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"Cómo te amo a veces
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Literatura costarricense: apuntes desde el margen

SERIE RECUENTO 2005-2008. Artículo aportado por el autor en marzo del 2007

Uriel Quesada para CulturaCR, abril de 2010.

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Tener conciencia de que un cambio histórico está ocurriendo resulta un raro privilegio. La mayoría de nosotros vivimos el momento con sus contradicciones, y no es sino hasta cuando nos detenemos a mirar atrás que nos enteramos de la magnitud de los cambios y de nuestra participación en ellos.

Si nuestro punto de partida son los años ochenta, creo que a mi generación —aquellos escritores nacidos entre finales de los cincuentas y finales de los sesentas— le ha tocado una época especialmente intensa, pero aún muy próxima en términos históricos. Por ello mismo falta mucha elaboración respecto a lo que pasó en esa década y sobre todo hay muchas cosas por contar. Habría que considerar, por ejemplo, el triunfo y crisis de la revolución sandinista, incluyendo sus conexiones con Costa Rica; la infame administración Reagan o la misión verdad y la neutralidad perpetua del presidente Luis Alberto Monge. Los ochentas traen a la memoria los aeropuertos clandestinos en el norte del país, el atentado de La Penca –en el que varios periodistas murieron y que jamás ha sido resuelto–, la represión contra los homosexuales orquestados desde el gobierno. En esa época explotaron bombas en el centro de San José, se habló de una conspiración Libia, se organizó el grupo terrorista "La Familia", mataron a su líder Viviana Gallardo cuando supuestamente estaba segura en una cárcel, vino el Papa y Oscar Arias se coronó Premio Nobel de la Paz.

En ese contexto un grupo de jóvenes empezamos a escribir, la mayoría de nosotros alrededor de alguna figura fuerte en términos culturales. La mía fue Carmen Naranjo, quien fundó un taller de narrativa en el Museo de Arte Costarricense en 1982, el cual posteriormente emigró a las oficinas de la Editorial Universitaria Centroamericana, EDUCA, en San Pedro y hasta estuvo por un breve periodo en el edificio de Letras de la Universidad de Costa Rica. Con pocas excepciones, los escritores que se formaron en los ochentas mantuvieron lazos de continuidad, más que de ruptura, con las generaciones anteriores. El taller de Carmen fue una puerta abierta para entender lo que estaba pasando en aquellas épocas, tanto en lo literario como en lo político, muchas veces contado por sus propios protagonistas. Fue un gran privilegio conocer a tantas personas y aprender de ellas, pues la Costa Rica que coincidía en las oficinas de Carmen Naranjo siempre era otra, muy distinta de lo que se percibía a simple vista en las calles o en los medios de comunicación.

Los ochentas marcan también un momento alto en el interés por la literatura de la región centroamericana, al menos en el ámbito de los académicos, o para ser más preciso: los académicos norteamericanos. Esa situación, en principio positiva, arrastró una paradoja, porque esos críticos definieron América Central en función de sus propias necesidades y anhelos ideológicos, centrándose en textos que implicasen liberación política y el surgimiento de un nuevo orden, borrando las literaturas nacionales en función de una literatura centroamericana que respondía a rasgos muy precisos. Los países inmersos en guerras civiles se convirtieron en la representación del Istmo, lo que marginalizó producciones como la hondureña, la costarricense y la panameña. No hace mucho tiempo uno de esos críticos que teorizaron sobre literatura centroamericana me comentó que jamás había leído un libro costarricense.

Así las cosas, por más de 20 años en Costa Rica hemos ido levantando una literatura menor, en primer término con respecto a América Central y, en un ámbito más amplio, con respecto a Latinoamérica. Escribimos una literatura que hace 20 años no tenía interés político y ahora no tiene interés de mercado. Seguimos siendo un país culturalmente pequeño, con limitadas incursiones en lo que se llamaría una literatura mundial —quizás ahora sería más apropiado referirse a los centros del mercado librero—, destinado a ser a la vez exótico y anodino y a permanecer siempre al lado, como a la espera de una oportunidad que no llega.

Esta situación de marginalidad, de hallarse en el extremo de una periferia cultural, puede ser la base de grandes oportunidades. Es un desafío para ser más críticos de nuestro propio discurso como escritores y de nuestro papel como intelectuales. Como ha ocurrido en otros países, en Costa Rica los escritores han dejado de ser una referencia moral y política. Todavía hay algunos pocos con sus columnas en los periódicos, pero la gente ya no recurre a los escritores en busca de iluminación o guía. Nuestra literatura ya no representa un "espíritu nacional" homogéneo y único, pues la Costa Rica de hoy es plural y compleja, y nuestra escritura no pasa de ser un ángulo más entre muchos otros que pueden ser complementarios e incluso contradictorios. Quizás hemos perdido terreno, pero hemos ganado libertad.

