Había escuchado rumores fuertes sobre su ineficiencia.
-Es muy infantil- decían unos. Otros se atrevieron a decir que estaba pasado de moda, que era cursi y lentón. Que no asustaba ni a una gallina.
El señor de la corbata afirmó: -será mejor destruirlo de una vez por todas-.
Y el otro, el que me caía bien, me defendió a medias:
-Podríamos dejarlo por si algún día abrimos un museo. Así, inmóvil, no puede causarnos ningún problema.
Esa semana el monstruo estuvo triste. Lloró mocos amargos en la bodega donde lo habían encerrado.
Por fin, el domingo a las cinco de la tarde escuchó las puertas del Estadio abrirse. Se anunciaron algunos espectáculos en los altoparlantes.
Los jóvenes y los niños, sus amigos cercanos en el equipo, jugaron partidos de ligas menores. Sabía exactamente que estaba sucediendo, porque lo había vivido miles de veces y porque tenía el instinto que dicen tienen los monstruos.
Pensó en papá Ricardo, fundador de aquel glorioso equipo, recordó los viejos tiempos de cantos y goles. El mundial de clubes, y sus demás viajes a otras tierras.
Las fotos con los niños, los posters.
De la noche a la mañana decidieron que era un mal monstruo.
Su melancolía era realmente monstruosa. Añoraba que todo fuera una pesadilla, como aquella horrible donde soñó que Barney lo había sustituido.

MInor Arias Uva |
Ya era la noche, se escuchaba la vibración de las graderías.
El animador gritaba: -que se paren los morados. Y empezaron las porras. Tambores, pitoretas, cantos.
Hasta que llegó el momento esperado: -Señoras y señores,
después de un gran esfuerzo de nuestros diseñadores, tenemos para ustedes la gran sorpresa.
Pero vamos!..., recibámoslo con el mejor de los aplausos, que nadie se quede sentado. Moraditos y moraditas, démosle la bienvenida: al fuerte, al poderoso, al atlético, al valiente, a nuestro nuevo monstruo morado...
Y salió el nuevo monstruo. Más parecido a un súper héroe de manga japonesa, que a un monstruo. Sin ninguna ternura en el rostro, y además, tieso, sin ritmo ni carisma.
-Me quedé allí, desecho, esperando el estruendo.
Pero escuchaba solamente silbidos, abucheos.
Por un momento pensé que mi colega no había podido salir. A veces los monstruos nos dormimos o simplemente nos duele la panza como a todas las bestias.
Seguí atento agudizando mis orejotas de monstruo viejo.
Y que sorpresa amigo, efectivamente, pude oír cuando alguien dijo clarito: -queremos nuestro monstruo viejo- Y a coro, se oyó el murmullo, -siiiiii lo queremos.
El animador volvió al micrófono: -Calma morados, así no se recibe a un amigo.
Entonces se encendió la porra: te queremos monstruo viejo te queremos, te queremos monstruo viejo te queremos… Y ahí sí que no aguanté más, esta vez mis lágrimas fueron de alegría y mis abundantes mocos fueron dulces como los campeonatos y los suspiros.
Ahí estaba mi gente, la que nos apoyaba en las buenas y en las malas. La que nos untaba el entusiasmo en la piel en todos los partidos. Nuestra porra querida, nuestro ungüento ante los golpes de la vida.
Ve usted amigo, cómo no voy a quererlos.
Lo siento mucho por mi colega. Pero él no tendrá problema, encontrará trabajo como súper héroe y esas cosas que no faltan.
Yo quiero seguir con mi gente.
Voy a mover más mi rabo, y cuando llegue a la porra del equipo contrario, les pondré cara de monstruo valiente. Eso me han dicho.
Estoy contando los días y pidiéndole al ángel de los monstruos que pronto esté de vuelta con mi amada Ultra.
Por dicha ya no me tienen en aquella sucia bodega. No me gustan los ratones, me parecen monstruosos.
Gracias amigo por esta entrevista. Me siento bien de haber contado mi experiencia. Sé que nunca me dejarán solo mis amigos de la Ultra, ni ningún saprissista de corazón.
Aprovecho para decirles que los quiero mucho, y espero abrazarlos pronto.
Un poema además
Le regalamos además un poema del mismo autor sobre el gol:
Leve laberinto de un gol
Minor Arias Uva
Me gusta la redondez del universo,
la luna, la tierra,
el vientre de mamá creciendo.
Me gustan los balones de fútbol
llenos de colores y giros caleidoscópicos.
Más allá del cerro,
me gustan los granos de café
que viajan con luminosa armonía
hasta los canastos
Las frutas,
que redondean de lunes a domingo
su jugosa existencia.
Los goles son ternuras acústicas
que ponen a la gente de pie
para que canten sus himnos.
Un gol ensancha el corazón
hasta convertirlo en volcán,
o lo contrae hasta volverlo un nido
donde la esperanza
sigue su perpetuo nacimiento