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El pueblo de Sagot

Polémica sobre artículo de Sagot "Aprendamos", publicado en La Nación el pasado 19 de febrero, ¿usted qué opina?

Guillermo Farell, febrero de 2010.

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El pueblo de Sagot

Por Guillermo Farel


Laura Chinchilla es la presidente electa. Democráticamente electa. La mayoría del pueblo, único origen legítimo del poder político, así lo decidió y lo hizo de la manera más libre y adecuada que conocemos: mediante el sufragio universal, directo y secreto. Desconocer ese hecho, rotundo e inapelable, es una tontería. Pero si del lado de los vencidos el resultado de las elecciones los ha dejado tan golpeados que apenas atinan a reaccionar y a animarse para levantarse, en las tiendas triunfadoras parecen abundar los mareados por el éxito; tan ebrios de gloria que redundan en disparates y ridiculeces de toda jaez.

Un ejemplo es el artículo del pianista Sagot “Aprendamos” (La Nación, 19-2-2010), en el que expone tres ideas en agudo falsete: la votación de Chinchilla es el resultado del estupendo e inmaculado gobierno de Arias; con lo acontecido en las urnas hemos dado un salto cualitativo en la superación de nuestra cultura patriarcal; y nuestro pueblo hizo gala de lucidez al elegir a la dilecta dama.

En cuanto a la primera de las tres lindezas enlistadas, como, a diferencia del pianista, creo que deberán ser investigadores sociales los que analicen las causas y azares del proceso electoral, omito comentario. Sobre la segunda, sólo he de decir que nada me gustaría más que creer que, con lo ocurrido, “Atrás ha quedado la jungla: el macho hegemónico está, como figura social, vencido. Golpe de muerte al más deletéreo, al más ancestral de nuestros prejuicios: el sexismo, más específicamente la misoginia. Una mujer detenta ahora el poder. El país ha superado el megalítico.” Pero contrario a Sagot, opino que el sexo de quien ocupe la presidencia de la República dice poco sobre el particular. Al fin de cuentas, Sarah Palin o Condoleezza Rice, lejos de significar un avance en la reivindicación de los derechos de las mujeres, son burkas marca Christian Dior.

Pero, es sobre la tercera conclusión de nuestro flamante embajador en la UNESCO que deseo profundizar. Parecieran haberle irritado las deducciones que algunos han hecho de un estudio de UNIMER (La Nación, 11-2-10), que confirma lo que otras mediciones de 2002 y 2006 ya habían demostrado y que el Instituto de Investigaciones Sociales de la UCR también ha identificado: por el Partido Acción Ciudadana votan, mayoritariamente, personas de la meseta central, con ingresos altos y educación universitaria. Por el contrario, por el intelectual Arias y su brillante delfina, votan, mayoritariamente, personas con ingreso bajo y baja escolaridad. De hecho, en los rubros educación e ingreso, las gráficas muestran escalas ascendentes y descendentes entre Solís y Chinchilla. Esta última, a diferencia de Arias, sí ganó la meseta central pero la mayor ventaja la sacó en las costas.

Ante esos datos, se ha dicho, con sorna, que a los sectores gobernantes no se les dificultará mantener el establishment: sólo deberán seguir produciendo pobreza y deteriorando la educación (algo en lo que parecen efectivos), para mantener sólida su clientela electoral. Sagot se enojó: “Y esos profesores, “intelectuales” populistas, sofistas de cafetín, ahora derrotados, insultan a aquel al que supuestamente querían proteger: el pueblo está “adocenado”, “es políticamente inculto”, “vota contra sí mismo”, “carece de conciencia política”, “está alienado y desinformado”… en otras palabras: “perdónalos, Padre, porque no saben lo que se hacen”. Desde París, la ciudad de las luces, el pianista clamó: “Dejemos de tratar de “iluminar” al pueblo: limitémonos a respetarlo.”

