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Premios Nacionales: resultados de una polémica anual

PREMIO MAGON 2009

Martes 12 de enero. El premio MAGON 2009 ha sido otorgado a la artista plástica y promotora de diseño contemporáneo Virginia Pérez Ratton, quien ha expuesto tanto a nivel individual como colectivo en Costa Rica (Museo de Arte y Diseño Contemporáneo) como internacionalmente.

Según el Ministerio de Cultura "se le reconoce el trabajo extraordinario en la creación del Museo de Arte y Diseño Contemporáneo del Ministerio de Cultura, así como en la Fundación Ars Teorética".

Su mayor obra fue expuesta en la década de los noventa del siglo pasado y se destaca principalmente su labor en la promoción del arte contemporáneo. La artista nace en San José, en el año 1950.

El periodista Bértold Salas destaca su labor como promotora de arte: "Un premio a una promotora, más que a una creadora. No sé si es el perfil del premio (el único "promotor" que ganó antes fue Guido Sáenz), pero es innegable su importancia en las artes plásticas de los últimos 15 años".

Silvia Sosa, usuaria del Facebook, opinó que es "Bien merecido, doña Virginia es una de las mayores promotoras de la plástica costarricense y más". Por su parte, la poeta Lussiana Naranjó dejó ver su agrado cone esta designación porque es "un premio a la promoción cultural y artística".

Algunas de sus exposiciones individuales son: Galería Enrique Echandi, San José, 1995: "de habitos que sí hacen monjes", pintura/instalaciones. / Museo Omar Rayo, Colombia, 1994: "Gráfica 89-93". / Galería J.García Monge, San José, 1993: "Rupturas y transferencias". / Sala de exposiciones del Diario La Nacion, San José y Galeria Kandinsky, San José, 1992: "Juego para trece más una memoria". / Instituto Goethe, San José, 1991: "Berliner Suite". / Galeria J. García Monge, San José, 1990: "Grabados, collages y ensamblajes de papel 1988/90". / Galerie Ici et Maintenant, Estrasburgo, Francia, 1989: "Grabados, relieves y collages 1988-1989

PREMIOS NACIONALES DE CULTURA

El próximo lunes 18 de enero serán anunciados los demás Premios Nacionales.

Lunes, 11 de enero. Para este año 2010 CulturaCR ha sabido de fuentes extra oficiales que los premios en literatura 2009, antes de su anuncio de mañana martes 12 de enero, han sido declarados desiertos en novela y cuento. En poesía, el premio será dado a Lil Picado con su obra Trópico de mí. En novela se hace una mención especial a la novela Diluvio universal de Guillermo Barquero. Este martes confirmaremos oficialmente los resultados.

Ahora bien, nos preguntamos, ¿es justo o correcto declarar estos premios desiertos, desestimulando la creación literaria, al no distribuir el aporte económico que se da? ¿Qué se hace con el dinero asignado en el presupuesto y que no se da porque son declarados desiertos? ¿No habían obras de calidad ciertamente para tener que declarar desiertos los premios de novela y cuento?

Opine usted: envíenos su comentario a debrusproducciones@gmail.com para ser incluido en una próxima nota, o bien hágalos aquí abajo.

Le presentamos un repaso de artículos acumulados durante varios años sobre la problemática de los premios nacionales en Costa Rica, textos de varios escritores y personas ligadas al medio.

Si desconoce los resultados 2009 puede verlos aquí. En ese sitio también puede dar seguimiento a todos los premios dados a principios del 2009, así como las polémicas generadas.

Culturacr.net debe aclarar a nuestros lectores que este debate se promueve en función de buscar soluciones a los problemas que presentan los premios nacionales y se reconocen cada año, jamás pretende demeritar ninguno de los galardones otorgados, ni afirmar en favor o en contra de candidatos a estos premios. Si en algo hay acuerdo es que los Premios "Nacionales" son necesarios para promover las creaciones costarricenses que es, en el mejor de los casos, la meta de este espacio cultural. El Editor.

Lea los siguientes textos:

Los premios, Alfonso Chase.
Premios nacionales y endogamia, Iván Molina Jiménez.
Sobre el Premio MAGON a Laureano Albán, Julieta Dobles.
Cosillas sobre los Premios Nacionales, Alfonso Chase.
Tatiana Lobo emite su criterio, Tatiana Lobo.
Los Aquileo y la ansiedad, Uriel Quesada.

