Nobel de la Paz.
En ese contexto un grupo de jóvenes empezamos
a escribir, la mayoría de nosotros alrededor de alguna figura
fuerte en términos culturales. La mía fue Carmen Naranjo,
quien fundó un taller de narrativa en el Museo de Arte Costarricense
en 1982, el cual posteriormente emigró a las oficinas de la Editorial
Universitaria Centroamericana, EDUCA, en San Pedro y hasta estuvo por
un breve periodo en el edificio de Letras de la Universidad de Costa
Rica. Con pocas excepciones, los escritores que se formaron en los ochentas
mantuvieron lazos de continuidad, más que de ruptura, con las
generaciones anteriores. El taller de Carmen fue una puerta abierta
para entender lo que estaba pasando en aquellas épocas, tanto
en lo literario como en lo político, muchas veces contado por
sus propios protagonistas. Fue un gran privilegio conocer a tantas personas
y aprender de ellas, pues la Costa Rica que coincidía en las
oficinas de Carmen Naranjo siempre era otra, muy distinta de lo que
se percibía a simple vista en las calles o en los medios de comunicación.
Los ochentas marcan también un momento alto en
el interés por la literatura de la región centroamericana,
al menos en el ámbito de los académicos, o para ser más
preciso: los académicos norteamericanos. Esa situación,
en principio positiva, arrastró una paradoja, porque esos críticos
definieron América Central en función de sus propias necesidades
y anhelos ideológicos, centrándose en textos que implicasen
liberación política y el surgimiento de un nuevo orden,
borrando las literaturas nacionales en función de una literatura
centroamericana que respondía a rasgos muy precisos. Los países
inmersos en guerras civiles se convirtieron en la representación
del Istmo, lo que marginalizó producciones como la hondureña,
la costarricense y la panameña. No hace mucho tiempo uno de esos
críticos que teorizaron sobre literatura centroamericana me comentó
que jamás había leído un libro costarricense.
Así las cosas, por más de 20 años
en Costa Rica hemos ido levantando una literatura menor, en primer término
con respecto a América Central y, en un ámbito más
amplio, con respecto a Latinoamérica. Escribimos una literatura
que hace 20 años no tenía interés político
y ahora no tiene interés de mercado. Seguimos siendo un país
culturalmente pequeño, con limitadas incursiones en lo que se
llamaría una literatura mundial —quizás ahora sería
más apropiado referirse a los centros del mercado librero—, destinado
a ser a la vez exótico y anodino y a permanecer siempre al lado,
como a la espera de una oportunidad que no llega.
Esta situación de marginalidad, de hallarse en
el extremo de una periferia cultural, puede ser la base de grandes oportunidades.
Es un desafío para ser más críticos de nuestro
propio discurso como escritores y de nuestro papel como intelectuales.
Como ha ocurrido en otros países, en Costa Rica los escritores
han dejado de ser una referencia moral y política. Todavía
hay algunos pocos con sus columnas en los periódicos, pero la
gente ya no recurre a los escritores en busca de iluminación
o guía. Nuestra literatura ya no representa un "espíritu
nacional" homogéneo y único, pues la Costa Rica de
hoy es plural y compleja, y nuestra escritura no pasa de ser un ángulo
más entre muchos otros que pueden ser complementarios e incluso
contradictorios. Quizás hemos perdido terreno, pero hemos ganado
libertad.
Uno de los cambios más significativos en el espectro
literario costarricense es la crisis del modelo editorial estatal. En
1959 se funda la Editorial Costa Rica (ECR) como un ente público
autónomo cuya misión era estimular la creación
literaria en el país. Aunque después hayan surgido editoriales
universitarias, la ECR significó por casi tres décadas
un punto de convergencia para los creadores nacionales. Sin embargo,
desde 1987 la ECR ha estado en un permanente estado de crisis, afectada
por las limitaciones económicas de los entes públicos,
la mala administración y la imposibilidad de adaptarse a los
nuevos tiempos. Como consecuencia han proliferado pequeñas editoriales
privadas como Guayacán, Lumbre, Perro Azul o Uruk. Hace unos
años se decía que "los ricos" eran quienes publicaban
en esas pequeñas editoriales, pero la verdad es que quienes recurren
a ellas tratan de encontrar salida a una necesidad que las casas estatales
ya no pueden atender. Grupos de escritores han empezado a afiliarse
a algunas de esas casas con propuestas renovadoras, incluso radicales.