Así, en esta ocasión, Sagot está convencido de la sabiduría de nuestro pueblo o, al menos, eso le sugieren los números: “Cuarenta y siete por ciento … No le den más vueltas al asunto. El pueblo no votó contra sí. Votó desde la lucidez, no desde la ceguera o la ignorancia.”. Lo asombroso es que se trata del mismo opinionista que hace escasos dos meses, refiriéndose a los festejos populares, acusaba “La anual
imbecilización colectiva de nuestro país” (“Digamos no” La Nación, 21-11-09). No nos advirtió, entonces, que podíamos estar tranquilos, pues la idiotización generalizada ocurre en diciembre pero es sucedida, en febrero, por la lucidez.

En aquél artículo, el insigne embajador deploraba que El Chinamo de Teletica arrasara el rating: “El pueblo come basura porque eso es lo que se le ha enseñado a comer … La oferta … precedió y condicionó a la demanda.”. De modo que, según nuestro sesudo analista, en el campo cultural los costarricenses, ingenuamente, se atipan de estiércol, pero tratándose de política su refinado gusto se inclina por el
faisán. De más está decir que para el cultísimo Sagot, la política no hace parte de la cultura. Con igual candor, muchos se ponían ceñudos ante la militarista política exterior de Bush, pero no veían su relación con la estrategia de comercio exterior de Washington, que les parecía inocua.

Regresando al pianista, en aquel entonces no consideraba irrespetuoso pretender iluminar a la plebe y, abnegado, sollozaba: “Precisamente porque amo a mi país, censuro la gangrenosa vulgaridad en que su pueblo ha degenerado. Uno solo critica aquellas cosas a las que quiere. Mi país tiene acceso a las más puras formas de belleza: señalar el camino e instar al pueblo a seguirlas no es elitismo.” Pareciera que, momentáneamente, el hedor a gangrena del pachuco trocó en aroma a sándalo del ciudadano cosmopolita que, exhibiendo su elevada cultura cívica, dio (como nos gusta cacarear por estos días), “un ejemplo al mundo”.

Las causas para tan formidable y repentina conversión de nuestro pueblo no son cosa fácil de discernir. Hace nada Sagot nos juzgaba reses irredentas: “¿De qué nos sirve leer si lo único que consumimos son porquerías? … es desde la ignorancia que abordamos los grandes problemas de la modernidad, y sin lectura nuestra comprensión de ellos será siempre precaria… Somos analfabetos: entendámoslo de una vez… Diez de cada cinco ticos no leen … Costa Rica no progresará intelectualmente en tanto haya más cantinas que bibliotecas y librerías.” (“El costarricense no lee” La Nación, 24-9-09). Quizá, justo cuando nos íbamos a despeñar como la piara de Gadara, el emblemático respaldo de Medford al TLC avivó nuestro amor por el estudio y espíritu reflexivo.

Respeto, desde luego, la renovada ilusión de Sagot pero, eso sí, le aviso que pronto podría decepcionarse. Por ejemplo, en un valiente artículo denunció, como rasgo de nuestra hipocresía, que el costarricense era “homofóbico” (“Hipocresía” La Nación, 13-8-09). Pues bien, le interesará saber que Chinchilla, La Católica, ya se ha
comprometido con Justo, El Evangélico, a oponerse al proyecto de ley que reconoce derechos civiles mínimos a las parejas del mismo sexo; propuesta expresamente apoyada, entre otros, por la Ministra de Salud, Doctora María Luisa Ávila. Sí, pronosticamos abundantes lágrimas en el pianista, cuando Laura, en su yegua Vencedora, engalane cada año las birreras fiestas de Palmares y, prestando más atención a telepredicadores y obispos que a la OMS, impida a las mujeres de su
país acceder a la anticoncepción de emergencia.

En su último opúsculo, Sagot se solaza en que nuestra democracia no sólo está intacta sino que “goza de mejor salud que nunca”. Tan alegre sentencia habría que glosarla con sus propias palabras de hace apenas unos meses: “Podemos preferir vivir engañados, seguir durmiendo al arrullo de nuestra mitología patriótica, pero un país no puede mentirse a sí mismo durante siglos sin pagar por ello un altísimo
precio histórico y social.” (Sagot 13-8-09).

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