Los Aquileo y la ansiedad

Uriel Quesada

He leído con interés los comentarios que han aparecido en “CulturaCR” sobre los premios nacionales. La discusión no parece cambiar mucho de un año a otro, y quizás mis reflexiones no aporten mayor cosa; sin embargo me gustaría compartirlas.

Creo que los Aquileo canalizan un tipo de ansiedad muy legítima, la de ganar un espacio por medio del reconocimiento público. El problema de los premios –y pienso en premios literarios– no es su abundancia sino su escasez. Al contrario de un gran mercado librero como España o México, los Aquileo son la única salida al mar para muchos autores y sus obras. Tiene razón Alfonso Chase cuando dice que ser premiado representa solamente cinco minutos de fama, ni siquiera diez. Sin embargo, esos minutos pueden representar todo el tiempo del mundo y constituirse en la eternidad para quien sepa aprovecharlos. Algunos atribuyen la breve fama de los ganadores del Aquileo a la calidad de las obras, y rememoran con nostalgia tiempos mejores para la literatura costarricense. Quizás el fenómeno sea más complejo, y deban contemplarse desde aspectos de gusto, acceso a libros o hábitos de consumo de los lectores, hasta consideraciones sobre lo que se considera literariamente bueno y malo.

Desde que yo recuerdo, los Aquileo nunca han sido importantes más allá de ciertos círculos intelectuales. No son premios que apelen al público, y creo que las editoriales los consideran más un honor que una oportunidad comercial. Ganarse un premio nacional no necesariamente significa ampliar la base de lectores. Es un reconocimiento de nuestros pares y ahora, además, hay una dotación económica importante de por medio. Este dinero no ha hecho sino aumentar los niveles de ansiedad y además disfrazarla. En los últimos años me ha tocado leer más razones por las que un libro no debió ganarse un Aquileo, que sus posibles méritos. También se ha vuelto común una coletilla al final de esos comentarios: “De todos modos lo importante es la plata”. Yo gané el Aquileo de cuento en 1990, cuando la dotación económica era muy modesta. Recibí muestras de apoyo y, por supuesto, virulentos ataques. Esos ataques mostraban la ansiedad que el premio generaba en su estado puro, pues no había posibilidad de disfrazarla con la racionalización de que lo único que se buscaba era una suma de dinero. El supuesto cinismo de los últimos años resulta ser más bien una autoserruchada de piso. Es triste que muchos escritores minimicen su valor como artistas, su derecho a ser reconocidos públicamente y a gozar de los minutos que dure la fama. Lo peor es ver reducida la obra propia a un cupón para ganarse una rifa.

Debería haber más premios, no menos, para que todo el mundo quedara contento. Más importante aún, debería haber premios que reflejen distintas propuestas de lectura, distintas tendencias culturales. De todas maneras el problema de la literatura costarricense no está ahí sino afuera, en la calle, en los libros que se imprimen primorosamente pero no se distribuyen, en el poco dinero que hay para promoción, en las políticas de las librerías, en esa brecha entre lectores y escritores que muy pocos han sabido cerrar.
Hace unos meses me llegó un ensayo que un estudiante escribió sobre El gato de sí mismo. Decía que el hecho de haber ganado el Aquileo mostraba que la temática gay, o al menos mi versión de ella, estaba siendo absorbida por la cultura oficial. El comentario me sorprendió muchísimo, pues jamás había pensado en esa posibilidad y aún ahora dudo que ocurra así. En Costa Rica el sistema te absorbe cuando tu libro se convierte en texto de lectura obligatoria. Los autores más conocidos, los que la gente recuerda para bien o para mal, son lo que se leen en la escuela o el colegio. Ahí están la verdadera oficialización de un escritor, el reconocimiento masivo y también el dinero. Curiosamente la ansiedad se sigue orientando hacia nuestra pequeña ciudad letrada, simbolizada por los premios que Virgilio Mora ha llamado irónicamente los Aquinoleo.


