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El pueblo de Sagot
Por Guillermo Farel
Laura Chinchilla es la presidente electa. Democráticamente electa.
La mayoría del pueblo, único origen legítimo del poder político, así lo
decidió y lo hizo de la manera más libre y adecuada que conocemos:
mediante el sufragio universal, directo y secreto. Desconocer ese
hecho, rotundo e inapelable, es una tontería. Pero si del lado de los
vencidos el resultado de las elecciones los ha dejado tan golpeados
que apenas atinan a reaccionar y a animarse para levantarse, en las
tiendas triunfadoras parecen abundar los mareados por el éxito; tan
ebrios de gloria que redundan en disparates y ridiculeces de toda
jaez.
Un ejemplo es el artículo del pianista Sagot “Aprendamos” (La Nación,
19-2-2010), en el que expone tres ideas en agudo falsete: la votación
de Chinchilla es el resultado del estupendo e inmaculado gobierno de
Arias; con lo acontecido en las urnas hemos dado un salto cualitativo
en la superación de nuestra cultura patriarcal; y nuestro pueblo hizo
gala de lucidez al elegir a la dilecta dama.
En cuanto a la primera de las tres lindezas enlistadas, como, a
diferencia del pianista, creo que deberán ser investigadores sociales
los que analicen las causas y azares del proceso electoral, omito
comentario. Sobre la segunda, sólo he de decir que nada me gustaría
más que creer que, con lo ocurrido, “Atrás ha quedado la jungla: el
macho hegemónico está, como figura social, vencido. Golpe de muerte al
más deletéreo, al más ancestral de nuestros prejuicios: el sexismo,
más específicamente la misoginia. Una mujer detenta ahora el poder. El
país ha superado el megalítico.” Pero contrario a Sagot, opino que el
sexo de quien ocupe la presidencia de la República dice poco sobre el
particular. Al fin de cuentas, Sarah Palin o Condoleezza Rice, lejos
de significar un avance en la reivindicación de los derechos de las
mujeres, son burkas marca Christian Dior.
Pero, es sobre la tercera conclusión de nuestro flamante embajador en
la UNESCO que deseo profundizar. Parecieran haberle irritado las
deducciones que algunos han hecho de un estudio de UNIMER (La Nación,
11-2-10), que confirma lo que otras mediciones de 2002 y 2006 ya
habían demostrado y que el Instituto de Investigaciones Sociales de la
UCR también ha identificado: por el Partido Acción Ciudadana votan,
mayoritariamente, personas de la meseta central, con ingresos altos y
educación universitaria. Por el contrario, por el intelectual Arias y
su brillante delfina, votan, mayoritariamente, personas con ingreso
bajo y baja escolaridad. De hecho, en los rubros educación e ingreso,
las gráficas muestran escalas ascendentes y descendentes entre Solís y
Chinchilla. Esta última, a diferencia de Arias, sí ganó la meseta
central pero la mayor ventaja la sacó en las costas.
Ante esos datos, se ha dicho, con sorna, que a los sectores
gobernantes no se les dificultará mantener el establishment: sólo
deberán seguir produciendo pobreza y deteriorando la educación (algo
en lo que parecen efectivos), para mantener sólida su clientela
electoral. Sagot se enojó: “Y esos profesores, “intelectuales”
populistas, sofistas de cafetín, ahora derrotados, insultan a aquel al
que supuestamente querían proteger: el pueblo está “adocenado”, “es
políticamente inculto”, “vota contra sí mismo”, “carece de conciencia
política”, “está alienado y desinformado”… en otras palabras: “perdónalos, Padre, porque no saben lo que se hacen”. Desde París, la
ciudad de las luces, el pianista clamó: “Dejemos de tratar de “iluminar” al pueblo: limitémonos a respetarlo.”
Así, en esta ocasión, Sagot está convencido de la sabiduría de nuestro
pueblo o, al menos, eso le sugieren los números: “Cuarenta y siete por
ciento … No le den más vueltas al asunto. El pueblo no votó contra sí.