Uno de los cambios más significativos en el espectro literario costarricense es la crisis del modelo editorial estatal. En 1959 se funda la Editorial Costa Rica (ECR) como un ente público autónomo cuya misión era estimular la creación literaria en el país. Aunque después hayan surgido editoriales universitarias, la ECR significó por casi tres décadas un punto de convergencia para los creadores nacionales. Sin embargo, desde 1987 la ECR ha estado en un permanente estado de crisis, afectada por las limitaciones económicas de los entes públicos, la mala administración y la imposibilidad de adaptarse a los nuevos tiempos. Como consecuencia han proliferado pequeñas editoriales privadas como Guayacán, Lumbre, Perro Azul o Uruk. Hace unos años se decía que "los ricos" eran quienes publicaban en esas pequeñas editoriales, pero la verdad es que quienes recurren a ellas tratan de encontrar salida a una necesidad que las casas estatales ya no pueden atender. Grupos de escritores han empezado a afiliarse a algunas de esas casas con propuestas renovadoras, incluso radicales. Autores de la talla de Fernando Contreras, Alexander Obando o Luis Chaves se han dado a conocer por estas vías alternativas. Ahora bien, aún queda mucho por hacer, pues si bien los editores privados imprimen primorosamente sus libros no son capaces de venderlos, ni siquiera de poner a circular sus catálogos, ni de vencer el cerco impuesto por muchas librerías contra la literatura costarricense. Falta también la fi-l editor—agente, la cual ha ido surgiendo en algunos países como un profesional que representa y ayuda a los escritores a acceder a nuevos públicos.

Alguna crítica reciente sigue gravitando en torno al problema de la conformación de una literatura nacional. Los ochentas marcan un nuevo paradigma en la forma en que se piensa el país. Se va articulando un discurso influenciado por las ideas de autores como Hayden White (los difusos límites entre la historia como narrativa y la ficción) o Benedict Anderson (la nación como una comunidad imaginada, soberana y territorializada). Pronto surgen las novelas históricas de Tatiana Lobo y José León Sánchez, o los cuentos de memoria y exilio de Virgilio Mora. La idea de una esencia de lo costarricense, de particulares rasgos raciales, políticos y culturales, se empieza a erosionar.

Sin embargo, a más de dos décadas de iniciado este proceso, cabe preguntarse si todavía importa definirnos como literatura nacional. Al menos desde fuera de las fronteras del país el tema parece más bien irrelevante, quizás porque lo costarricense se entiende como una forma de convivencia, no como una identidad. Además, escritores como José León, Tatiana, Virgilio, o yo mismo, nos hemos movido en espacios que permiten u obligan a otras formas de afiliación que no apelan a términos nacionales. En lo personal me ha tocado vivir en ambientes culturalmente muy distintos, en los que incluso no se habla español. Como costarricense en el exterior no he encontrado una colonia de connacionales, pues los ticos estamos dispersos y, con pocas excepciones, no fundamos sólidas redes identitarias. He tenido, por lo tanto, que negociar constantemente mi propia identidad. Me uno al grupo que me acoja, y en la aventura aprendo mucho. He sido un poco cubano, otro tanto mexicano. Tengo algo de boricua, de homosexual blanco americano, de colombiano, hondureño, chapín, y hasta de lo que sería una "person of color" sureña.

Además, a los escritores costarricenses nos faltan cosas por discutir. Una de ellas es nuestra relación con los lectores. A pesar de ser los otros protagonistas de una literatura, los lectores usualmente son los grandes ausentes en todo diálogo sobre el tema. La proliferación de librerías y la diversificación de la oferta de libros en Costa Rica son signos de que contamos con lectores sofisticados, con una amplia gama de intereses. Si vemos la experiencia de otros países, el despegue internacional de sus autores pasa primero por el tamiz del lector local.

Debemos también mirar alrededor para recordar que Costa Rica es una sociedad abierta, plural y compleja, y que en esa profundidad se hallan las historias que debemos contar. Ya no es la época de los esencialismos nacionales, ni de las sociedades imaginadas y territorializadas a lo Benedict Anderson. Es la época de las migraciones, de las tecnologías, de los medios sofisticados de comunicación y de la soledad más terrible. Esta es la época de una clase media cuyos puntos de referencia se han dislocado, es época de miedo, de otredades, del mundo en la pantalla de una computadora. Vivimos en un planeta que se queda sin agua, y donde las desigualdades adquieren nuevas formas.

Abramos los ojos y escribamos

 

 

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