Tatiana Lobo emite su criterio

Reacción 2007

"Creo que un año es muy poco tiempo para dar los premios nacionales por lo pequeño que es el país, deberían otorgarse cada dos para que la cantidad de obras permita una selección más rigurosa.

También, y ya lo he dicho anteriormente, se les debería cambiar el nombre por Premios del Ministerio de Cultura. La palabra "nacional" sugiere un plebiscito.

En cuanto a la "justicia" de los premios, es una ambición imposible ya que los jurados están compuestos por muy poquitas personas cuyos criterios no son compartidos por todo mundo. Desde este punto de vista todos los premios, sin excepción, son injustos."

Reacción 2009

Escribí sobre los premios nacionales, precisamente cuando me lo dieron por El Corazón del Silencio. Lo que entonces dije es que deberían cambiarle el nombre; para ser "nacionales" sería necesario convocar a un referéndum. Sugerí que se llamara Premio del Ministerio de Cultura. Y agregué que el jurado está compuesto por personas cuyo criterio siempre será subjetivo ¡en el mejor de los casos! Así que le di gracias personales a los miembros del jurado por apreciar mi trabajo.

A fin de cuentas, quienes deciden la calidad de una obra son las y los lectores y, por supuesto, ese juez implacable que es el Tiempo. Entonces, ¿para qué preocuparse por esta comedia tan aldeana?

Cosillas sobre los premios nacionales

Alfonso Chase

Recibí muchos mensajes sobre mi anterior artículo sobre los Premios Nacionales. Algunos sobrios y ponderados, otros exaltados y hasta delirantes, de seguro de circulación interesada o triangulación sesgada. Ahora, luego de los cinco minutos de fama, antes eran diez, los galardonados se pierden en un tropel de nombres que nadie recuerda y de obras que posiblemente nadie haya leído, salvo los amigos, familiares o fans, necesarios para darle un sentido a la premiación. Ya ni siquiera se ponen los nombres de los jurados correctamente y las obras apenas se analizan; solo el nombre del galardonado con letras pequeñas para darle más campo a otros asuntos, de índole cultural más movida.

Todos, y nadie, se sienten felices con los otorgamientos, que provocan mohines de disgusto o tenues aplausos de complacencia, en esa mecánica nacional que da forma, cada año, al asunto en esta república del espectáculo que somos. Insisto en que la dotación económica es lo más importante. Es un acierto haberla subido, que no es lo mismo que poner en el currículo el otorgamiento, como si fuera lo último en reconocimiento. Una verdad, a medias, que sirve hasta para carrera académica, de ser posible, si se trata de un docente afortunado.

Quienes los reciben sí se sienten felices. Los desdeñados muerden su sello personal, o su almohada, hasta producirse daño. Porque es un asunto humano la relación entre lo que se crea y el reconocimiento que se obtiene, público o privado. Los premios nacionales, en lo que sea, son una lotería o un reto a la suerte, aunque se trate de justificar con términos rotundos, lo que significa un acto humano, sujeto a vaivenes donde se observan los gustos, los rechazos, las tendencias individuales o colectivas, por lo que deben generar una expectación relativa o una reflexión particular y general.

Los de este año son particularmente indicativos y reúnen cualidades que deben observarse sobre las obras premiadas, y a veces, sobre las que dejaron de serlo. El Premio Nacional de Cultura otorgado a Laureano Albán está muy definido en la justificación y en la carrera literaria del galardonado. En Costa Rica todos debemos mucho a la labor de Albán como promotor cultural y a la relevancia de su obra poética, con ligeras excepciones de vaivenes en sus publicaciones. Pero se premia a una obra continua, asertiva y que presenta la labor literaria de un poeta reconocido, dentro y fuera de nuestras fronteras. La personalidad de Albán no tiene nada que ver con su obra y se acostumbra señalarlo en sus defectos personales y poco en su labor creativa, lo cual es injusto en su labor. El premio fue otorgado por consenso mostrando que, junto a otros propuestos para el galardón, obtuvo los votos para merecerlo.