Votó desde la lucidez, no desde la ceguera o la ignorancia.”. Lo
asombroso es que se trata del mismo opinionista que hace escasos dos
meses, refiriéndose a los festejos populares, acusaba “La anual
imbecilización colectiva de nuestro país” (“Digamos no” La Nación,
21-11-09). No nos advirtió, entonces, que podíamos estar tranquilos,
pues la idiotización generalizada ocurre en diciembre pero es
sucedida, en febrero, por la lucidez.
En aquél artículo, el insigne embajador deploraba que El Chinamo de
Teletica arrasara el rating: “El pueblo come basura porque eso es lo
que se le ha enseñado a comer … La oferta … precedió y condicionó a la
demanda.”. De modo que, según nuestro sesudo analista, en el campo
cultural los costarricenses, ingenuamente, se atipan de estiércol,
pero tratándose de política su refinado gusto se inclina por el
faisán. De más está decir que para el cultísimo Sagot, la política no
hace parte de la cultura. Con igual candor, muchos se ponían ceñudos
ante la militarista política exterior de Bush, pero no veían su
relación con la estrategia de comercio exterior de Washington, que les
parecía inocua.
Regresando al pianista, en aquel entonces no consideraba irrespetuoso
pretender iluminar a la plebe y, abnegado, sollozaba: “Precisamente
porque amo a mi país, censuro la gangrenosa vulgaridad en que su
pueblo ha degenerado. Uno solo critica aquellas cosas a las que
quiere. Mi país tiene acceso a las más puras formas de belleza:
señalar el camino e instar al pueblo a seguirlas no es elitismo.”
Pareciera que, momentáneamente, el hedor a gangrena del pachuco trocó
en aroma a sándalo del ciudadano cosmopolita que, exhibiendo su
elevada cultura cívica, dio (como nos gusta cacarear por estos días), “un ejemplo al mundo”.
Las causas para tan formidable y repentina conversión de nuestro
pueblo no son cosa fácil de discernir. Hace nada Sagot nos juzgaba
reses irredentas: “¿De qué nos sirve leer si lo único que consumimos
son porquerías? … es desde la ignorancia que abordamos los grandes
problemas de la modernidad, y sin lectura nuestra comprensión de ellos
será siempre precaria… Somos analfabetos: entendámoslo de una vez…
Diez de cada cinco ticos no leen … Costa Rica no progresará
intelectualmente en tanto haya más cantinas que bibliotecas y
librerías.” (“El costarricense no lee” La Nación, 24-9-09). Quizá,
justo cuando nos íbamos a despeñar como la piara de Gadara, el
emblemático respaldo de Medford al TLC avivó nuestro amor por el
estudio y espíritu reflexivo.
Respeto, desde luego, la renovada ilusión de Sagot pero, eso sí, le
aviso que pronto podría decepcionarse. Por ejemplo, en un valiente
artículo denunció, como rasgo de nuestra hipocresía, que el
costarricense era “homofóbico” (“Hipocresía” La Nación, 13-8-09). Pues
bien, le interesará saber que Chinchilla, La Católica, ya se ha
comprometido con Justo, El Evangélico, a oponerse al proyecto de ley
que reconoce derechos civiles mínimos a las parejas del mismo sexo;
propuesta expresamente apoyada, entre otros, por la Ministra de Salud,
Doctora María Luisa Ávila. Sí, pronosticamos abundantes lágrimas en el
pianista, cuando Laura, en su yegua Vencedora, engalane cada año las
birreras fiestas de Palmares y, prestando más atención a
telepredicadores y obispos que a la OMS, impida a las mujeres de su
país acceder a la anticoncepción de emergencia.
En su último opúsculo, Sagot se solaza en que nuestra democracia no
sólo está intacta sino que “goza de mejor salud que nunca”. Tan alegre
sentencia habría que glosarla con sus propias palabras de hace apenas
unos meses: “Podemos preferir vivir engañados, seguir durmiendo al
arrullo de nuestra mitología patriótica, pero un país no puede
mentirse a sí mismo durante siglos sin pagar por ello un altísimo
precio histórico y social.” (Sagot 13-8-09).
Por ahí dicen que cualquier parecido no es coincidencia, Evelyn Ugalde de Clubdelibros dice que esa frase "Pelea, pelea, pelea" se la plagiaron al crítico de cine y teatro William Venegas...¿será? ¿Usted qué dice?