Autores de la talla de Fernando Contreras, Alexander Obando o Luis Chaves
se han dado a conocer por estas vías alternativas. Ahora bien,
aún queda mucho por hacer, pues si bien los editores privados
imprimen primorosamente sus libros no son capaces de venderlos, ni siquiera
de poner a circular sus catálogos, ni de vencer el cerco impuesto
por muchas librerías contra la literatura costarricense. Falta
también la fi-l editor—agente, la cual ha ido surgiendo en algunos
países como un profesional que representa y ayuda a los escritores
a acceder a nuevos públicos.
Alguna crítica reciente sigue gravitando en torno
al problema de la conformación de una literatura nacional. Los
ochentas marcan un nuevo paradigma en la forma en que se piensa el país.
Se va articulando un discurso influenciado por las ideas de autores
como Hayden White (los difusos límites entre la historia como
narrativa y la ficción) o Benedict Anderson (la nación
como una comunidad imaginada, soberana y territorializada). Pronto surgen
las novelas históricas de Tatiana Lobo y José León
Sánchez, o los cuentos de memoria y exilio de Virgilio Mora.
La idea de una esencia de lo costarricense, de particulares rasgos raciales,
políticos y culturales, se empieza a erosionar.
Sin embargo, a más de dos décadas de iniciado
este proceso, cabe preguntarse si todavía importa definirnos
como literatura nacional. Al menos desde fuera de las fronteras del
país el tema parece más bien irrelevante, quizás
porque lo costarricense se entiende como una forma de convivencia, no
como una identidad. Además, escritores como José León,
Tatiana, Virgilio, o yo mismo, nos hemos movido en espacios que permiten
u obligan a otras formas de afiliación que no apelan a términos
nacionales. En lo personal me ha tocado vivir en ambientes culturalmente
muy distintos, en los que incluso no se habla español. Como costarricense
en el exterior no he encontrado una colonia de connacionales, pues los
ticos estamos dispersos y, con pocas excepciones, no fundamos sólidas
redes identitarias. He tenido, por lo tanto, que negociar constantemente
mi propia identidad. Me uno al grupo que me acoja, y en la aventura
aprendo mucho. He sido un poco cubano, otro tanto mexicano. Tengo algo
de boricua, de homosexual blanco americano, de colombiano, hondureño,
chapín, y hasta de lo que sería una "person of color"
sureña.
Además, a los escritores costarricenses nos faltan
cosas por discutir. Una de ellas es nuestra relación con los
lectores. A pesar de ser los otros protagonistas de una literatura,
los lectores usualmente son los grandes ausentes en todo diálogo
sobre el tema. La proliferación de librerías y la diversificación
de la oferta de libros en Costa Rica son signos de que contamos con
lectores sofisticados, con una amplia gama de intereses. Si vemos la
experiencia de otros países, el despegue internacional de sus
autores pasa primero por el tamiz del lector local.
Debemos también mirar alrededor para recordar
que Costa Rica es una sociedad abierta, plural y compleja, y que en
esa profundidad se hallan las historias que debemos contar. Ya no es
la época de los esencialismos nacionales, ni de las sociedades
imaginadas y territorializadas a lo Benedict Anderson. Es la época
de las migraciones, de las tecnologías, de los medios sofisticados
de comunicación y de la soledad más terrible. Esta es
la época de una clase media cuyos puntos de referencia se han
dislocado, es época de miedo, de otredades, del mundo en la pantalla
de una computadora. Vivimos en un planeta que se queda sin agua, y donde
las desigualdades adquieren nuevas formas.
Abramos
los ojos y escribamos