A mi criterio fue el año de la novela. Babelia, de Guillermo Fernández, Los deseos del mundo, de Dorelia Barahona, El solar de las siete hierbas, de Zoraida Ugarte y Mi papá es un campeón, de Carlos Rubio, presentan novedosos quiebres en la tradición novelística y valen por su forma y contenido. Fue premiado el libro de relatos de Froilán Escobar: Ella estaba donde no se sabía, espléndida colección de narraciones casi mágicas, no una novela, que muestran al autor en la plenitud de su madurez y cuyo libro puede inscribirse en la renovación de la narrativa cubana actual. Floraciones y desfloraciones, de Rodrigo Soto, es una muestra del talento narrativo del autor y recoge cuentos que muestran su importancia, en el desarrollo de la historia literaria reciente, en nuestro país.

Tres libros no galardonados, por su propio valor no necesitan premio alguno, aunque lo merezcan. El Doctor Zambrana, de Armando Vargas Araya, Estrecho Dudoso, del grupo cultural Teorética, y El Estado solidario frente a la globalización, de Gerardo Fumero Paniagua. Pueden ubicarse en ensayo, historia, libro no ubicable o simplemente textos que trascienden el marco tradicional y ofrecen rupturas en el tratamiento de sus temas.

Como vemos, la importancia real de los premios obedece a los criterios de los jurados, para eso fueron nombrados, y son responsabilidad exclusiva, de su propia visión de lectura e inserción en la cultura nacional.

Ver los premios solo como un honor, y no un trabajo de selección, es cosa de tiempo pasado. A través de su otorgamiento se pueden percibir los cánones que se tratan de decidir, o imponer según sea el caso en el ámbito de la cultura. Es parte de la actividad intelectual y de los otros asuntos que traté en el artículo anterior; desde los personales y los políticos hasta los editoriales.

Una respuesta franca a una estimable internauta: no tengo idea de cómo se me dio el Premio Nacional de Cultura en 1999, a no ser porque la mayoría de los jurados eran amigos míos, habían leído mis trabajos literarios y conocían de mi vida. Según la agenda de un señor, que hace de los premios nacionales un fallido augurio, tal vez me tocaba en el año 2015, o no me tocaba nunca. Si no se me hubiera dado por unanimidad, sin haber sido sacado de la manga, para hacer un tres de dos, de seguro hubiera renunciado al mismo para hacer fila. Tuve el honor de ser el primer autor en leer un discurso de aceptación en la ceremonia de premiación, vertebrado por lo que soy y escribo. Eso, y el aprecio de quienes me lo otorgaron, más la platita, fueron el mejor galardón. Pues la estatuilla se me perdió en la fiesta, dado que la dejé en un rincón mientras me bailaba una rumba.

Pero eso es otra historia.

Tomado de Tribuna Democrática

Sobre el Premio MAGON a Laureano Albán

Julieta Dobles Izaguirre (poeta)

En este bendito país, donde, por razones demográficas aún conservamos muchas actitudes provincianas, hay mucha gente que cree que los premios culturales en las diferentes ramas, y el Magón mismo, son premios de simpatía. Enjuician a los galardonados sin conocer su obra, como si los premios fueran a la personalidad del artista, y no a su obra.

En este sentido, la designación de Laureano Albán como Premio Magón del 2006, ha sido motivo de discusión por muchos que ni siquiera conocen su obra, y que desconocen su labor de más de cuarenta años como coordinador del Taller del Círculo de Poetas Costarricenses, el primer taller literario que se realizó en San José, en los primeros años sesentas, cuando apenas se iniciaba la crítica literaria en nuestro país. Como si esto no fuera suficiente, Albán ha cosechado numerosas distinciones literarias a su obra, sobre todo desde España, que van desde el Premio Adonais (1979) hasta el Premio de Cultura Hispánica (1982).

Invito a quienes no conocen la obra de este magnífico poeta costarricense, a adentrarse en algunos de sus numerosos libros, que si bien se encuentran en su mayoría agotados, pueden conseguirse en las bibliotecas del país, a estar atentos a sus nuevas ediciones, que ya están en proceso de publicación, y a seguir el rastro del Movimiento Trascendentalista por él fundado, en los libros de varios poetas jóvenes que pertenecen actualmente a sus talleres literarios y que están enriqueciendo el presente literario de nuestro país.

Es digna de mención la Enciclopedia de Maravillas en tres tomos, uno de los últimos libros de Albán, que ya tiene tres tomos más en preparación, y donde se nombran poéticamente objetos, sentimientos, seres vivos e instituciones humanas a la manera de una enciclopedia formada no de palabras, sino de poemas.

Premios Nacionales y endogamia

Iván Molina Jiménez
Escuela de Historia
Universidad de Costa Rica


Sería interesante que alguien, a corto plazo, hiciera un estudio histórico de los premios nacionales, y en particular, que combinara el análisis de premiados y jurados, y de sus eventuales relaciones en términos laborales y afectivos, con una recuperación testimonial mediante entrevistas a los jurados de los criterios que han prevalecido en el otorgamiento de los premios.

Es muy probable que un estudio de este tipo revele situaciones como las siguientes (presentes con una intensidad desigual según las distintas categorías de premios):

1. Nombramiento de jurados sin atender a su competencia o a sus logros en el área específica a que corresponde el premio que deberán otorgar.
2. Tendencia de las instancias o autoridades que seleccionan los jurados a nombrar a las mismas personas con intervalos menores a cinco años.
3. Práctica de un amplio cabildeo, emprendida por algunos de los posibles premiables o sus parientes o amigos, con los miembros del jurado.
4. Fuerte inclinación de algunos miembros del jurado de vetar o premiar a priori a ciertas personas, independientemente de la calidad de la obra considerada.

En tales circunstancias, a veces la persona premiada habrá elaborado una obra o realizado un trabajo que verdaderamente merecía el premio; pero, en otros casos, quizá la mayoría, no será así. De esta forma, la conexión entre premio y calidad depende, básicamente, del azar.

Una de las razones que podría explicar el predominio de esta dinámica es que los jurados de la mayor parte de los Premios Nacionales proceden mayoritariamente de los departamentos de Bellas Artes, Letras y Humanidades de la Universidad de Costa Rica y de la Universidad Nacional, y de algunas organizaciones fuertemente vinculadas con esos departamentos, como la Asociación de Autores, la Academia de Geografía e Historia y la Academia de la Lengua. Puesto que las personas potencialmente premiables también pertenecen a las instancias indicadas o tienen relaciones con ellas, todo el asunto de la premiación se convierte en una experiencia culturalmente endogámica, fuertemente influida por los conflictos y las alianzas entre quienes integran esos pequeños mundos culturales.

Corregir tal endogamia, en un medio cultural tan pequeño como el costarricense, no es fácil, ya que su base es un criterio de especialidad (¿se nombran especialistas como jurados?). Uno de los casos más graves, en este sentido, es el Premio Nacional de Historia, donde jurados-historiadores nombrados por los directores de la escuelas de Historia de la UNA y la UCR deben decidir entre las obras publicadas por colegas historiadores que laboran mayoritariamente en esas dos unidades académicas (aproximadamente, unas 60 personas entre ambas). Todo queda en casa. En tales circunstancias puede entenderse mejor por qué los premios carecen de interés y significado, y no sólo para los medios de comunicación.

Considerado lo anterior, sería bueno que el MCJD elaborara un manual dirigido a quienes son merecedores de premios nacionales, el cual debería empezar con esta advertencia: Por favor, no se tome este premio en serio.

Los premios

Alfonso Chase Brenes

Lo invitamos a enviar sus comentarios a debrusproducciones@gmail.com y participar de la polémica y el análisis nacional.

No. No se trata de comentar la antigua y extraña novela de Julio Cortázar, que en tan poco interés tuvo la crítica en su momento. Se trata de los Premios Nacionales, otorgados ahora en los airecillos del verano, en ceremonias cada vez más grises, y el desvanecimiento de los jurados luego de leer la última línea.

Uno de los aciertos más notables de nuestras autoridades culturales fue el crearlos, para estimular así a los autores en su obra hacia el futuro, o a los más veteranos en su relación pasado-presente.

Los premios son, en cualquier sitio, objetos de controversia y por lo tanto casi efímeros, luego de que los que los reciben, si a la prensa le interesa darles sus cinco minutos de fama y poner sus nombres en letra de molde. Un estudio reciente busca establecer un listado de los galardonados, desde que se iniciaron, para tener, también, una especie de lista paralela de los jurados, que seguro reflejan los gustos de la época, las relaciones literarias, sociales o políticas, entre las obras premiadas y la importancia real de ellas en el desarrollo artístico del país, de una manera más clara en estos quinquenios grises, rosas o dorados, según sea el ojo con que se les mire.

Nada del otro mundo. Solo una parte de la historia cultural del país, reflejada en el quehacer de la comunidad creativa y la permanencia, y fijación, en el canon de los autores y obras, que permitirían tener un ejemplo, sesgado por supuesto, de los cambios a percibirse en la historia real de nuestra cultura. La Ley de Premios Nacionales es muy simple y busca premiar a las obras, de entre un conjunto, notable en este tiempo, de acuerdo a los gustos de los jurados y las instituciones o personas que representan, cuando hay influencias, reales, de intereses que muchas veces no tienen nada que ver con la literatura, las artes o la expresión de las ideas, y de las ideologías, en los autores.

Para mi generación, llamada también promoción del 60, fueron importantes los premios porque nos permitieron darle forma a un nombre literario, a una expresión creativa o a un interés en manifestar la tradición o establecer signos de ruptura, que quedaba al descubierto al ser la obra escogida y premiada.

También a la circulación de la misma. A la venta y al interés de las editoriales hace treinta años editaban hasta 2 mil ejemplares de un libro, que podía irse vendiendo, en tres años, si existía un plan de ventas en la editorial o se ponía la obra de consulta en el sistema escolar o en secundaria, o en los Estudios Generales de las universidades.

El valor monetario de los premios, que pasó de cinco mil colones ¡hasta casi un millón!, desató una especie de codicia que dejó de lado los méritos de las obras, para darle un significado casi nulo al valor de la obra premiada, pero que para muchos autores la asignación monetaria les permitió disponer de sumas importantes para lo que fuera como producto de lo que nunca obtendrían en derechos de autor, o el interés del público lector que es el último que define estas cosas, con la ayuda de los medios de comunicación escrita, dos o tres minutos en la televisión, más el pasearse por sitios de fácil vista, para recibir felicitaciones, siempre importantes para darle sentido a lo creativo. ¿O no?

Ahora la edición es pequeña y casi ninguna editorial promueve a sus autores entre el público lector, salvo aquellas que pueden establecer un equilibrio entre los gastos editoriales y lo consignado a difusión y promoción cultural, que son las menos. Se editan entre 100, 250 ó 750 libros para abarcar un público que compra libros con frecuencia, que se tiene ahora entre mil personas de entre cuatro millones de habitantes, a menos que sea un libro de texto cuyo nicho de lectura puede ser significativo: 5 mil a 10 mil estudiantes lectores.

Los libreros muchas veces regalan, o venden como saldos, los libros que nadie compra, en esa decepcionante relación entre autor y público, aunque pareciera que ahora Radio Bemba es la mejor manera de saber las bondades de un libro y el talento de un escritor. Y ni siquiera regalados los acepta el público, por lo que terminan reciclados, tanto libros nacionales como de autores foráneos, cuya posible pérdida se recarga en los precios de venta al público (PVP).

Los premios nacionales fueron, son y serán importantes para aquellos autores que esperan reconocimiento y aplauso. En mi caso pasé dos décadas grises (1975-1995) sin recibir ni un puchito del caldero de los premios nacionales y en nada afectó mi labor literaria o mi deseo de escribir, aunque muchas veces un jurado, imprudente y amigo, me llamó para comunicarme que me habían premiado, cosa que desmintió el acta final, porque a última hora se habían sacado de la manga un nuevo candidato, dizque para desempatar.

Esto sucede en todos los países del mundo. En todos los premios nacionales, o extranjeros, en manos de la comunidad cultural que dirime conflictos de prestigio, que no se relacionan, para nada, con la obra sujeto a análisis y juicio.

Todo esto tiene que ver con los jurados, su grado de pertenencia a las editoriales, sus compromisos personales, su rechazo a diversos nombres artísticos o al simple factor de envidia. O venganza, puede ser. Pero de sus intereses escribiré luego, con base al estudio que señalamos al principio, para así entender cómo se define el canon de la literatura, la pintura o la música en nuestro país, en su realidad simbólica. (FIN)

Nota del editor:

Culturacr.net felicita a los ganadores en general, que este debate no sea en demérito de la obra de los creadores costarricenses.

 


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